Invisibles triángulos de muerte

FELIPE LÁZARO

 

Para mi primo hermano Ramón Álvarez Silva, poeta

Cuartel de la Guardia Rural (Güines, 1958)

Hermenegildo golpeó dos veces con sus sobresalientes nudillos en la puerta del despacho militar que estaba deco- rado de una forma extremadamente minimalista. Más que la caracterizada austeridad castrense, todo el eficiente mo- biliario se ceñía a un escritorio, una máquina de escribir    y varios archivos, aunque de las paredes colgaban grandes retratos de los próceres de la Patria y unos mapas de la Isla, de la provincia y del Municipio.

–¡Adelante! –contestó, secamente, el oficial.

–Capitán, aquí está el detenido –dijo un corpulento sar- gento, al mismo tiempo que saludaba militarmente.

–Bien, bien, retírese… Siéntate, Luisito, siéntate.

–Gracias… –respondió tímidamente el joven, sumamen- te nervioso, al que le sudaban las manos y tenía el rostro cubierto por gotas interminables, mientras recordaba todos los detalles de su detención, por lo que esperaba, con cierto temor, algún que otro golpe del militar.

–Pues, bien, muchacho. Mira, yo quiero ayudarte. Co- nozco a tu abuelo. Tenemos que ayudarnos mutuamente. Solo dime de esta lista, quiénes son los revolucionarios y tú no tendrás ningún problema, te irás de aquí caminando por tus propios pies. Te lo prometo.

–Pero, es que no sé nada. Creo que todo se debe a un grave error, una equivocación –contestó el estudiante sin apenas leer el papel que le había entregado el capitán, mi- rando fijamente una fusta de cuero que tenía el oficial en- cima del escritorio.

–Tú sabes mucho, muchacho, no te hagas el comemier- da… Posiblemente, sepas más de lo que crees… Te lo ase- guro… Todos son amigos tuyos del Instituto. Dime quié- nes son el grupito, los cuatro gatos esos y si alguno no está en la lista…

–Todos son amigos míos, sí… compañeros del Instituto, de jugar pelota. Pero no sé nada más.

–¡Cabrón! –gritó el oficial dando un fustazo en la mesa, sobre unos papeles. –¿Qué crees, que somos unos verra- cos? Te equivocas. Yo también fui revolucionario… contra Machado. Andaba en reunioncitas, poniendo bombas, atra- cándome de mierda hasta los ojos. ¿Me oíste?, hasta que comprendí que todos los políticos son unos hijos de puta… Todos… Mira, aquí sabemos todo lo que pasa en el pueblo.

¿Oíste? Todo. Y ahora, dime, ¿vas a colaborar?

–Yo no tengo nada que decir, solo que no estoy en nada…

–Lee, coño, y dime quiénes son.

Luisito cogió el papel, que le temblaba en las manos sin dejarle leer. Inmediatamente se dio cuenta de que estaban todos sus amigos y por un instante le entraron ganas de vomitar, pero se lo impidió la fuerte voz del capitán:

–Bueno, ¿qué me dices?

–Sí, son mis amigos. Pero es lo único que puedo decirle. Yo no sé nada más, solo que estudiamos en el Instituto, nos vemos en el pueblo, repasamos juntos las tareas en nues- tras casas, nos bañamos en el río, jugamos a la pelota…

–Ya. Deberían jugar más pelota y joder menos. Sobre todo nada de octavillas y dejar de escribir en las paredes frases contra el gobierno. Coméntalo con tus amiguitos, dile que los tenemos vigilados a todos. Al menor movi- miento que hagan los detengo y los envío para La Habana y sabes que de allí vuelven pocos…

El oficial dejó pasar un largo rato de tiempo para que  el joven pensara en lo que le acababa de decir. Y, rápida- mente, le extendió una octavilla que sacó ágilmente de una gaveta del escritorio. Al verla Luisito la reconoció y casi temblando se hizo el indiferente, tardando en leer un texto que conocía al dedillo, pues él mismo lo había redactado. Totalmente turbado y balbuceando apenas unas palabras lo- gró decirle al capitán:

–¿Qué quiere que le diga? Gramaticalmente está mal es- crito… mal redactado… no deben ser estudiantes quienes lo escribieron.

–¿Deben? ¿Por qué supones que son varios?

