La escritora latina, lesbiana y feminista

LUIS MARCELINO GÓMEZ

Luego de ganar uno de los más importantes premios de novela en su lengua fue al fin reconocida. Hasta ese momento había publicado mucho. Libros de cuento, de ensayo, de poesía. Había dirigido varias revistas en múltiples lenguas. Y enseñado en diversas universidades. Había inaugurado talleres de escritura creativa, en lo que era una experta, en altos centros docentes que poseían los mismos programas, pero solo en inglés. A pesar de ello, nadie la tenía en cuenta. Las puertas a las grandes revistas literarias le habían estado vedadas. Era apenas nombrada. La novela había sido el abracadabra. A partir de ese momento no había diario, programa cultural, radial o televisivo, que no quisiera entrevistarla, contar con ella. Su obra comenzó a leerse, a estudiarse, a traducirse. Apareció en Wikipedia. La llamaron escritora latina, feminista, lesbiana. En los medios académicos analizaban sus textos según la hermenéutica de quien la estudiara, según las teorías de moda. Y vinieron las ponencias, las invitaciones a universidades, a ferias de libros.

Para esa fecha ya estaba jubilada. Pasaba de los setenta años y aunque mantenía el ímpetu de la adolescencia, de que cada mañana se embarcaba en aquella búsqueda de su felicidad que eran las palabras, había llegado a la conclusión de que la literatura no valía la pena ni salvaba al universo. El mundo seguía igual, tal vez peor, desde los tiempos mesopotámicos de Gilgamesh, hasta los del más reciente Premio Nobel. Pero amaba escribir, su vida íntegra había rondado alrededor de las letras. Era una autora de pies a cabeza en toda la acepción de la palabra. Con el tiempo, de la muchacha conversadora, a quien le encantaba estar rodeada de amigos, que amaba la fotografía, el cine, los conciertos, viajar, no quedaba huella. Era una eremita con fama de malas pulgas, de no tener pelos en la lengua y de no aceptar invitación alguna. Mucho le habían rogado para que asistiera a una Feria del libro donde se vendían ejemplares de su novela ganadora, así como sus colecciones anteriores revisadas y reeditadas.

La tarde de su presentación, que debió aceptar, porque en las bases del célebre premio se especificaba, llegó puntual y con la elegancia que siempre la caracterizara. Un traje blanco hueso de lino y una fina bufanda kikoi de tonos safari. Botas que combinaban con la bufanda. Las canas brillaban ante los reflectores como si fueran de plata. Supo mantener una sutil sonrisa mientras estallaban los flashes. La sala estaba abarrotada y había filas de público en el fondo y muchos jóvenes arrellanados en el suelo. El aplauso la escoltó desde que apareciera hasta que subió al estrado y se sentó. 

Uno de los directores de la feria, a quien más de una vez había escrito, cuando joven, para presentar sus libros sin obtener respuesta, la halagaba y comentaba su obra como si se hubiera especializado en ella. Hablaba con tal vehemencia que a la audiencia le pareció que se trataba de un admirador, quien había confiado en la autora desde la edición de su ópera prima.

Después, ella disertó sobre la narrativa de la novela que la había llevado hasta allí. Le pidieron que leyera. Mas no era dada a la lectura de párrafos. Creía, y así lo afirmó, que la prosa era para disfrutarse a solas, para deleitarse con ella, para escudriñar lo que el creador había desplegado. Que podía recitarles, si querían, un poema. Lo que hizo. La poesía, afirmó, es para ser declamada como hacían los juglares medievales. La ficción, no. Vino, a continuación, una andanada de preguntas acerca de su obra actual, que muchos tenían entre sus manos a la espera de su firma, pero también sobre toda su producción literaria. Un moderador iba cediendo la palabra a quienes alzaban la mano que luego se dirigían a un micrófono cercano a la escritora. ¿Cómo se le ocurrían sus textos? ¿Inspiración? ¿O ella se los proponía? ¿Cuál era su método? ¿Cuáles, sus consejos para los que empezaban y soñaban con ser reconocidos? Durante su comparecencia había mostrado un dechado de modales, algunos ya olvidados, la sonrisa, la voz sosegada. Los aplausos se repetían y ella iba contestando a los participantes que cada vez se atrevían a más. Hasta un momento en que alguien, hacia el final del evento, levantó su brazo.  Dada la palabra se acercó al micrófono.

―Soy Petula Cancino, jefa de redacción de la Gaceta Fémina, suplemento sabático de distribución gratuita. He leído su obra y me enorgullece que sea usted una escritora latina. Una feminista que defiende a la mujer en sus tramas y personajes. Un ejemplo de una autora LGBT. Podría comentar un poco más al respecto.

Un resonante silencio ocupó la sala. Aunque tenue, podía notarse una gravedad que había borrado la cálida sonrisa del rostro de la autora quien, descruzando sus piernas, luego de acomodarse el refinado kikoi y pasar sus manos por el cabello, respondió.

