Paradiso: 60 años 1966-2026 ¿La empezó en 1945?
JOSÉ PRATS SARIOL
José Lezama Lima: Paradiso. La Habana, Ediciones Unión, 1966. Diseño de Fayad Jamís (Colección Contemporáneos). 617 pp. Según el colofón constó de 4 000 ejemplares y se terminó de imprimir el miércoles 16 de febrero de 1966 en el taller 206-04 Mario Reguera Gómez, sito en Benjumeda 407, Centro Habana.
Lezama la esperaba desde el mismo miércoles o el jueves, cuando Fayad Jamís –autor de la cubierta, y viejo amigo desde que le publicaran poemas en Orígenes— lo llamó por teléfono para decirle que de la imprenta habían comunicado que estaban saliendo los ejemplares. Ese sábado o domingo después del aviso fui invitado a Trocadero 162. A sesenta años de aquella tarde de febrero de 1966, cuando recibí mi ejemplar y disfruté la dedicatoria, regresé a casa para página tras página sumergirme en la narración de un paraíso metafórico iniciático que ascendería –junto a Oppiano Licario, su continuación inconclusa-- al canon de la novela en el siglo XX.
Ni Lezama ni nadie de los que pasamos por allí sabíamos entonces que poco días después, a principios de marzo, acusarían la novela de pornográfica en atención al Capítulo VIII; la mandarían a retirar de las librerías. Hasta que del “cielo ideológico” retiraron la orden tras el escándalo –con ecos internacionales-- por la burda censura cometida por estalinistas analfabetos funcionales y sus silenciosos cómplices de la Unión de Escritores y Artistas; que además, para dificultar su lectura, le habían puesto un precio de venta altísimo para la época: cinco pesos, cuando el salario mensual de un profesor de secundaria no llegaba a los ciento cincuenta, cuando en general los precios de los libros eran baratos.
Aunque en realidad se levantó la censura porque el Comandante en Jefe y su círculo de amanuenses –dicen que a instancias de Carlos Rafael Rodríguez-- pensaron que sólo sería leída por una élite intelectual, lo que restaría resonancias populares a la novela, a sus desafíos literarios, para nada vinculados al “realismo socialista” tropical. En la obvia inteligencia de que los axiomas filosóficos de Lezama eran idealistas; católicos a profundidad, como fuerte lector de San Agustín y Santo Tomás, de los existencialistas católicos del siglo XX…; bien alejados del marxismo-leninismo, del materialismo histórico y dialéctico que ya estaba impuesto en la educación secundaria y terciaria del país.
Lo amargo en aquellos días fue aquella censura provisional, que aguó la fiesta y no dejó de abrir temores. Como un desconocido adelanto –premonitorio, les escuché años después a su esposa María Luisa Bautista y a mi amigo y colega en el Curso Délfico Reinaldo Arenas-- del ostracismo que sufriría Lezama tras el “Caso Padilla”, desde mayo de 1971 hasta su muerte el 9 de agosto de 1976, este año conmemoraremos el medio siglo.
Amargura –sin embargo— felizmente entreverada con las primeras críticas laudatorias que enseguida comenzaron a aparecer en el mundo de habla hispana, como resumí en el ensayo “Paradiso, recepciones”, incluido en la edición crítica, publicada en 1988. Pero en aquellos días hubo que esperar que la mexicana Editorial Era anunciara su publicación, a cargo de Julio Cortázar y Carlos Monsivais, según referí en el prólogo a la primera edición conjunta y anotada de Paradiso-Oppiano Licario, publicada por la hispano-cubana Editorial Verbum, en 2021; donde anoto –porque Lezama no se tomó el trabajo de revisar las pruebas— que después resultó que la edición mexicana tuvo más erratas que la cubana,
Advierto hoy --por suerte-- que las exégesis sobre los poemas, ensayos y desde luego novela y cuentos de Lezama, como suele ocurrir cuando se trata de un autor relevante, siguen multiplicándose. Nuevas generaciones y no sólo en español, lo leen y comentan, dando al traste con académicos holgazanes y aun críticos que prefieren citar a los famosos comentadores de Lezama, apoyarse en la bibliografía indirecta y no aventurarse a lanzar sus puntos de vista.
