Verde o azul claro
JOSÉ ABREU FELIPPE
Ni se sabe el tiempo que llevaba allí, horas, días, décadas tal vez, intentando caminar por aquel entramado de edificios que daba la impresión de ser un complejo hospitalario, aunque estoy casi seguro de que no lo era, pues no había nada que indicara que allí se realizaran consultas médicas o cualquier otra actividad relacionada. No existía ningún cartel que orientara, solo aquel gentío moviéndose en todas direcciones, ocupando los elevadores, ascendiendo o bajando sin rumbo fijo. Gentes de casi todas las edades, más mujeres que hombres y pocos niños. Adolescentes no vi ninguno. No quiere decir que no los hubiera, solo que no los vi. Y lo peor, aquellas paredes como de plástico transparente, de un color entre verde o azul claro que me deprimían tanto, aunque no podría explicar por qué. Yo intentaba moverme lo más pegado posible a ellas, tratando, cuando podía, de reconocer el paisaje exterior, algún indicio de dónde me encontraba, pero no lo conseguía, del otro lado solo vastas llanuras cubiertas de un verdor recién estrenado, y a lo lejos franjas amarillentas que delineaban el horizonte, una línea sin relieve, algo confusamente plano. No se divisaba nada vivo fuera del enclave. Tampoco un detalle que pudiera relacionarse con una ciudad, calles, aceras, comercios, edificios, farolas de alumbrado público. Afuera todo era seco, árido.
Yo tenía la impresión de que me movía en una construcción circular, una especie de esfera gigantesca. Desde mi posición era imposible calcular el diámetro, aunque me atrevería a suponer que rondaba los varios centenares de metros, quizás más, pues la curvatura de la superficie junto a la cual me movía, era apenas perceptible. Tampoco servía de ninguna ayuda el paisaje exterior, ya lo dije, pues era fatigosamente monótono. El interior, por el estilo, aquel entramado de edificios sembrados como por capricho en cualquier punto de la superficie, y la muchedumbre aproximándose a los elevadores que, pienso, no llevaban a ninguna parte a no ser a la parte superior de la esfera, aunque lo dudo. Lo que más me molestaba era precisamente ese gentío, esa masa, apenas existía un espacio entre uno y otro cuerpo, y el roce inevitable de piel contra piel, me enervaba. Aunque no era justo hablar de roce, porque no lo era, sino una confrontación no deseada de cuerpos, brazos, piernas, espaldas contra pechos, hombros contra hombros, y las cabezas alzándose, intentando halar aire no viciado, de respirar, tratando de dar un nuevo paso. En realidad ya no estaba seguro de que avanzara, por lo demás hacia dónde, aquella superficie en la que se apretaba la multitud no tenía, o parecía no tener, una puerta, una ventana, un hueco, una claraboya, una salida, un túnel, por donde escapar. Sólo cuerpos comprimiéndose miserablemente y lo más sorprendente de todo, en silencio. Era para estar gritando pidiendo ayuda, pero no se escuchaba ni un mínimo sonido, ni una nota. Nada. Era el silencio físico, hiriendo los oídos.
Yo no tenía conciencia de por qué estaba allí ni cuándo había llegado, ni cómo había entrado. Mi memoria se reducía al instante en que no era más que una pieza, un cuerpo que se prensaba contra otros cuerpos dentro de aquella esfera imposible. Costaba trabajo despegar un brazo, arrancarlo de aquella compresión y estirarlo hacia arriba. Por una fracción de segundo, esa que liberaba el espacio que antes ocupaba el brazo, el cuerpo se expandía, apresurado por llenar el vacío, por propagarse y respirar. Pero era más ilusión que otra cosa, enseguida con el brazo aún en alto, la carne circundante como que explotaba y se fundía. El sudor era colectivo y se pasaba de un cuerpo a otro, para después caer y unirse al mar que empercudía los pies. Los dedos se movían entre aquella baba espesa a donde iba a parar el sudor. ¿Por qué todo el mundo estaba descalzo? ¿Había que dejar los zapatos antes de entrar? Pero, ¿dejarlos dónde? ¿Entrar a dónde? Yo no tengo idea de adónde habían ido a parar los míos. Lo obvio era que la capa de sudor tapaba los tobillos y seguía ascendiendo. Lo que yo me proponía en ese instante, mientras trataba de moverme contra la pared, era alcanzar la entrada de alguna de aquellas construcciones y subirme en un ascensor, elevarme todo lo más que pudiera, aunque, pensaba, si había posibilidades de escapar por arriba, por qué había tantas personas bajando, probablemente más que las que subían. Lo más prudente era mantenerse así, rozando la pared, aunque si pretendía llegar al centro, en algún momento debía apartarme y adentrarme en la muchedumbre.