―Voy a tratar de complacerle ―dijo con severidad―. Le ruego que no se enfade, me he acostumbrado a expresar mi opinión sin sobresaltos. Y más a mi edad. No decirle lo que pienso me crearía más estrés que responderle. Y ya que tenemos a tantos jóvenes entre los espectadores, creo que resulta didáctico el que sepan cómo pensamos quienes integramos una comunidad que padeció las arbitrariedades de tiempos más retrógrados. Lo primero que deseo aclararle es que detesto la palabra «latino». Soy, claro, una hispana. El vocablo «latino» posee un falso revestimiento dorado, y usted lo ve brillar en la academia, en el gobierno, en la televisión. No obstante, conlleva una connotación peyorativa que incluso desconocen muchos de los que la utilizan. Es de ignorantes usarla con quienes hablamos castellano y no aplicarla a los descendientes de quienes difundieron el latín por el mundo, pues era el dialecto oficial del imperio romano. En otras palabras, no fueron nuestros antepasados quienes crearon el latín. En la Hispania de los tiempos romanos se hablaban varias lenguas entre ellas latín y proto-romance hacia el siglo I, al final de su dominio como en el resto del imperio. ―En la medida que enunciaba su pensamiento, su conversación fluía como si hubiera ensayado el discurso―. Como usted debe saber, el español es una de las tantas lenguas romances en que se ha convertido aquel latín inicial que los soldados romanos llevaron a la península ibérica. Romanos, no españoles. Y si también son léxicos romances el italiano, el francés, el portugués, el rumano, entre tantos otros, como el lombardo, el aragonés, el catalán, el gallego o el corso, me parece una torpeza supina el que solo se nos nombre a nosotros como tales. Mire, Petula, el día que se llame latinos a Dante Alighieri, Elena Ferrante, Luís de Camões, Cecilia Meireles, François Villon, Marguerite Yourcenar, Tristan Tzara, o a Herta Müller, pensaré si acepto el término. O situándola más cerca de la farándula, cuando usted diga que Frank Sinatra, Céline Dion o Édith Piaf lo son. Mas antes, no. Tal es mi aversión a la dichosa palabreja que creo que ni así la aceptaría. Y le sigo explicando. Lo considero un menosprecio y se lo digo no solo para que lo sepa usted, sino para que se enteren los redactores, los editores de revistas, los críticos, los periodistas y todo el que viva de nosotros. En segundo lugar, jamás me he proclamado como una escritora feminista. Soy escritora. Y punto. Aborrezco los encasillamientos. ¿Por qué desea limitarme a un gueto? Por último, en mi vida he dicho que, por los temas que a veces abordo, pertenezco a la comunidad LGBT. ¿Diría usted que la Biblia es un libro homoerótico por aquella archiconocida historia de David y Jonathan? Sé que está en boga, pero, por favor, el hecho de que algunos de mis personajes amen de una manera no ortodoxa, de que algún verso mío exprese un afecto herético, no es motivo para etiquetarme. Alexander Pushkin lo hizo y nadie ha dicho que sea un autor homosexual ni tampoco se le clasifica de escritor negro porque tenga un abuelo africano, pese a sus labios gruesos, su morenez y su cabello ensortijado. Nunca, tampoco, he leído de un autor que sea heterosexual. Ni de literatura heterosexual. ¿Lo ha escuchado, o visto, usted? Hemos llegado al ridículo. Ese catalogarnos es otra velada manera de marginarnos. De niña soñaba con convertirme en una novelista, sin epíteto. Por tanto, le ruego que no me limite ni a un país ni a un continente ni a una lengua ni a una sexualidad ni a nada. En otras palabras, no me insulte. Perdóneme el exabrupto. Muchísimas gracias.

Hubo ese silencio que se escucha cuando un cantante concluye un área conmovedora. Luego, como un aguacero que comienza tímido y discreto, los aplausos se convirtieron en una ovación.

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Luis Marcelino Gómez. Ciudad de Holguín, 1950, cubano-estadounidense. Escritor, psiquiatra y doctor en letras hispánicas. En 1985 se le confirió el Premio Nacional de Cuento en La Habana, Cuba, cuyo jurado fue presidido por Onelio Jorge Cardoso. En 2007 fue Finalista del Premio de Cuento Juan Rulfo en París, Francia. Entre los años 1980-1982 fue médico civil en Angola, donde reunió la primera colección de relatos escrita en África por un latinoamericano. A mediados de los años 80, en viaje hacia el Sahara enviado por su gobierno, se asiló en Madrid. Luego de concluir su doctorado en la Universidad Internacional de Florida, se desempeñó como profesor de letras hispánicas, lengua portuguesa y talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado varios poemarios, cuatro colecciones de relatos: Donde el sol es más rojo (1994), Oneiros (2002), Cuando llegaron los helechos (2009) y Los cofrades de Columbia Street (Ilíada Ediciones, Berlín, 2026), así como una novela, Solo con el fuego, Editorial Betania (España, 2024). Fue uno de los narradores escogidos por Letras Cubanas para la antología Isla tan dulce y otras historias. Cuentos cubanos de la diáspora (La Habana, 2002).  

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