Si algo pudiese armar otra justa celebración del medio siglo de la novela, sería experimentar de nuevo –o por primera vez-- el placer de leer y opinar con la intensidad desafiante a la que nos invita un texto tan intelectualmente apetitoso, donde el estímulo incorpora la erudición, las intuiciones analógicas, las inverosimilitudes jocosas… Puedo asegurar que hay no pocos senderos por recorrer, trillos inéditos como el que atañe a los complejos antecedentes determinados por la fabulosa erudición del autor. O por las discusiones sobre la bibliografía indirecta, que incluye la vida del autor. Estudios enriquecidos ahora mismo con el primer tomo de la biografía de Lezama; riguroso, espléndido y polémico trabajo realizado por Ernesto Hernández Busto, que acaba de publicar la Editorial Pre-textos.
Siempre que releo la novela termino con nuevas motivaciones, a las que suelo incorporar las lecturas de ensayos de estudiosos noveles o desconocidos para mí; a veces sobre temas cercanos o que a Lezama le interesaron. Parte del manjar siempre han sido una o varias sugerencias de temas a investigar. Además, ¿Por qué renunciar a lanzar una opinión laudatoria o crítica sobre las digresiones que a veces son interminables, especular sobre la posible sexualidad onanista del autor, discutir sin hagiografías acerca de las recetas de comidas en el Capítulo VII, añadir otro punto de vista sobre el manierismo dentro del orbe barroco que caracteriza el estilo?
Por ejemplo, hace casi dieciséis años, cuando celebramos el centenario del nacimiento de Lezama el 19 de diciembre de 2010, ofrecí una conferencia sobre la intrigante curiosidad que me asaltó tras otra relectura de la novela. La pregunta clave, ausente de las interpretaciones, glosas y comentarios que existían, fue la siguiente: ¿cuándo comenzó Paradiso-Oppiano licario?.
Dije que mucho se había especulado, dentro de la torrencial crítica que Lezama había recibido, sobre los antecedentes de su novela inconclusa: Paradiso-Oppiano Licario. Señalé que cuando en 1988 terminamos la edición crítica de Paradiso –bajo la dirección de Cintio Vitier--, se había fijado con precisión el texto, cotejado con los originales manuscritos, señalado casi completo el imponente marco de referencias y alusiones intertextuales; pero apenas habíamos enunciado el antecedente clave, que destacaba por primera vez:
El diálogo "X y XX" apareció primero en la revista Orígenes (Año 2, No. 5, Primavera, 1945, p. 16-27). Ocho años más tarde José Lezama Lima lo incluye en su primera compilación de ensayos Analecta del reloj (Ed. Orígenes, La Habana, 1953, p. 133-150). Es el preludio de los enjundiosos diálogos, al modo platónico, entre Cemí, Fronesis y Foción, en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana, que aparecen en el capítulo IX de Paradiso. Aunque acerca del platonismo de Lezama sea necesario deslindar un aspecto: Platón despreciaba a la doxa (opinión) y privilegiaba la episteme (valoración científica, no fenoménica). Lezama no parece apoyar del todo ese distingo, al concederle un peso decisivo a los sentidos. Pero si participa contra la abundancia de opiniones superficiales, más cercanas a la pistis (creencia) o simples productos de la eikasia (imaginación), los dos elementos de la doxa.
La data del texto remite a los primeros bocetos de lo que sería un capítulo decisivo de la manierista novela. Indica, contra otras fijaciones críticas, que al final de la Segunda Guerra Mundial, dos o tres años después de cumplir los treinta, ya estaba modulando su bildungsroman.
Es necesario observar qué escribió alrededor de esa fecha. En Orígenes, antes y después, aparecen varios cuentos, lo que evidencia sin reparos exegéticos que en esos momentos ya saltaba a la prosa de ficción narrativa. Un año antes, en el número inaugural, había publicado “Juego de las decapitaciones” (Año 1, no. 1, primavera, 1944, p. 12-23). Poco después de “X y XX” aparecen, sucesivamente: “Cangrejos, golondrinas” (Año 3, no. 9 primavera, 1946, p. 37-46) y “Cuento del tonel” (Año 5, no. 20, invierno, 1948, p. 22). El primer texto de Paradiso saldría al año siguiente (Año 6, no. 22, verano, 1949). Por supuesto que no deja de escribir poemas, como “Ronda sin fanal” (Año 3, no. 11, otoño, 1946, p. 11-14), que después recogería en La fijeza, La Habana, Ed. Orígenes, 1949.
