Fragmento de la novela "El otro espía: La Habana 1942"

HUMBERTO LÓPEZ Y GUERRA

Capítulo 1

Hamburgo, Reeperbahn,

jueves 21 de agosto, noche

 Paul Kraus se sentó en silencio en el asiento trasero del BMW 326 que tenía asignado aquel jueves, estacionado desde temprano en la tarde frente al edificio de la policía en la Davidstrasse. 

El chófer, un hombre enjuto, de mandíbula prominente y cabello cortado al rape, vestido con el uniforme de campaña verde gris de las Waffen-SS, apagó rápidamente el cigarrillo turco que fumaba en el cenicero del salpicadero. Luego, saludó con un enfático «Heil Hitler» al recién llegado, quien, con indiferencia, respondió con un escueto «Heil».

—Al Salambo, Otto, pero déjenme antes en la esquina de Reeperbahn con Grosse Freiheit y aparque cerca… —espetó Kraus con su gutural acento sajón, mientras se quitaba el sombrero negro de ala ancha y lo agitaba, molesto, tratando de disipar el humo del cigarrillo. Al hacerlo, dejó al descubierto su cabeza casi calva, con mechones desordenados amontonados sobre sus prominentes orejas. 

—Jawohl Sturmbannführer! —respondió Otto poniendo en marcha la berlina oficial de color negro brillante.

Kraus bajó resolutamente la ventanilla para expulsar el resto del humo y el rancio olor a tabaco que los aletazos del sombrero no habían podido disipar del todo; contemplando indiferente algunas fulanas indolentes que no daban la talla para exhibirse semidesnudas detrás de los escaparates en la cercana Herbertstrasse, que en busca de clientes merodeaban impacientes la única calle de Sankt Pauli en la que a esas horas de la noche la policía consentía la prostitución.

El Sturmbannführer Kraus no debía tener más de cincuenta años. No era ni alto ni bajo, sino más bien algo orondo, con un rostro inexpresivo del que pendían unos diminutos ojos azules de mirada perspicaz detrás de unas gafas de miope, que se deslizaban tercamente por sus flácidas mejillas. 

Subió nuevamente el cristal de la ventanilla y dejó atrás a las prostitutas deambular a su suerte. Con pulcra satisfacción, se miró las manos femeninas, con uñas recién esmaltadas, que contrastaban con el resto de su imagen. Se acomodó con desaliño, abriéndose las solapas de la cazadora de cuero negro, entreviendo el elegante traje cruzado gris de raya con corbata beige y camisa blanca que solía vestir cuando andaba de civil.

Le echó una mirada sesgada al reloj de pulsera, donde el águila imperial y la esvástica estaban grabadas en el centro de las manecillas. Días antes, lo había recibido de manos del propio Reichsführer SS, Heinrich Himmler, en reconocimiento a su trabajo. 

Eran ya más de las diez de la noche. La cita con el excónsul de Honduras, Doktor Majín Herrera, en el Salambo, se había retrasado más de lo que él podía tolerar. 

Al doblar a la izquierda en el cruce con la Reeperbahn, se quitó las gafas y masajeó pensativo la prominente nariz.

Tanto el cuartel general de la Gestapo en la Stadthaus, como el Wehrkreis X (Distrito Militar X) y la estación del Abwehr (el servicio de inteligencia militar en Hamburgo), recibieron aquella tarde, desde la RSHA —la Oficina Central de Seguridad del Reich— en Berlín, la orden ejecutiva de enviar al agente A-3779 a La Habana con la mayor brevedad.

Durante toda la jornada, Kraus, incómodo por la demora, había intentado sin éxito localizar al Doktor Herrera. No fue hasta el final de la tarde cuando, desde la estación de policía de la Davidstrasse, logró finalmente establecer contacto telefónico con él. Allí había instalado su cuartel general temporal para mantenerse lo más cerca posible del Salambo, lugar habitual de sus encuentros furtivos con el excónsul. 