–¡Qué sé yo! Supongo…

–¡Sargento! –gritó el oficial poniéndose su gorra. Casi al mismo tiempo agarró con su mano derecha la fusta militar y comenzó a darse golpecitos en la palma de la otra mano, mientras miraba fijamente al joven detenido, que interpre- tó aquel vaivén de la fusta como invisibles triángulos de muerte, pues esos eternos segundos que tardó Hermenegil- do en presentarse, al estudiante le parecieron horas.

–¡A la orden, capitán! –se cuadró y saludó el sargento que esperaba fuera del despacho.

–¡Déjelo ir! –ordenó el oficial con cierta mueca en la boca, quizá una posible contraseña para el sargento.

–¿No le damos una vueltica por el cuarto, señor?

–No me ha oído, coño. ¡Déjelo ir! –exclamó el capitán caminando hacia la puerta.

–Sí, señor, como ordene –contestó el sargento malhu- morado, como si el oficial lo hubiese decepcionado.

–Aunque, espere… Luisito, te voy a enseñar algo muy instructivo. Sargento, llévelo al cuarto…

A Hermenegildo se le iluminó la cara, sonrió sádica- mente con cierta malicia y a gritos ejecutó la orden, em- pujando a Luisito hacia la puerta con sus inmensas manos, mientras le decía: “Camina, coño, que tú estás fuerte para aguantar un par de mameyazos”.

Al joven estudiante le sudaba todo el cuerpo, tenía la boca seca, casi temblaba al caminar. Había oído tantos cuentos sobre el cuartel, las palizas y torturas a los deteni- dos que estaba verdaderamente aterrorizado, aunque bas- tante entero para lo joven que era, con sus recién cumpli- dos quince.

El capitán fue el primero que bajó unas escaleras del patio que llevaban a una especie de sótano lúgubre y ma- loliente. Cogió una llave de la pared y abrió una pesada puerta de hierro. Todo estaba totalmente a oscuras con una humedad que calaba los huesos al instante. De pronto, Her- menegildo dio unos pasos, en la más absoluta oscuridad, como si conociese hasta el último detalle del calabozo y prendió una bombilla que colgaba del techo.

Después de una larga pausa, para que el joven pudiera apreciar bien dónde estaba y le hiciese efecto la situación en que se encontraba, el capitán, quitándose la gorra y secándose el sudor de la frente con un pañuelo blancuzco, totalmente arrugado, le dijo a Luisito:

–Mira bien, muchacho. ¿Ves esa gran mancha en el suelo…? ¿La ves? –gritó el oficial señalando casi a sus pies.

Pero Luisito estaba mudo, sin voz, no podía articular ni siquiera un pobre gemido. Aquel habitáculo era macabro. De la pared colgaban palos y látigos, correas y cadenas, hasta alicates y tenazas. Solo había una vieja silla y una pequeña mesa con unos instrumentos encima.

–¡Contesta, coño! ¿No te irás a mear, ahora? –le dijo el sargento Hermenegildo empujándolo hacia la oscura man- cha. –No serías el único. Aquí hasta el más guapo se caga.

–Sí, la veo –gritó Luisito totalmente desesperado.

–Pues eso es sangre, oíste. Sangre de comemierda. Y el que la botó dejó ahí sus pulmones. Los que salen de aquí pocas veces llegan hombres a La Habana y allí ya le hacen el trabajo completo, sin billete de vuelta. Así que dile a tus amigotes, que se dejen de tanta revolución del carajo, de papelitos sueltos, de pintar paredes y de comer tanta mierda frita. Que se dediquen a lo suyo, a estudiar, a jugar pelota, como tú dices, a echarse una noviecita, pero no jodan más en el Instituto, ¿ok?

–¿Lo entrenamos, capitán? –preguntó Hermenegildo.

–No, sargento, retírese… esta vez no…

–¡Como ordene, señor!

El oficial que se había quedado con el estudiante a solas, lo sacó de la celda echándole el brazo encima. Cerró tirando de una aldaba gigante y el eco del portazo despertó al joven estudiante que apenas podía coordinar sus pasos.

–Mira, muchacho del diablo, te lo digo en serio, las cosas no están para juegos. Tenemos órdenes terminantes de aca- bar con la oposición. Ya no nos importa si son cuatro gatos. Sean los que sean irán cayendo… Échate una novia y deja unos cuantos amigotes, que son los que te tienen jodido. Ya te dije que conozco a tu abuelo, sobre todo por mi padre que era colono. Él llamó hoy, después de tu detención. Como ves, te he tratado lo mejor posible, con consideración, den- tro de las circunstancias. Pero te advierto: te arrestan otra vez y para el carajo todo. Te veo otra vez por aquí y te dejo en manos del sargento… y ese no cree en nadie. Así que a ser bueno, ¿ok?