Puede afirmarse que desde los principios del segundo lustro de los años 40, hasta su muerte en 1976, Lezama cada año escribe poemas, ensayos y prosa narrativa, aunque los tres se contraigan y en el caso de la novela disminuya a partir de 1971, tras el ostracismo oficial que padeció, observar el progresivo derrumbe espiritual y material del país; además de la tristeza por su familia dividida entre Miami y La Habana.
La primera de las cartas que le escribe a su hermana Eloísa, en ese entonces exiliada en Puerto Rico, está fechada en abril de 1961, alrededor de lo que conocemos como la invasión de Playa Girón o Bahía de Cochinos, momento clave de la atroz división en la familia cubana. El final es conmovedor, sobre todo cuando sabemos hoy que nunca más los dos hermanos podrían volver a verse, como tampoco a su otra hermana, Rosa, o a sus sobrinos. El manuscrito, celosa y profesionalmente guardado en la Cuban Heritage Collection, en la Biblioteca de Miami University, termina con una frase que conserva la misma esperanza: “Quiera Dios que se restablezca la armonía”.
Menos de tres meses después, en otra de las desgarradoras cartas, fechada en julio del 61, subraya la palabra “inteligencia”, para darle a entender a Eloy –como familiarmente llamaba a Eloísa— que no puede escribirle con libertad, pues teme que la policía política pueda violar la correspondencia, leer sus críticas, tomar represalias. Dice, fuera de cualquier duda: “Encontrarás mis cartas muy vagorosas, apenas hago referencias a lo inmediato. Tu inteligencia te dará los obvios motivos. Además es preferible trascender, irse por encima de las murallas, vivir en dimensión de futuridad”.
La última idea es la que precisamente tiene uno de sus más valiosos antecedentes en “X y XX”. Trascender la circunstancia inmediata, ante la imposibilidad de cambiarla, no sólo indica las fértiles lecturas que Lezama hizo de Ortega Y Gasset (Cf. mi ensayo “La complacencia trascendente, Ortega y Gasset en José Lezama Lima”) , sus conversaciones habaneras con María Zambrano, sino también que saltar las “murallas” formó parte esencial de su poética, prácticamente incólume desde “Muerte de Narciso” (1937) hasta su último poema, siempre modulada en sucesivos ensayos y conferencias, que parecen tener su axis en “Introducción a un sistema poético” (Orígenes, Año 11, no. 36, 1954, p. 35-58; después recogido en Tratados en La Habana, (Universidad Central de Las Villas, Dep. de Publicaciones Culturales, 1958).
El culto –culterano— diálogo entre sus desdoblamientos parece corresponder de un lado a lo que será Oppiano Licario y del otro a la tríada que formarán Cemí, Fronesis y en menor medida Foción. Una pregunta ingenua sobre la novela es ingenua a la vez sobre este diálogo precursor de su saga: ¿Cuál personaje es el autor? La respuesta es que José Lezama Lima tiene de X y de XX, como Platón de Sócrates y viceversa. “Es” cada uno de ellos, igual que Madame Bovary es Flaubert, según afirmara el gigante de Ruan.
Debe recordarse, en este sentido, la noción lezamiana de "vivencia oblicua" y de "súbito", cuyos intercambios crean el "incondicionado condicionante”, es decir, el potens, la "posibilidad infinita". En el mismo libro en que compila este ensayo, Analecta del reloj, aparece inmediatamente después “Las imágenes posibles”, seguido de “Sierpe de don Luis de Góngora” y “Exámenes”. Hay una evidente intención de advertir cómo va modulando su poética, bajo los arabescos barrocos, porque las datas de escritura no son sucesivas. Lezama ordena sus textos con una evidente intención de continuidad argumental, no guiándose por las fechas de escritura o de publicación. En “Exámenes” culmina este primer espejo, aquí desdoblado en X y su crítico XX, es decir, una “vivencia oblicua” encarnada en los dos personajes.
Por ese “espejo oblicuo” la especulación más grávida está en que, según la fecha de escritura, Lezama decide entonces, para toda su vida, la dedicación a la literatura como antídoto contra el “hombre absurdo”, a sabiendas de que el mito de Sísifo lo acompañará hasta el final del camino, hacia la Resurrección que su catolicidad le señalaba como meta. De ahí el cuerpo de referencias en el ensayo y la flecha hacia el “poema” como sesgadura, ofrenda al Verbo, al Espíritu Santo, a la Poesía con mayúscula, que ve como un atributo de Dios.