Disculpándose con sumisos titubeos, alegando que había estado en Bremen por asuntos personales imprevistos, Herrera convino en encontrarse «lo antes posible» con Kraus en el Salambo:

—Deme solamente dos horas, Herr Sturmbannführer —asegurándole con cierto tartamudeo que, por supuesto, llevaría los documentos requeridos.    

La berlina avanzaba lentamente por el Reeperbahn, donde el tránsito era escaso a esas horas de la noche. Kraus, intentando calmar su mal humor, observaba con desgano a los transeúntes y los anuncios de neón de los bares a lo largo de la avenida. De pronto, a lo lejos, escuchó un grupo de voces que cantaban desafinadamente: «Es gibt kein Bier auf Hawaii, es gibt kein Bier...». («No hay cerveza en Hawái, no hay cerveza...»). Se dio cuenta de que eran unos soldados de la Wehrmacht que, tambaleándose y apoyándose mutuamente para mantenerse en pie, salían a trompicones de un pequeño bar mientras vociferaban una animada canción de juerga. 

El Sturmbannführer Paul Kraus lanzó una mirada benevolente a la soldadesca ebria y dedujo que probablemente se trataba de la última noche libre de aquellos jóvenes, casi adolescentes, antes de partir hacia el Frente Oriental.

«Hay mucho en juego ahora que la Operación Barbarroja ha comenzado con tanto éxito», reflexionó mientras se colocaba nuevamente las gruesas gafas tras limpiarlas meticulosamente. 

Se refería a la invasión de la Alemania nazi a la Unión Soviética, iniciada el pasado 22 de junio, que en pocas semanas había causado innumerables bajas entre las desprevenidas y maltrechas fuerzas soviéticas, así como la pérdida de vastas extensiones de su territorio. 

Kraus era consciente de que era cuestión de poco tiempo: un par de meses quizá, antes de que los Estados Unidos se vieran obligados a entrar en la guerra contra el Eje Berlín-Roma-Tokio.   

Las dos mujeres desnudas se contoneaban provocativamente sobre la cama iluminada al ritmo de la empalagosa música de un gramófono. El resto del salón estaba sumido en la penumbra y solo algunos parroquianos sentados en pequeñas mesas, con gozo reprimido, disfrutaban del espectáculo.   

De repente, apareció un hombre desnudo con un enorme miembro, penetrando lujuriosamente por detrás a una de las jóvenes mientras la otra le lamía el sexo. Continuó moviendo los glúteos al compás de la música rasgueada que emergía de los viejos altavoces, colgados en la cornisa sobre la puerta de entrada, cuando la sucia cortina se descorrió dejando entrever la rechoncha figura del Sturmbannführer Kraus recortada a contraluz.

El Salambo era uno de esos clubes que ofrecían espectáculos de sexo en directo en la Grosse Freiheit, una calle centenaria donde se encontraban tanto el Hotel Luxor, el burdel más antiguo de Hamburgo, como la iglesia católica de San José y Santa Theresien, la primera iglesia católica del norte de Europa. 

En el siglo XVII, la calle recibió el nombre de Grosse Freiheit, Gran Libertad, al ser el único lugar en la luterana Altona donde se permitía a los católicos practicar su fe. Sin embargo, para el doctor Majín Herrera, la historia de Grosse Freiheit era completamente desconocida, e incluso irrelevante. Prefería reunirse con sus clientes en el Salambo, no por algún interés histórico, sino porque quedaba cerca de la iglesia que visitaba con frecuencia, dado su fervor declarado como devoto católico. Al menos, eso era lo que solía afirmar cada vez que se encontraba con algún conocido en la llamada «milla del pecado», como popularmente se conocía al barrio de Sankt Pauli.

El calor de los reflectores, el denso humo del tabaco y el tufo a sudor y cerveza enrarecían el aire, haciéndolo por momentos irrespirable, mientras en el redondo escenario de estilo teatro arena el forzudo continuaba sodomizando a la chica para deleite del público.

