Fragmento de la novela "Y la noche doblaba por tercera"

JOSÉ M. FERNÁNDEZ PEQUEÑO

El niño, el indio, el general y la noche que doblaba por tercera 

Fragmento extraído del capítulo tres de la novela
Y la noche doblaba por tercera (Ediciones Furtivas, 2025). 

Un par de meses después, otra tarde, llegué a casa y encontré un sobre tirado en el piso. Tras los sucesos en el estadio del Cerro, la práctica de echar papeles por debajo de la puerta apenas se mantuvo un par de semanas y, además, aquel sobre perfectamente cuadrado tenía una apariencia demasiado formal. Contenía una postal diseñada con los colores de la bandera y me solicitaba amablemente acompañar al presidente de la República durante el agasajo que ofrecería en su finca Kuquine a los deportistas destacados durante el año 1955.

Lena llegó una media hora después, hablando horrores del curso para la elaboración de macramé que había matriculado. Le mostré la invitación y mi extrañeza, ¿por qué esa vez no la habían mandado a la emisora?

—No sé, pero deberías ir… sobre todo después de lo ocurrido…

En Kuquine me esperaban una tarde bastante fresca y una mezcla de gente bien diversa: deportistas, empresarios, periodistas, dueños de medios, políticos, militares, diplomáticos, más los aduladores que nunca faltan en los reinos del poder..., y esa diversidad, contrario a lo que pude temer, aseguró un encuentro apacible, alejado de los discursos y las formalidades excesivas, si excluimos el imprescindible paseo entre los bustos que envejecían en el Patio de los Héroes. El general Batista apareció cuando hacía rato que nos habíamos acomodado en las mesas diseminadas por los jardines, bajo la atención de un ejército de camareros y la vigilancia de la grulla con una sola pata, alta y circunspecta como corresponde a casi todas las estatuas. Vestido de sport, según establecía la invitación, el hombre se fue moviendo por los grupos, saludando y deteniéndose unos minutos a intercambiar con los deportistas galardonados, siempre seguido a distancia por dos oficiales en perfecto uniforme de gala. Al momento de llegar hasta nosotros, discutíamos con bastante ardor sobre la próxima Serie del Caribe en Panamá, país hacia el que René y yo partiríamos tres o cuatro días más tarde, y las posibilidades del equipo Cienfuegos en ese torneo. Alguien, no recuerdo quién, había puesto en duda que los principales lanzadores del equipo cubano, Camilo Pascual y Pedro Ramos, fueran suficientes para contener al equipo boricua y Pumarejo reaccionó con su pasión habitual:

—No, hombre, deje eso. El Ca-caguas no es el Santurce, que el año pasado se apareció con Roberto Clemente, Willie Mays y Luis Rodríguez Olmo en los jardines; así, ni Popeye iba a ganarles por mucha espinaca que comiera. Yo creo que este año Pa-panamá y Venezuela serán de más cui…

Y pegó un brinco (¡ay, coño!) al sentir la quemadura del cigarro que había olvidado ardiendo entre sus dedos, con lo cual el General fue recibido en medio de risas.

La función, de cualquier manera, comenzó enseguida. El dueño de Kuquine saludó al grupo con un vago movimiento de la mano derecha y una mirada en recorrido que nos abarcó a todos, dio un abrazo de felicidades-campeón a Rafael Fortún, para entonces girar hacia su izquierda, donde estábamos sentados René y yo.

—¿Cómo me los están tratando?

Lo ambiguo de la pregunta y la forma en que nos aislaba dentro del grupo me desconcertó, lo admito. Mejor imposible, presidente… ¿no es cierto, René?

Riendo, se dirigió a todos otra vez:

—Es una lástima que Niño Valdés, nuestro gran campeón, no haya podido viajar desde Estados Unidos, pero he escuchado que el señor Mello Domínguez vivió una experiencia muy curiosa con ese titán del ring y, si nos la cuenta, sería como tenerlo aquí en esta tarde.