Un poco más de dos años antes Albert Camus había publicado Le Mythe de Sisyphe (1942), en plena Segunda Guerra Mundial, que Lezama seguramente leyó en el original francés. Su frase decisiva (“No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”) ejerció una fuerte influencia entre los intelectuales que se alejaban de los sistemas filosóficos cerrados de la modernidad, constructores voluntaristas del “futuro”. Lezama aquí participa de la individualización del “problema”, sin “masa” ni “poder”. Se adelanta al pensamiento blando de la actualidad, a lo que equívocamente se conoce como filosofía “posmoderna”.
Sísifo en la leyenda mitológica está condenado eternamente, por su astucia frente a los dioses, a subir cuesta arriba un enorme pedrusco, que de inmediato volverá a rodar hasta la sima. Pero en lo alto de la montaña –según Camus-- hay unos segundos donde Sísifo, ciego, sabe que el horizonte está ahí y se siente libre, antes de reiniciar la condena. La analogía con lo que para Lezama significaba la creación poética está implícita en el siguiente parlamento de X: “Entonces es difícil, pero ávidamente existente, la relación entre el tamaño de un poema y la forma como caemos en la muerte. Si la poesía se nutre de la discontinuidad, no hay duda que la más lograda y gravitante discontinuidad es la muerte. Se habla de la muerte propia, pero hay en eso el protestantismo de enfatizar los fragmentos. Una vanidad siniestra que quiere detener los instantes para extraerle una espiga de trigo. Es un viento morboso lo que nos lleva a reclamar una muerte diferente. Sabemos que no podemos constituir en estilo la muerte de cada uno de nosotros. Sabemos que en ese acto de morir sólo hay soledad de actor y espectador. Es cierto que Rilke tenía a su favor ─cuando habló de la muerte propia─ el que perseguía la más total diferenciación entre la sazón de la muerte (sazón de vida o de muerte fue expresión muy gustada por los estoicos) y la desarmonía del ser destruido (…)”. Sísifo, Orfeo e Ícaro forman una de las más cercanas trilogías simbólicas del poeta, desde su visión presidida por el Verbum.
Los lectores de Paradiso-Oppiano Licario tenemos en “X y XX” el diáfano antecedente de una de las novelas más “personales” en la historia de la lengua española. No sólo por su carácter iniciático, por el anecdotario autobiográfico yr las referencias históricas, geográficas, urbanísticas, cubanas y habaneras… No sólo por la suma de excepciones a las artes de novelar, por su densidad cultural y las alusiones eruditas… Sino sobre todo porque nunca antes se había escrito una novela fuerte –de estilo identificable en la mayoría de sus páginas-- cuyo arrogante desafío fuera narrar y conversar la formación de una poética como destino, de escribir como razón de ser.
X y XX dialogan sobre Sócrates, Platón y Aristóteles; sobre lo mejor de la patrística y la escolástica, Vico y Claudel –para sólo citar algunos pilares del Curso Délfico--; e implícitamente sobre el suicidio, no en el sentido de poner fin a sus vidas, sino de incumplir una vocación, una ordenanza de Dios. Dialogan para armar el motivo de lo que décadas después será una novela singularísima. Anteceden –anuncio, aviso, preparación-- lo que en Paradiso conversarán Cemí, Fronesis y Foción.. Ellos tienen en esta fecunda conversación de 1945 el signo verde sufí, su precursora señal.
En Aventura y 2026
José Prats Sariol (La Habana, 1946) es narrador, ensayista y crítico literario. En Cuba se desempeñó como Asesor Nacional de Literatura y como profesor de la Escuela Nacional de Arte, así como de la Escuela de Instructores de Arte (La Habana), entre otras instituciones. Ha impartido cursos, conferencias y participado en eventos celebrados tanto en Europa, América Latina como Estados Unidos y Canadá. Su novela Mariel (1997) fue finalista del prestigioso premio Rómulo Gallegos.
Prats Sariol prologó numerosas ediciones para Casa de las Américas, Letras Cubanas, Arte y Literatura y otras editoriales cubanas. En 2001 obtuvo la beca creativa de la Ford Foundation (Georgia, USA). Es Director de la Colección Obra Selecta de Aduana Vieja, donde además ha publicado su libro Bagatelles (2019), donde mezcla crítica y ficción. Reside en Estados Unidos.