El oficial de la Gestapo se quitó la capa de trinchera de cuero y se la colgó del brazo. Había dejado el sombrero negro de ala ancha en el coche, al cuidado de Otto. Una vez que localizó al doctor Herrera, sentado en una oscura esquina, se dirigió hacia él con paso resuelto. 

—Guten Abend Herr Sturmbannführer —saludó Herrera a Kraus que se sentó a su lado sin decir palabra, sin apenas mirarle, marcando superioridad.  

El doctor Herrera era magro y pequeño, nervioso como un ratón, de piel cetrina con un pequeño bigote en el anguloso semblante. El poco pelo que le quedaba estaba teñido de negro, al igual que el bigotico y las cejas, con sus pequeños ojos rojizos de mirada vulnerable detrás de unas gafas de montura al aire que le daban el aspecto de persona distinguida venida a menos.

Una voluptuosa y pálida camarera, de largo pelo ambarino y uñas corvas rojas, como zarpas, apareció en medio de la oscuridad. 

—Was will der Herr trinken?

—Tráigame una Weizenbier Krombacher.

—¿Y para el Doktor? 

—Lo mismo que la otra vez, Doris: pilsner a presión y aquavit Bommerlunder ––respondió Herrera como disculpándose y frunció las pobladas cejas que se movieron inquietas en el huesudo rostro detrás de las gafas cuando la camarera se alejó y en el redondo escenario la función teatral del ménage à trois llegaba a su fin con indiferentes aplausos.  

—Disculpe los contratiempos que haya sufrido usted hoy por mi culpa, Herr Sturmbannführer. Pero me vi obligado a ausentarme de Hamburgo por unas horas: asuntos personales… me temo ––Herrera excusándose detrás de una postiza sonrisa.

Kraus no respondió y juntó las yemas de los dedos bajo la barbilla en actitud expectante.

—¿Trajo el pasaporte?

—Por supuesto, Herr Sturmbannführer —respondió el Doktor Majín Herrera mientras sacaba del bolsillo interno de su chaqueta un sobre marrón que colocó sobre la mesa. 

Kraus apoyó su mano femenina sobre el sobre, esperando pacientemente a que la camarera, que acababa de reaparecer, dejara las cervezas y el Bommerlunder antes de desaparecer nuevamente.

Ambos hombres brindaron en silencio. Kraus bebió un sorbo de cerveza y Herrera tomó de un solo trago el aquavit que carraspeó con cerveza.  

Kraus abrió el sobre con parsimonia y extrajo un pasaporte hondureño a nombre de Enrique Augusto Luni, de 29 años, comerciante y natural de Utila, Honduras. Se ajustó las gruesas gafas en la frente y, con sus pequeños ojos azules, examinó minuciosamente el documento. Luego, sacó otro sobre de su chaqueta, que colocó del mismo modo sobre la mesa. Herrera lo tomó con discreción y lo examinó con codicia apenas contenida.

—Son cinco mil Reichsmark, tal y como hemos acordado… —Kraus siguió examinando el documento bebiendo otro sorbo de cerveza—. Según puedo ver es el pasaporte número treinta y dos, expedido por el Consulado de Honduras en Hamburgo y fechado el 13 de junio de 1941… Sehr gut Herr Doktor --agregó Kraus satisfecho.

Herrera se enjugó la cerveza del bigotico dando las gracias con modestia.

Se hizo silencio, como si no hubiera más nada que decir.

El excónsul de Honduras se mesó inquieto los pocos cabellos que le quedaban tratando de formular una pregunta, pero Kraus, ignorándolo, apuró la cerveza y se levantó sin despedirse, desapareciendo en la oscuridad, tal como había llegado. 

El Doktor Herrera soltó un eructo y, con nerviosismo, palpó a través de la chaqueta el sobre con los marcos. La repentina retirada del Sturmbannführer no le había dado tiempo para decidir si debía confesarle a Kraus que había reconocido al hombre de la fotografía del pasaporte. Sabía perfectamente que se trataba de Heinz August Lüning, el mismo hombre que, meses atrás, lo había contactado a través de una amiga en común, la guatemalteca Lola Ardala de Tajar. Lüning le había pedido tres pasaportes hondureños falsos: uno para él, otro para su esposa y otro para su pequeño hijo. Sin embargo, el encargo nunca llegó a concretarse, ya que Lüning no logró reunir los 10.000 Reichsmark que Herrera le había exigido.