No sé en qué momento me percaté de que no solo estaba descalzo sino también desnudo, al igual que todos lo demás. Una muchacha de ojos muy grandes me miraba. Quizás una zona que se apretaba contra mí por delante me resultaba extremadamente familiar. Moví, más bien retorcí, comprimí, el brazo que tenía apretado al cuerpo de modo que la mano palpara aquellas colinas que siempre me habían perturbado. Desde niño sentía fascinación por aquella parte de la anatomía humana. Más que por ninguna otra. Recuerdo que entonces el otro niño se acostaba, los dos estábamos desnudos, bocabajo y entreabría las piernas. Entonces yo reptaba sobre el piso de granito hasta que mi cabeza quedaba en aquel valle entre cálidas colinas. Era la entrada a un mundo que años más tarde se haría vital.
Estaba, estábamos, todos, ya lo dije, definitivamente desnudos, la muchedumbre desnuda, pero a nadie, yo incluido, parecía importarle en lo más mínimo, no solo importarle ni siquiera llamarle la atención, era otra cara de la normalidad. No quería ni preguntarme sobre dónde estaba mi ropa. Lo mismo que me había pasado con los zapatos, no tenía idea de cuándo me la había quitado, ni a dónde había ido a parar. Es más, ni siquiera tenía el recuerdo de que alguna vez había estado vestido. Varias mujeres alzaban a los niños por sobre sus cabezas como en una ofrenda a un dios inexistente, o tal vez solo para que pudieran respirar mejor, aunque lo más curioso de todo era que aquellos niños que pataleaban en el aire tampoco emitían ningún sonido. Estaba a punto de creer que aquella atmósfera donde nos hacinábamos era incapaz de transmitir sonido, así que para comprobarlo intenté gritar. Hale palabras del fondo de mi garganta, resbalaron sobre mi lengua y se atropellaron detrás de mis dientes, pero hasta ahí, ninguna logró escapar. Me imaginé que lo mismo le ocurría a los demás, de ahí el silencio. Obviamente, eso estaba fuera de toda lógica, no tenía ninguna explicación, tampoco la más mínima importancia, lo único realmente importante era encontrar la vía para salir de allí. Salir de aquí, esa es mi meta, me dije recordando algo que había leído alguna vez
No sé en qué momento me percaté de que parte de mi cuerpo se fundía con el material de la esfera. El hombro y el nacimiento del brazo como que se diluían, aunque esa no es la palabra correcta, quizás sería mejor decir que se integraban a la pared, se hacían pared, pero sin perder su condición de masa, piel, hueso y cartílagos. Es muy difícil de explicar, pero yo sentía que me adentraba en aquella superficie de plástico transparente de un color, ya lo dije, entre verde o azul claro, que hacía de muro de contención, pero sin perder mi individualidad humana. Yo tenía recuerdos, por lo tanto estaba vivo. Así que opté, tal vez sería la única forma legítima de escapar, pensé, por ir metiéndome dentro. Esa superficie, que se me antojaba de poco grosor, aunque por contener el mundo que contenía, por lógica, no debía serlo, era infinita. Enseguida vi otros muchos cuerpos que se movían, como nadando e intentando ascender. Eso mismo hice yo, cuando ya estaba completamente dentro, me impulsé y traté de trepar hacia la parte superior de la esfera, que era exactamente lo mismo que intentaba hacer cuando estaba en el exterior. Ese sería un movimiento oblicuo pero en sentido vertical, quiero decir, ascendente. También, se me ocurrió, podría intentar atravesarla horizontalmente, en algún momento tendría que tropezarme con la superficie externa de la esfera, la forzaría, lo contrario de lo que hice para entrar, y saldría, probablemente, aunque no supiera qué significaría esa acción, ni hacia dónde. Desde dentro no se percibía el monótono paisaje que veía desde el interior de la esfera donde la muchedumbre se apiñaba, pugnando por salir. Aquí esa gelatina, más bien cálida, especie de plasma primigenio, qué sé yo, te envolvía como una manta, como un abrigo, como una esperanza, y en cierto sentido también era dulce, como una caricia.