No era necesario preguntar a cuál de mis muchísimas anécdotas con el Niño se refería porque, mientras hablaba, había agarrado por el cuello la botella de cerveza Hatuey que Rubén Rodríguez tenía delante y su grueso dedo índice señalaba al indio de la etiqueta. Estaba a punto de preguntarme cómo carajo aquel hombre, que se suponía el más ocupado del país, había encontrado tiempo para ponerse a escuchar chismes sobre mí, cuando descubrí con enorme sorpresa que entre Niño Valdés y el Hatuey impreso en la botella era posible anotar no pocos detalles comunes; no me refiero a que sus rostros fueran parecidos rasgo a rasgo, nada de eso, el Niño podía ufanarse por mucho de ser menos feo que el indio. Los identificaba una impactante expresión de contundencia, esa postura obtusa con que el Hatuey cervecero proyectaba el torso hacia adelante, y un rasgo infantil en la mirada por el cual casi todo el mundo cometía el grave error de creer que Niño Valdés era medio idiota. Además, aunque la etiqueta no mostraba al indígena del cuello hacia abajo, uno bien podía imaginarle los músculos contraídos en la espalda anchísima y desnuda del Niño la tarde en que bajé a su camerino y me lo encontré dando una entrevista para CBS Sports en el cuarto de calentamiento, hablando con su picante jerigonza mientras hacía movimientos de torso y tiraba golpes hacia la cámara.

—¿Tiene algún mensaje para Rocky Marciano? –preguntó en ese momento el periodista y tradujo el intérprete.

El Niño se inclinó igual que el indio en su botella y taladró la lente de la cámara con unos ojos pretendidamente fieros.

—Marciano, ¿no no chanza for mí?

Lo acompañé al camerino luego. Aun sentado en una alta banqueta, no paraba de hacer movimientos repentinos con la cabeza, los hombros, y ni me miró cuando le dije que la gente de Bacardí le daría quinientos pesos si, en caso de ganar la pelea contra Huracán Jackson, él mencionaba la malta Hatuey. Parecía como si su atención estuviera en otra parte, quizás ya se movía dentro del ring mirando fijamente a los ojos de su contrincante, pero de pronto pegó un salto que hizo salir volando la banqueta, alzó los descomunales omóplatos y tiró un par de rectos al aire.

—Le voarrancá la jeta al niche ese. ¿Huracán con mimé? ¡Yo soel ciclón cubano, mi tierra! –y se golpeaba el pechazo desnudo con el puño derecho.

En eso entró Bob Gleason. Avanzó hacia su pupilo con ojos entre cansados y aburridos, expresión más que extraña para un mánager que estaba a punto de afrontar una pelea importante. Tampoco me quedó claro si mi presencia allí le resultaba intolerable o indiferente.

—Queda poco para el combate y necesito calmarlo –dijo sin mirarme, como si hablara con nadie, o con algún distante dios que solo él sabía.

Pero yo tenía un propósito. Antes de salir, me acerqué al Niño, le desee suerte y, mis labios muy cerca de su oreja derecha, acuérdate campeón, allí estaré con el micrófono… ¿Me habría entendido?

Cuando Huracán Jackson cayó a la lona sin remedio en el segundo round y el público en el Madison Square Garden se puso de pie escandalizando, subí en dos saltos al ring y empecé a forcejear para acercarme al ganador. Era inútil, lo impedía una pared de cuatro o cinco cuerpos que se le abrazaban junto a las cuerdas. Entonces, para mi sorpresa, él los empujó primero con ambos antebrazos, que extendió luego en un movimiento de separación, me alcanzó con sus guantes y de un tirón me hizo chocar contra su cuerpo sudoroso. Jadeaba por encima de mi cabeza como un potro en plena carrera, pero yo sabía que la oportunidad no iba a durar: estamos transmitiendo para toda Cuba, campeón, ¿cómo lograste…? No terminé, Niño Valdés (o el indio Hatuey, ¿por qué no?) me arrebató el micrófono.