Aquella maldita sensación que le había acompañado los últimos días volvió a apoderarse de él. «Quizá había sido mejor que Kraus se marchara sin revelarle lo sucedido con Lüning», susurró, sopesando los pros y los contras de contarle o no la historia a Kraus. «En fin, ¿qué gano diciéndole al Sturmbannführer que Lüning, o como se hace llamar ahora, Luni, trató de huir de Alemania con su familia con pasaportes hondureños falsificados?» Posó la mirada en el escenario vacío con la cama revuelta en el centro. «Quizá lo mejor sea guardar silencio. No meterse en problemas...» Herrera acabó la cerveza y quedó absorto, dejando vagar sus pensamientos con indecisión. Al fin y al cabo, ya no era el cónsul de Honduras en Hamburgo ni en ninguna parte, por lo que ya no tenía inmunidad diplomática, aunque aún poseía algunos pasaportes que seguía vendiendo ilegalmente, principalmente a la Gestapo, reuniendo todo el dinero posible para largarse a Madrid lo antes posible. Kraus le había prometido ayudarle a cambiar sus Reichsmarken en dólares —algo que no era fácil en aquella época—, si él seguía suministrándole a la Gestapo pasaportes hondureños falsos. «En fin —se trataba de convencer—, si Lüning había encontrado con la ayuda de la Gestapo una vía más segura y barata para salir de Alemania, dejando a su mujer e hijo en Hamburgo, era asunto suyo...» Según Lola Ardala de Tajar, viuda de un comerciante alemán que, además de ser desde hacía años la maestra de español de Heinz August, era amiga de la familia Lüning, lo que él pretendía simplemente era huir de Alemania para no ser enviado al frente de batalla. «¿Quizá la Gestapo tenía ahora otros planes para Lüning? —gruñó—. ¿Pero y si Kraus ya sabía que Lüning le había contactado anteriormente para comprarle tres pasaportes falsos? ¿Y si solo había sido una prueba por su parte para saber si estaba dispuesto a vender pasaportes falsos no solo a la Gestapo, sino también a desafectos y supuestos enemigos del Tercer Reich?»  

Herrera pidió otra cerveza y otro aquavit a la voluptuosa camarera. 

Capítulo 2

Academia de la Abwehr, Hamburgo,

viernes 22 de agosto

Heinz August Lüning tocó suavemente con los nudillos a la puerta. 

—Bitte, kommen Sie rein, entre, por favor —respondió con autoridad Alfred Hartmann desde su escritorio—. Cierre la puerta, por favor, Herr Lumann —añadió el Betreuer, supervisor y mentor de Lüning en la Academia de la Abwehr, mientras señalaba con un gesto de corte militar, el asiento frente al escritorio. 

Al inicio de su adiestramiento como espía, Lüning había recibido el nombre en clave «Lumann» para proteger la identidad del agente secreto A–3779 durante su estadía en la Academia. Todos los espías entrenados en la Klopstockstraße usaban nombres en clave, y estos, al igual que el verdadero apellido de Lüning, carecían de conexión entre sí. Quizá la única similitud estaba en un parentesco fonético con Enrique Augusto Luni, el joven comerciante al que pertenecía el pasaporte hondureño que en breve desembarcaría en La Habana. 

La oficina estaba impregnada de un penetrante olor a tabaco rancio. En el cenicero de cristal de Bohemia, sobre el escritorio, aún humeaba la colilla de un cigarrillo recién apagado. A una distancia prudente de la mano de Alfred Hartmann descansaban, inseparables, la clásica cajetilla azul de John Player Navy Cut y un encendedor Zippo.