Frente a mí, en los cuerpos que regresaban de las profundidades, sobre todo en sus rostros, se adivinaba cierto desasosiego, de ahí que pensé que sería inútil intentar atravesarla y me mantuve en mi idea inicial de subir todo lo que pudiera. Desde adentro descubrí dos cosas, la primera que era imposible regresar, la masa gelatinosa se extendía en todas direcciones y no parecía tener fin. La segunda que dentro se respiraba sin la menor dificultad, yo diría incluso que mejor, y se veía bien. Así que empecé a trepar con más ímpetu, aquella sustancia hacía cierta resistencia, lo que facilitaba el apoyo, y yo ganaba espacio pero sin hacerme demasiadas preguntas. Sin embargo, no debía eludir lo básico, no ya cómo había penetrado en la esfera ni qué hacía allí, sino qué me esperaba al final del camino. Tampoco dejar de valorar lo que estaba ocurriendo aunque no fuera capaz de explicarlo. Aquella guata líquida envolvía mi cuerpo y como que lo impulsaba mientras lo desmenuzaba. Era una sensación muy extraña, pero no me producía angustia. En un principio, en los primeros instantes, había como chispazos, como si decenas de manos me tocaran y al producirse el contacto brotaban aquellos corrientazos. Yo temblaba aunque no era por temor, me sentía seguro dentro de aquella sustancia que me envolvía y me urgía a subir.
También me di cuenta de que me iba desintegrando, o dicho de otra manera, que me iba convirtiendo en parte esencial de mi entorno, que yo era mi entorno. Ahora apreciaba cómo mis mares interiores se iban anchando, y ya no eran venas, arterias o canales por donde fluía o transcurría mi esencia, sino yo entero sin perder mis fronteras, me expandía. Otros cuerpos surcaban el espacio, algunos pasaban a través de mí y seguían, pero no pocos se quedaban, enriqueciéndome. En realidad no sé si deba decir enriqueciéndome, pues no lo sentía así. Yo seguía siendo yo, solo yo, con mis intenciones, que no habían variado y que podrían resumirse en una inevitable acción, ascender hasta la cúspide, donde debía existir una abertura, algo, por donde tal vez podría escapar, salir de aquella tarea impuesta sabe Dios por quién, y que no me interesaba ni me incumbía. ¿Seguían siendo mis pensamientos los mismos? ¿Mis ideas? ¿Yo continuaba ahora, aparentemente descorporizado, siendo el mismo ser? La verdad es que no lo sé y que me importaba poco. Lo mío era ascender, subir hasta la cúspide y así lo iba consiguiendo. Era raro, sorprendente tal vez, pero no tenía ningún miedo, a pesar de lo insólita que era la situación en la que me encontraba. Arriba había una luz, una claridad hacia el centro que se me antojaba un boquete. Era excitante ver cómo mi cuerpo en expansión se había llenado de surcos por donde fluía mi mundo interior, mi pasado con sus pequeñas victorias y sus interminables caravanas de desastres. Algunos rostros que distinguía me eran familiares, a no pocos los había sentido como parte de mi vida, quizás familia, amigos, amantes, gente cercana. Pero no solo personas, también animales, arañas, moscas, ranas, lagartijas. Mis dos perras muertas, la negra y la carmelita y blanca, me rodeaban y lamían mi cara. Vi a mi gato, individual, distante, dándose su espacio. Yo intenté retenerlos pero no pude, se me deshicieron, y en ese momento me entró cierta desesperación. Tenía que llegar arriba, fuera lo que fuera, significara lo que significara, terminar con este deambular en esta especie de líquido amniótico o seminal.