Luisito, que había estado contando los escalones mien- tras subían de la mazmorra, se recuperó algo con el aire fresco del patio.

–Sí, capitán, trataré…

–No, no trates, hazlo. Es por tu bien. Es tu vida la que está en juego. Acuérdate del texto final de las octavillas, de esa consigna que yo también grité en los años treinta:

¡Libertad o muerte!… Así que aléjate del grupito de bobo- lucionarios para salvarte de lo segundo. Además, si llega algún día lo primero, la podrás disfrutar junto a tu familia y a tus seres queridos. No seas idiota, yo también fui revolu- cionario de estudiante y ahora ya me ves. Espabila o serás un muerto más.

El joven levantó los ojos, asombrado por lo que acababa de escuchar. Casi le iba a pedir al capitán que le repitiera el consejo, cuando este le interrumpió ordenando al cabo de guardia que dejara pasar al detenido, que ahora estaba en libertad.

Así Luisito, empapado en sudor y aterrado por la expe- riencia vivida, franqueó los sacos de arena que hacían de trinchera en la gran puerta del cuartel, donde tres soldados con cascos de guerra vigilaban atentos la esquina de las ca- lles próximas. Uno de ellos, el del medio, jugaba con una ametralladora de pie calibre 50, moviéndola de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, formando invisibles trián- gulos de muerte.

En la calle desierta, el joven estudiante caminó solo con el sol por compañero. Continuaba empapado de sudor, pero al apenas dar sus primeros pasos en libertad, sobre todo fue- ra del cuartel, ya se sentía fresco, liviano, algo recuperado. Respiró hondo, miró tímidamente para el cuartel y apresuró sus pasos, como queriendo escapar de los ojos del sargento Hermenegildo que desde una ventana no le quitaba su sá- dica mirada.

*  *  * 

Fortaleza La Cabaña (La Habana, 1961)

De repente, Luisito se despertó mojado. Sudaba a chorros, un maloliente líquido le recorría todo su cuerpo, cuando es- cuchó su nombre y apellidos. ¡Le había llegado su turno! Apenas pudo despedirse de los otros compañeros que aba- rrotaban la celda del presidio político. Ni siquiera escucha- ba las palabras de su amigo el cura que deseaba confortar- lo. Ya pegado al paredón, sintió un escalofrío y simuló una mueca al pensar: “Esta es la Revolución por la que estuve dispuesto a dar tantas veces mi vida”.

A lo lejos vislumbró el resplandor de unos fusiles ner- viosos que se movían por la ansiedad de los ejecutores de aquella forma que ya había visto con anterioridad en el cuar- tel de su pueblo, dibujando invisibles triángulos de muerte. Recordó al capitán y al sargento Hermenegildo: ¿qué sería de ellos, los habrán fusilado también, estarán presos, habrán logrado exiliarse? Ahora le tocaba a él, estaba solo frente a la Historia. El estruendo de los fogonazos interrumpió el silencio macabro de aquella madrugada.

los aplausos se convirtieron en una ovación.

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Felipe Lázaro (Güines, Cuba, 1948). Poeta y editor cubano. Salió de Cuba en 1960. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Graduado de la Escuela Diplomática de España. Fundó la editorial Betania en 1987. Ese mismo año, obtuvo la Beca Cintas. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la cultura cubana (1996), y del periódico La Prensa del Caribe (1997). Autor de los poemarios: Despedida del asombro (1974), Las Aguas (1979), Ditirambos amorosos (1981), Los muertos están cada día más indóciles (1986 y 1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003), Data di Scadenza (Antología poética), traducción de Gaetano Longo (2003) y Fecha de caducidad. Antología poética, 1974-2004 (2004), Tiempo de exilio (2014). Es autor de diversas antologías, como: 9 poetas cubanos (1984), Poesía cubana contemporánea (1986), Poetas cubanos en Nueva York (1988), Poetas cubanos en España (1988), Poetas cubanas en Nueva York / Cuban Women Poets in New York (1991), Poesía cubana: la isla entera (1995), Al pie de la memoria. Antología de poetas cubanos en el exilio, 1959-2002 (2003) e Indómitas al sol. Cinco poetas cubanas de Nueva York (2011).

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