Fragmento de la novela "Café para fin de año"
REINALDO BRAGADO BRETAÑA
Café Para fin de año
Todo el que inventa una nueva verdad
prohíbe todas las demás verdades.
Karel Capek
Carmen María despertó a causa de la risa que le provocó el sueño. Sentada en la cama trató de recordar pero no lo consiguió. Fue un sueño escurridizo. Sólo estaba segura de que algo en él resultó particularmente gracioso, al extremo de despertarla en plena carcajada. Eliodoro dormía aún a su lado. Llevaba cuatro días en casa convaleciente de su segundo ataque al corazón. Todos hacían lo imposible por alegrarle la vida a pesar de que algunas contrariedades propias del hogar le llegaban. La primera medida que se tomó fue impedir que leyera el periódico. Cuando entraba volando por debajo de la puerta, lanzado por el repartidor y cargado de quién sabe cuántos augurios siniestros, Carmen María lo escondía. Eliodoro preguntaba por la prensa y le respondían con cualquier argumento, que el nuevo empleado hacía días que no lo entregaba y que era necesario quejarse a la dirección del matutino. El viejo patriarca no lo creía, pero aparentaba creerlo. No se encontraba en condiciones de exigir, de enfrascarse en un duelo en el que su mermada autoridad quizás no podría imponerse. Ahora sus paseos por la vieja casona eran más lentos, sin los Thom McAn –siempre en pijama y pantuflas– y carentes del humo del cigarro, rigurosamente prohibido por el médico. Carmen María se ocupaba, todas las mañanas, de preparar la extensa cantidad de pastillas y elíxires que Eliodoro estaba obligado a ingerir diariamente. El, por supuesto, protestaba. Aducía que no había nada mejor contra cualquier enfermedad que el buen yantar y se hacía necesario vigilarlo para que no lanzara los comprimidos, en gesto rápido, por el tragante del lavamanos en un momento de descuido de Carmen María. Defendiéndose de tal avalancha de medicinas narró la historia de una hermana suya, adicta a tomar una aspirina a media noche contra la supuesta jaqueca que invariablemente la atacaba, que colocaba la pequeña pastilla junto a un vaso de agua en la mesita de noche. En una ocasión perdió un botón de la camisa que usaba para dormir y lo colocó en el velador. En plena madrugada, medio dormida, se tomó el botón en lugar de la aspirina y la jaqueca desapareció igual. Por la mañana descubrió la pastilla y comprendió que medicinas y mierda eran cosas similares y por las que no había que preocuparse mucho. Carmen María escuchaba la historia con paciencia pero terminaba embutiéndolo, intransigente, de cuanto jarabe había recomendado el médico. Eliodoro los ingería bajo protesta, inventando anécdotas que tendían a menoscabar la eficacia de las ciencias médicas, y citó el caso de otro hermano suyo –resultó repentinamente poseer una familia prolífera– que un día amaneció echando humo azul por la oreja izquierda, y narró cómo los médicos se asombraban ante tal prodigio sin saber qué hacer, hasta que el propio hermano resolvió el problema con sencilla operación de lavarse el oído con agua tibia...
Eliodoro, sin periódicos ni noticieros nocturnos, tenía tiempo de sobra para dedicarse a los pormenores de la casa que antes tenía abandonados. Una tarde habló con Carmen María sobre el futuro de Robertico, al cual habían retirado de la escuela desde el triunfo del comunismo. La abnegada esposa se limitó a encogerse de hombros. Ella había hecho todo lo que podía. Con viejos libros de escuelas privadas y religiosas enseñó al hijo, haciendo un gran acopio de paciencia, tarde tras tarde durante años, los conocimientos que estaba a su alcance. El muchacho los había asimilado bien hasta el punto de “dedicarse a escribir” –decía la madre orgullosa– y de convertirse en un asiduo consumidor de literatura.
—Lo que escribe es una mierda –aseguró Eliodoro recordando el poema del siquiatra y la frase de alguien que estaba gritando por ahí.
