Calma sin cerrojos y otros poemas

ERNESTO CISNEROS CINO

CALMA SIN CERROJOS

Volví de mil batallas

no como el que vence,

sino como quien se retira

con lo esencial intacto.

No traigo banderas.

Traigo silencio aprendido.

Traigo el pulso estable

de quien sabe dónde pisa.

El tirano lo entiende tarde:

el tiempo ya no le obedece.

Yo no lo empujo.

Lo miro caer

como cae lo que ya no sostiene nada.

Hubo sangre.

Hubo huida.

Hubo noches sin mañana.

Eso fue real.

Hoy levanto paredes

con manos limpias,

planto horizonte

donde antes solo había cerrojos, techos, límites…

Llamo hogar

a lo que no puede ser tomado.

Regresan a veces

los restos:

harapos de miedo,

cerraduras oxidadas,

sueños entrenados para no despertar.

Los dejo pasar.

No gobiernan.

Peor era vivir alerta.

Peor era respirar permiso.

Hoy, incluso dormido,

sé que despertar

no será una amenaza.

Volví de mil batallas

y no busco revancha.

Busco algo más difícil:

que nadie más

tenga que aprender a correr

para seguir vivo.

FLASHES


El fuego no pide permiso.

El silencio también grita.

Lo real sangra.


Nadie recuerda al primero que calla.

Todos recuerdan al primero que corre.


El exilio es un país portátil.

La nostalgia: dictadura de la memoria.

Escribo porque si no, ardo.

Toco para incendiar el silencio.


Amar es desobedecer a la muerte.

Un país cabe en una cicatriz.

Un universo, en una mirada que se niega.


La obediencia es la droga más barata.

El poder es cálculo.

La herida: su antídoto.


Soy hijo del ruido.

Soy padre del eco.

Soy nieto de la nada.


No busques metáforas:

la sangre es sangre.

El hambre es hambre.

El miedo es miedo.


Quien te promete eternidad quiere tu cadena.

Quien te ofrece olvido, tu cadáver.

No hay mayor tiranía que la costumbre.

No hay mayor milagro que estar aquí.


Cada palabra es una bala.

Cada verso, un fósforo.

Cada silencio, gasolina.

Dispara.

EN EL CENTRO DEL OCEANO


Allí, donde el mapa solo es azul,

donde el horizonte no conoce bordes,

la quietud parece absoluta.

Pero bajo el agua inmóvil

arde un corazón secreto:

el magma se abre paso,

una grieta se convierte en montaña,

la montaña en isla,

la isla en promesa.

Nadie lo escucha.

Nadie lo celebra.

El silencio es cómplice

de la creación de nueva tierra.

Las placas chocan,

la roca se funde,

el océano se parte en dos.

Y en ese movimiento invisible

se ensaya la arquitectura del futuro.

La paciencia es el verdadero poder:

millones de años para un gesto,

siglos para un latido.

El mar cubre todo con calma,

como si nada ocurriera,

pero en sus profundidades

se escriben los primeros versos

de un continente que aún no existe.

El poder de la naturaleza

no es el estruendo,

sino la obstinación del silencio

que engendra mundos.

HUELLA


Queda la huella

sobre la ceniza;

el pulso desafía

la costumbre del silencio.


No hay adiós en este relámpago:

solo el eco

que insiste.


(Tocamos, resistimos, sangramos.)


El último acorde

es esperar

el próximo trueno.

BOLSILLOS DEL SUENO

Es de madrugada.

El cansancio me arrastra,

pero el silencio se inclina

como un padre que arropa.

Entre el sueño y la vigilia

regresa la pesadilla:

la frontera cerrada,

el mar que amenaza,

la tierra perdida.

Y sin embargo,

algo brilla en la penumbra:

un puñado de recuerdos

que guardé en mis bolsillos

como semillas tercas.


Allí viaja la patria:

un olor a café,

una palabra en la lengua,

un acorde que nunca olvidó mis dedos.


El sueño se abre,

y en él descubro

que emigrar no fue solo perder,

sino llevar conmigo

lo que nadie puede arrebatar.


Cuando despierte,

la esperanza aún estará allí,

respirando en lo íntimo,

lista para sembrar otra vez.


Ernesto Cisneros Cino (La Habana, 1971). Pianista, compositor, arreglista y creador digital. Fue miembro de los grupos Paisaje con Río y Buena Fe. Reside en Miami.

 

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