Hartmann, que se había ocupado del reclutamiento y entrenamiento de Lüning, acogiéndolo bajo su protección, extrajo de una de las gavetas del escritorio una carpeta con la palabra GEHEIM, secreto, en la cubierta y la abrió sin dejar de mirarle. 

—Y… ¿cómo va el entrenamiento, Herr Lumann?

—Espero que bien, Herr Hartmann… —supuso Lüning con una leve sonrisa, eludiendo la mirada severa de su Betreuer que asintió complacido ojeando el informe secreto sobre el espía.     

Alfred Hartmann —que también era un seudónimo— ocupaba oficialmente el cargo de director de la Oficina de Propaganda e Información del Abwehr en Hamburgo, aunque no llevaba grados ni título delante del nombre y solo se le conocía como Herr Hartmann. Hablaba con el fresco tonillo berlinés, mientras que Lüning lo hacía con su cantarín Plattdeutsch, el bajo alemán, dialecto del norte.

Hartmann era un hombre ágil y cimbreño, de unos cuarenta años. Tenía un rostro agradable, pelo rojizo y unos ávidos ojos azules que lo registraban todo. Nunca vestía uniforme y siempre iba de civil —aquel día llevaba un traje gris oscuro cruzado, camisa azul pálido y pajarita blanca con puntos rojos—. Sus gestos y su postura desvelaban que era todo un militar prusiano, de pies a cabeza. Como muchos militares de carrera, Hartmann no era miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán ni simpatizaba con Hitler.  

—Ausgezeichnet! ¡Excelente! —explicó, dirigiéndose a Lumann—. Tenemos que ir preparándonos... Nos quedan solamente unos pocos días —dijo, colocándose con gesto seguro el monóculo en el ojo derecho y sacando del otro cajón el pasaporte hondureño a nombre de Enrique Augusto Luni que el SS-Sturmbannführer Paul Kraus le enviara horas antes a la Klopstockstrasse con Otto, entregándoselo con una sonrisa de satisfacción.

Lüning examinó el pasaporte con contenida curiosidad.

—¿Enrique Augusto Luni? —preguntó más bien para sí mismo.

Hartmann asintió y juntando las yemas de los dedos agregó:

—Evidentemente, es una traducción de su nombre… 

—¿No se le ofrece a usted como demasiado fácil para ser el alias de un agente secreto, Herr Hartmann? —preguntó Lüning con cuidado.  

—Es posible, Herr Lumann, es posible... Pero, teniendo en cuenta que usted no es, digamos, un espía profesional y que su entrenamiento de seis semanas es, ¿cómo decir?, más bien expeditivo... quizá sea esa la razón por la cual se le asignó un nombre de cobertura que usted pudiera recordar fácilmente —añadió Hartmann disculpándose falsamente. En realidad, a él tampoco le agradaba que el SS-Sturmbannführer Paul Kraus se hubiera involucrado en conseguir un pasaporte falso para su agente con ese apellido: Luni, que se parecía tanto al verdadero apellido de Lüning.

—¿Luni? No es precisamente la traducción de mi apellido, ni por asomo —alegó Lüning con perplejidad.

—Cierto, pero a veces hay que improvisar —admitió Hartmann lacónicamente—. Bueno, de todas formas, ya tiene usted su pasaporte. Ahora faltan las visas… pero eso viene después… ––hizo una estudiada pausa y antes de proseguir carraspeo––: Primero quiero hablarle sobre cómo hemos planeado su viaje a La Habana…

Lüning quedó en actitud expectante para que Hartmann continuara, pero el agente del Abwehr se tomó su tiempo:

—Usted va a realizar el viaje de Europa a La Habana utilizando la empresa de viajes británica Thomas Cook desde Lisboa. Primero viajará de Portugal a Buenos Aires y, desde Argentina, a La Habana. 

—Será un largo viaje… —fue lo único que se le ocurrió decir a Lüning dubitativo, como en un murmullo.

—Sí, pero, además de encubrir cualquier relación con Alemania, al viajar a Cuba a través de Buenos Aires se encontrará en la capital argentina con algunos miembros de nuestra red de espionaje en Sudamérica, con los que permanecerá en contacto por radio desde La Habana.