Carmen María defendió a su hijo acusando a Eliodoro de inculto y desconocedor absoluto de la buena literatura, aseguró que el futuro de Robertico como escritor sería brillante, y ya iba a comenzar una larga y pormenorizada lista de las cualidades del muchacho y de sus aptitudes para la poesía cuando Eliodoro detuvo el aluvión asegurando que “sólo sabe leer porquerías y satear con Ángela”. Carmen María miró perpleja a su esposo alegando que Ángela parecía buena muchacha y que, comprobado por ella misma, era muy estudiosa y aplicada, a pesar de que los padres eran comunistas. Además, muy esbelta, concluyó y adoptó una pose de general que da su última palabra. Pero Eliodoro adujo que quizás aplicada y estudiosa sí, pero que de esbelta nada porque si de huesos se trata hay que contar con ella, demasiado delgada para su estatura y que no me hablen de modas ni de estilos, la salud es la salud y siempre lo ha sido, una mujer rolliza, envuelta en carnes, siempre será el símbolo de la belleza, y si no que se lo pregunten a los pintores antiguos, esos que reflejaban la vida tal y como es, no a los de ahora que por no saber dibujar inventan garabatos propios de alumnos de kindergarten y que pueden provocar en cualquiera un desprendimiento de retina si se observan con mucho detenimiento sus “obras”. ¡Hay que ver cómo anda el mundo! Pero Carmen María se defiende preguntando a su esposo de dónde había sacado esas ínfulas de crítico de artes plásticas nada menos que ahora, después de viejo y con dos infartos a cuestas, y lo mejor es que te metas en la cama y descanses porque ya bastante has caminado por la casa y no te olvides, recuerda que hace sólo cuatro días saliste del hospital. Y Eliodoro, amenazado de ser recluido en cama, repentinamente cambia de opinión pensando que, después de todo, Ángela es bonita y si bien no es robusta su delgadez le aporta un sello personal distinguido. Carmen María, que se percata de la maniobra, le dice que aunque la iguale a María Félix, Lizt Taylor, Marilyn Monroe o Brigitte Bardot, te vas a la cama de todas maneras porque después nosotros somos los que tenemos que correr contigo para el hospital y a pasar noches que acaban con cualquiera. Y el patriarca en decadencia dice que no es para tanto, libras más libras menos, y que precisamente ahora le iba a hablar sobre esa relación amorosa entre “dos mocosos”, que el diablo son las cosas y que si Robertico se empecina y Ángela se descuida sabe Dios qué pase, y mantener un chiquillo es lo único que nos falta, sin contar el problema político que implicaría el parentesco con los padres de la muchacha, comunistas que veían por los ojos del gobierno... Carmen María sabía que entre los jóvenes todo era posible, aunque no tuvieran donde verse a solas inventarían los lugares más inverosímiles para entregarse por completo, jugarían a confundir el reloj y se refugiarían de las clases para correr hacia cualquier recoveco de esta ciudad que demasiados lugares propicios tiene para amantes fugitivos. Y concedía toda la razón a su esposo en eso de que tener un nieto –aunque le gustaría tener uno–, en esos momentos era un problema peliagudo. Pero la inmadurez –¿madurez?– de los jóvenes no sabían apreciar las circunstancias desfavorables. Se harían el amor, cuando no pudieran amordazar más los deseos con remedos que poco quitaban las ganas de sentirse plenos, entregándose a lo que podría terminar en vástago que complicaría la situación de la familia hasta grados insospechables.
—Además –dijo Eliodoro–, ni Ángela ni Robertico son lo suficientemente adultos como para enfrentar la educación de un muchacho.
Carmen María pensó que ella tampoco lo era cuando dio a luz y que Eliodoro mucho menos, enfrascado siempre en los asuntos del negocio y las sempiternas observaciones de política que distaban mucho de la correcta forma de colocar un pañal al muchacho ya ronco de gritar porque se había orinado. También contaba la situación monetaria, el incremento de los gastos para la manutención del chiquillo.
—Robertico tendría que trabajar... –dijo Carmen María.
Pero rápidamente su esposo la detuvo con un gesto asegurando que eso sí que era inadmisible, que de trabajar a convertirse a la nueva religión que dominaba el país era sólo cuestión de días, que los especialistas de “lavado de cerebro” trabajarían sobre el muchacho hasta sumarlo a las filas de los autómatas. Comenzarían asegurándole que no importaba su forma de pensar, que este país admite la libertad de pensamiento y que, el domingo siguiente, se efectuaría un trabajo voluntario que era necesario para la nación y para él mismo, porque él también disfrutaba de los bienes materiales que producía el pueblo y que, por tanto, debía entregarse a la labor que, de seguro, redundaría en su beneficio. Y con esas mentiras terminan por confundirme al muchacho que lo prefiero leyendo mierda y escribiendo más mierda que incorporado a este proceso que nos ha golpeado por lo bajo desde el comienzo y que...
—Está bien, está bien –lo detuvo Carmen María–. Pero recuerda que también existe la amenaza del Servicio Militar Obligatorio.