Entonces vi que aquella tristeza que de pronto sentí, justo cuando afincaba mi pie en un saliente brumoso, a escasos metros del vórtice, era la ausencia de mi madre, y por encima y por dentro de aquel silencio inmutable, escuché su voz. ¿Qué tiempo hacía que no escuchaba la voz de mi madre? ¿Cómo era posible que entre tanto silencio su voz pudiera más? Su voz idéntica, reconocible, corriendo con los años. Sí, era ella, a pesar de que no podía distinguirla, sabía, sentía, que era ella. Y con ella llegó su olor, blando, ineludible, su cabellera que antes fue larga, y luego caoba transparente, halando, tirando de una sobrecama con aplicaciones blancas y en el centro una flor roja en su tallo con una hoja verde. Me aferro a ella, y ya arriba, vuelvo a ser un niño y mi madre me guía de la mano, estamos cerca de la fuente de bordes carnosos al pie de unos laureles. Le grito, y por primera vez me escucho, Mima, ¡píntame mi bigote con un corcho que va a empezar la fiesta! Y ella se ríe que era otra fiesta, qué grande era la risa de mi madre. Doy un salto, me afinco al saliente y levanto la cabeza, la vista, fuera del círculo, arriba de la esfera. Mi madre no me suelta y ya en lo alto bordeamos el abismo, que es como un pozo, un remolino, un torbellino, un tornado. Mira, me dice, sin dejar de sonreír, qué sonrisa más dulce tenía mi madre, ya llegamos, no fue en vano el esfuerzo, y canta para dormirme. Arroz con leche se quiere casar con una viudita de la capital. Yo la observo desde abajo y ella me acaricia el pelo mientras me duermo. Por cualquier camino se llega a la nostalgia, me asegura, y ya no sé si tiene razón, si la tenía, si valió la pena, en realidad, tanto esfuerzo. Desde arriba podía ver, el entramado de viejos edificios del otro lado de la pared de la esfera ahora desierto, ¿adónde había ido a parar aquella muchedumbre?, ¿cómo es posible que semejante multitud hubiese desaparecido? ¿o es que no estuvo nunca, que solo la imaginaba, que solo existía porque yo la pensaba? ¿o porque ella me pensaba a mí? Ahora mi madre canta sujetando los bordes de la saya y moviéndola al ritmo de olas que sólo ella ve. Solos ella y yo en la cima de la esfera que es como la del mundo. No sé qué va a pasar ahora, pero por ver a mi madre una vez más y oírla cantar, valió la pena haber vivido hasta aquí.
José Abreu Felippe. La Habana, Cuba. 1947. Poeta, narrador y dramaturgo. Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero (2000) y Premio Baco de Teatro (2012). Ha publicado, entre otros, cinco volúmenes de relatos, Cuentos mortales (2003), Yo no soy vegetariano (2006), Confrontaciones (2018), El camino de ayer (2019) y Treinta y dos historias (2021). Además, El olvido y la calma, una pentalogía formada por las novelas, Barrio Azul (2008), Sabanalamar (2002), Siempre la lluvia (1994), El instante (2011) y Dile adiós a la Virgen (2003). En unión de sus hermanos, los también escritores Nicolás y Juan, dio a conocer Habanera fue (1998), un homenaje a su madre fallecida en un accidente.