—Ná, e que bebo Hatuey, ¡la maita de lo campeone!

Devolvió el micrófono, pero cubrió la rejilla con un guante y me habló al oído:

—Dile al murciégalo que ya pueén mandá la yira esa.

Risas, creo que hasta la grulla sobre su larga y solitaria pata se relajó un poquito.

—Vaya, y yo preguntándome quién había diseñado una campaña de publicidad tan interesante…

Lo dijo un jugador de jai alai muy aplaudido por aquella época, en mi cabeza puedo ver su pelo rubio, su cara alargada y hasta una verruga de lo más curiosa que tenía sobre el labio, pero no recuerdo el nombre.

Pumarejo saltó a lomos del momento:

—No es aconsejable subestimar a quienes parecen más débiles o menos inteligentes… ¿verdad, Mello? –y me guiñó un ojo.

La evidente ironía de sus palabras, que casi todos los presentes sabíamos dirigida a los de Radiocentro, produjo un silencio instantáneo por la duda acerca de cómo podía entender lo dicho el general Batista, que inclinó el busto hacia adelante, ese gesto característico de quien no está seguro si ha escuchado bien, hasta adquirir una postura exacta a la de Hatuey en su etiqueta… y entonces rio. Aprovechando las risas y los comentarios, sacudí la cabeza y volví a mirarlo… sí, allí estaba la misma obtusa solidez del Niño y el indio Hatuey, solo que más envejecida.

Al regreso, con el atardecer de febrero atenuando luces, pasé por Centro Habana para dejar a René y seguí luego hasta el edificio Alaska con el fin de recoger a Lena, como habíamos quedado, y saludar de paso a su madre. Empleé el regreso al Nuevo Vedado para contarle entre risas lo ocurrido durante la tarde… Mis risas, digo, porque Lena se mantuvo extrañamente seria hasta que hube concluido y entonces liberó su mejor versión de pitonisa:

—Armelio, óyeme bien. Ahora que empiezan los juegos de Grandes Ligas, hay que aprovechar tus viajes e ir poniendo dinero fuera de Cuba –quise echarle un vistazo, pero la lenta marcha de un carretonero me obligó casi a detener el vehículo–. Igual, deberíamos revalorar lo que habíamos hablado de invertir en bienes raíces –ahora sí que volteé el rostro hacia ella y allí, esperándome, estaba su mirada–. Oye, este gobierno está jodido y nadie sabe qué vendrá después.

¿De dónde sacaba esa idea? ¿Cómo había leído ella semejante advertencia en mi narración de lo ocurrido aquella tarde?

—Esta gente tiene miedo, Armelio. Toda esa guapería de que aquí manda el mulato es miedo... No te dejes llevar por las apariencias.

Yo seguía sin entender (razones, Lena, dame razones, no impresiones) y ella se salió del asunto con una de sus frases favoritas:

—Hay un ciego peor que quien no quiere ver, es el que se da por feliz.

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José M. Fernández Pequeño nació en Bayamo, Cuba, en 1953. La escritura de su primer libro de cuentos, Un tigre perfumado sobre mi huella, fue también su refugio mientras la debacle de la utopía social prometida por el gobierno cubano amenazaba con sepultarlo en los primeros años noventa. Se publicó en la República Dominicana de 1998, país y año en los que comenzó el exilio de Fernández Pequeño. Una visión interior de sus tres quinquenios en la República Dominicana está literariamente recogida en la antología de cuentos Se cortan chazo (2022) y la novela Tantas razones para odiar a Emilia (2021). En 2013 puso su residencia en Miami, de cuya estancia hasta hoy pueden encontrarse pistas en sus libros de cuentos Memorias del equilibro (2016), Sutiles (2017), El pesador de palabras (2024), así como las novelas Bredo, el pez (2017, para niños grandes) e Y la noche doblaba por tercera (2025). Amenaza con una nueva novela, “Cada hoja es el árbol”, pero pueden estar tranquilos, no se publicará hasta 2027… o tal vez más tarde.

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