Eliodoro comprendió que su esposa tenía razón en ese aspecto. Ya Roberto había arribado a la edad reglamentaria para ingresar a las filas del ejército de forma obligatoria. Y como no estaba vinculado en forma alguna a la vida social que imponía el país, era un candidato perfecto para ser reclutado.
El Servicio Militar Obligatorio, de tres años de duración, significaba, según Eliodoro, un “lavado de cerebro” definitivo, instrucción política encaminada a convertirlo en uno de ellos sin salvación posible, eliminación absoluta de su personalidad para entregarlo a las masas, aniquilación de cualquier síntoma de rebeldía y la conversión definitiva en un autómata más, sin contar con el peligro de los accidentes en que siempre están envueltos los hombres de armas.
—El sabrá defenderse –alegó Eliodoro poco convencido de su aseveración y tratando de sosegarse a sí mismo.
—Es un ingenuo –aseguró Carmen María–. Sólo sirve para leer y escribir.
—Árbol que nace torcido se lo lleva la corriente y caracol que se duerme jamás su tronco endereza –sentenció Eliodoro en confusión intencionada de dicharachos.
Y Carmen María, a pesar de sentir a diario la amenaza del llamado a filas de Roberto, se aferraba –en contra de su usual sentido común– a la idea de que no lo llamarían por un milagro de confusión burocrática por el cual rezaba todos los días a la Virgen de las Mercedes. También se había prometido, en cuanto Eliodoro se recuperara, visitar a Lázara para hacer algún “trabajo” de brujería que lo dejar libre de la ley militar.
—Eso es engañarse –le tiraba Eliodoro a la cara–. Esta gente se las saben todas y las que no, se las imaginan.
Y Carmen María decidió olvidar el asunto, desecharlo de su cabeza bastante atolondrada con el infarto de su esposo y el mantenimiento del hogar, pero Eliodoro se obcecó con la cuestión del reclutamiento y siguió rumiando las mismas ideas, hablando entre dientes y cagándose en la madre de cuanto dignatario recordaba, y así se fue acalorando hasta que gritó, para asombro de Carmen María:
—¡Eso nunca, coño!
Y Carmen María lo vio, momentáneamente, presa de otro ataque al corazón por lo que, casi a rastras, lo llevó hasta la cama para que reposara su indigestión entre las sábanas blancas que había lavado ayer.
—Olvida el asunto del ejército –le dijo, tranquilizadora, Carmen María–. Conseguiremos un certificado médico y se acabó.
—Los certificados médicos expedidos por civiles no tiene validez en las fuerzas armadas –objetó Eliodoro–. Tiene que pasar por una comisión médica militar.
—Ya lo arreglaremos –aseguró Carmen María mientras le ayudaba a acomodarse entre las almohadas.
Y ya tranquila porque lo dejó acostado, se entregó a la limpieza de la casa que hacía días no efectuaba por la variación de los horarios que trajo consigo la enfermedad de Eliodoro. Armada de la escoba y el recogedor se disponía a comenzar por la sala cuando dos aldabonazos fuertes resonaron en la puerta.
Carmen María abrió y se encontró con una mujer alta y de cuerpo bien formado quien, con buenas maneras, le pedía permiso para pasar.
—Soy la madre de Ángela –declaró una vez dentro.
Carmen María, cortésmente, le ofreció un butacón y ocupó el otro, dejando a un lado la escoba y el recogedor.
—¿Y bien? –preguntó esperando la noticia que no quería escuchar, la temida comunicación de que la muchacha estaba preñada por Robertico y que ya no había tiempo para interrumpir el estado de gestación.
—¿Tengo el gusto de hablar con la madre de Roberto? –preguntó la visitante.
—Carmen María, para servirle –respondió Carmen María.
—Lucrecia Meléndez –se presentó la madre de Ángela y tomó aire–: Sepa usted que mi hija acaba de repetir el año escolar –anunció.
—¿Qué tengo que ver con eso? –preguntó Carmen María aliviada de no oír hablar de abortos o matrimonios.
—Que el verdadero causante de que mi hija haya suspendido el año es Roberto, su hijo.
—No entiendo cómo –se limitó a decir Carmen María a sabiendas de que, si la muchacha no estaba en estado, todo lo demás eran faltas menores.
—La relación que sostienen, desaprobada por mí, es dañina para mi hija –explicó la madre de Ángela–. La muchacha se deja guiar por Roberto que, como no estudia ni trabaja, siempre tiene tiempo de sobra para andar vagabundeando.
—Si a ellos... –comenzó a decir Carmen María.