Heinz August Lüning asintió ligeramente mientras Hartmann abría otra carpeta y sacaba unos papeles que leyó lentamente antes de continuar:

—Usted ha sido entrenado en trasmisión y recepción en código Morse de mensajes vía radio y, además, ha aprendido a escribir y mezclar tinta invisible… ¿No es cierto?

Lüning asintió nuevamente, inclinando ligeramente la cabeza, como para escuchar mejor lo que su Betreuer le decía. 

—Además de enviar cables con mensajes abiertos codificados a una dirección en Santiago de Chile, deberá remitir cartas a España y Portugal con texto subrepticio escrito con tinta invisible. También se comunicará por radio con nuestra estación en Argentina, donde mantendrá contacto constante con nosotros. Sus mensajes serán reenviados desde Sudamérica hacia el norte de Europa. Sus letras de llamada serán 136-VVV y 246-VVV en la banda de 26,9 metros. El Abwehr establecerá contacto con usted desde Sudamérica a las 18:00, hora local de La Habana, durante diez minutos, en la banda de 27,2 y 27,3 metros. Más adelante, se le proporcionarán las frecuencias específicas que deberá utilizar. Todo ello se le notificará a su debido tiempo.

En su informe al comité de selección de espías del Abwehr, Hartmann destacó como cualidades clave para la posible elección de Lüning su apariencia física, que podía ser percibida como la de un latino o un judío, distanciándose de la imagen típica de un alemán. Además, subrayó un factor decisivo: su dominio del español. A pesar de que ciertos aspectos jugaban en su contra, como su carácter frívolo e inconstante, estas razones fueron determinantes para su selección.

A sus casi treinta años, Heinz August Lüning era un hombre reservado, de mirada aguileña y con un ligero exceso de peso, aunque sin llegar a ser barrigudo. De estatura alta, rostro redondeado, cejas pobladas y cabello castaño oscuro, lucía un peinado impecable, con una raya al medio que parecía surgir con exuberancia desde su frente. Un bigote al estilo de Errol Flynn acentuaba su aspecto latino, heredado de su difunta madre italiana, en contraste con sus raíces germanas, marcadas por su padre, quien se había suicidado años atrás bajo circunstancias algo dudosas.

—Tengo entendido que el aprendizaje de la transmisión y recepción de mensajes secretos por radio se llevó a cabo con éxito entre las estaciones de Bremen y Hamburg-Wohldorf, así como con la estación de Halle —dijo Hartmann, mirándole de hito en hito—. Asimismo, tengo entendido que usted ha completado un curso para construir un transmisor de radio utilizando piezas al alcance de cualquier persona y que ha recibido entrenamiento en el manejo de microfilme...

—Jawohl Herr Hartmann! Ha sido un entrenamiento completo, a pesar de no haber contado con mucho tiempo, debo decir… Un curso en el cual he aprendido también a evitar ser perseguido en la calle y hasta como encontrar a chicas y beber con ellas…

—¡Wunderbar, Herr Lumann! —exclamó Hartmann con satisfacción mientras le ofrecía un cigarrillo John Player, que Lüning rechazó con una sonrisa agradecida—. Su misión será informar al Abwehr de todo lo que ocurra en los puertos cubanos, especialmente en el de La Habana. Preste especial atención a los barcos que carguen azúcar y su destino.

Hartmann encendió un nuevo cigarrillo, inhaló profundamente, hizo un clic ostentoso con el encendedor y añadió:

—Espero que no tenga problemas para obtener información. Recuerde que no puede relacionarse con personas que simpatizan con nosotros, aunque sería ventajoso que lograra establecer contactos con europeos contrarios al Eje.

Dio otra calada al cigarrillo inglés y, mientras se recolocaba el monóculo, miró a Lüning con fingida preocupación por encima del hombro.

—Es posible que algunos duden de que usted sea un hondureño legítimo —prosiguió, dejando escapar una ligera sonrisa ladina—. Por eso hemos preparado una leyenda específicamente para usted, Herr Lumann. Es una historia espuria que deberá desarrollar con elementos reales y ficticios, incluso después de su llegada a Cuba.