—Además –interrumpió la madre de Ángela–, las ideas de Roberto son incompatibles con nuestra forma de pensar: contaminan a mi hija.
—¿Contaminan?
—Exacto.
—Si usted cree que las ideas de Roberto son contaminantes y perjudiciales, lo mejor que hace es mudarse de barrio, porque yo no puedo...
—Usted está en un error –volvió a interrumpir la madre de Ángela–. Yo no me tengo que mudar de barrio, su hijo tiene que dejar de ver a Ángela y, además, cambiar de forma de pensar porque...
Y diciendo eso entra Eliodoro a la sala hecho un ciclón, preguntando a gritos quién era la osada que se atrevía a hablar en semejantes términos, de qué facultades estaba investida para determinar sobre el pensamiento de Roberto y por qué lo acusaba de ser “contaminante”, como si contaminantes no fueran las perversas ideas que hoy imperan y que habían llegado al país gracias a personas como usted, que no comprenden el daño que le hace a su hija metiéndole en la cabeza la filosofía de la esclavitud, del agacha la cabeza de por vida, porque así es como se vive aquí, aunque lo quieran negar y ocultar con montones de propaganda que comienzan temprano en la mañana y terminan con el último programa de televisión, anunciando domingos rojos, etc... No, de ninguna manera, la única contaminante aquí es usted, que se atreve a tratar de decidir sobre la mente de los demás sin imaginar que mucho antes de que ustedes inventaran la verdad –porque realmente creen que la inventaron–, mucho antes, repito, ya existían otras verdades, muy distintas a las de ustedes que nunca se equivocan, que son tan perfectos que ni Dios puede competir con tal erudición. Es el colmo escuchar semejante insulto.
Y como Eliodoro se tornaba cada vez más acalorado, Carmen María se asustó maldiciendo al médico que le dio el alta en el hospital y envidiando una casa en lo alto del Himalaya. Se puso de pie ante Eliodoro sosteniéndolo por los hombros, asegurando que todo era un error y que lo mejor que hacía era volver a la cama, que ella se entendería con la visita, que entre mujeres las cosas son distintas y se resuelven fácil, y tú estás enfermo, Eliodoro, no olvides eso. Acalorarte te hace daño. La madre de Ángela observaba la escena con estupor, mirando con asombro a ese anciano en pijama y pantuflas que discursaba enloquecido y con insospechables bríos, y eso que estaba enfermo: de disfrutar de salud prefería no haber estado allí ante semejante animal fuera del vallado. Y Eliodoro, sin importarle las recomendaciones de Carmen María, se acomodó en el sofá y comenzó un interrogatorio con la madre de Ángela, disparando pregunta tras pregunta como si fuera un investigador policial, inquiriendo sobre su edad, relación con el esposo, qué educación le había dado a su hija, y muchos aspectos que la madre de Ángela consideró íntimos, por lo cual se levantó dirigiéndose a la puerta mientras Carmen María le rogaba que no se fuera, que no le hiciera caso a su esposo que de inmediato volvería a su cuarto de convaleciente para que ellas pudieran seguir hablando como personas razonables, lo que realmente eran, y decidir el asunto de la relación de sus hijos. Pero la madre de Ángela fue categórica:
—Que no se vean más.
Y abrió la puerta saliendo a la calle seguida de los improperios de Eliodoro, convencido de que si tenía que morir daba igual en la cama que en la puerta, y siguió gritando que la contaminante era ella y su esposo y su maldita forma de pensar, y que si osaba volver a esta casa, cuna de buenas costumbres y excelente educación, la echaría a patadas por el culo sin tener en cuenta su sexo, y portazo rotundo y definitivo.
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Reinaldo Bragado Bretaña. Nació en La Habana en 1953 y falleció en Miami en el 2005. Se licenció en Historia en la Universidad de La Habana. Narrador, poeta y periodista. Formó parte del Comité Cubano por los Derechos Humanos en Cuba por lo que sufrió cárcel. Llegó al exilio en 1988, radicándose en Miami. Ejerció el periodismo y trabajó como redactor para distintas estaciones de radio, televisión y periódicos. Su obra literaria incluye, entre otros, La ciudad hechizada, novela finalista del concurso Letras de Oro, La estación equivocada, Bajo el sombrero, En torno al cero, La noche vigilada, La muerte sin remitente, finalista del Premio “La Ciudad y los Perros” y Curazao 24: cuidado con el perro. Póstumamente se publicó El álbum de las sombrillas, La alcantarilla mágica, Después de la vigilia y La muerte cubana de Hemingway.