Apagó el cigarrillo, hizo una breve pausa reflexiva y continuó:

—En nuestro próximo encuentro, que será mañana, hablaremos más sobre su misión en Cuba. Sin embargo, puedo adelantarle algo para que lo piense: si alguien descubre que no es un hondureño nativo, deberá decir que es judío, con pasaporte falso hondureño, y que huyó de Holanda tras el bombardeo nazi a Róterdam. En Cuba y Estados Unidos, así como en muchos países de Latinoamérica, hay numerosos refugiados que han escapado de Europa con pasaportes falsos, incluidos muchos judíos. Esto no debería causarle problemas, quizá incluso todo lo contrario. ¿Entendido, Lumann?

Lumann frunció el ceño y asintió mientras observaba el pasaporte que aún sostenía entre sus manos.

—Pero yo no sé nada de judaísmo, Herr Hartmann. Si me encuentro con un judío, sabrá de inmediato que estoy mintiendo.

—Entonces evite encontrarse con judíos, Herr Lumann —respondió el oficial de la Abwehr, encogiéndose de hombros antes de cambiar de tema—. En el diario, que le ayudaremos a redactar, relatará su salida de Róterdam… y todo lo demás… —se humedeció los labios—. Tendrá que continuar escribiendo sobre su huida de Róterdam, su estadía en Hamburgo, escondido en la Maria-Louisen Strasse 61, en Winterhude, hasta que logró escapar a Cuba con la ayuda del excónsul de Honduras en Hamburgo, Doktor Majín Herrera. Según la historia, le pagó una jugosa suma de dinero gracias a la venta de las joyas de su difunta madre: lo último de valor que poseía.

La historia, es decir, la leyenda, ya está escrita. Usted solo tiene que transcribirla de su puño y letra. Como le decía, continuará escribiendo en el diario sobre su viaje y su llegada a La Habana…

—¿En qué idioma debo escribir, Herr Hartmann?

—Lo hemos redactado en inglés. Como se supone que usted es judío, siempre puede alegar que no habla bien el holandés y por ello escribe en inglés... ¿Cree que domina suficiente inglés como para continuar escribiendo el diario en ese idioma?

Heinz August Lüning quedó estupefacto, aunque trató de disimularlo lo mejor posible. Apenas dominaba ese idioma, limitándose a hablar un poco y a escribir frases sencillas. Emprender la tarea de continuar con ese diario en inglés era, cuanto menos, un plan osado y condenado al fracaso. Sin embargo, no podía admitir en ese momento que su conocimiento del inglés era demasiado limitado para escribir el dichoso diario por sí mismo, ya que hacerlo pondría en riesgo tanto su viaje a Cuba como su propio futuro. Encontraría, más adelante, la forma de resolver ese problema...

––Si…, efectivamente, español, inglés, italiano y algo de portugués… ––declamó con forzado tono.   

—¡Perfecto! Pero de todo eso vamos a hablar en extenso mañana... Por cierto, como recordatorio, nuestro encuentro será precisamente en el número 61 de la calle Maria-Louisen Strasse, para que se vaya familiarizando con el lugar donde se escondió en Hamburgo... Forma parte de su entrenamiento.    

Hartmann hace una nueva y estudiada pausa. Lüning, con mirada obsecuente, trata de encubrir su sorpresa ante lo que su Betreuer acaba de revelarle.    

Hartmann levantó la vista y la situó en un punto distante, como pensando.

—Una vez en La Habana, deberá comunicarse con la estación de la Abwehr en Argentina utilizando esa radio que usted mismo ha construido. Cuando llegue a Buenos Aires, como le mencioné, recibirá más información. Además, siempre podrá comunicarse con nosotros directamente desde La Habana mediante cartas y tarjetas postales, en las que escribirá mensajes secretos con tinta invisible, habilidad que ya ha aprendido a usar —Lüning asintió nuevamente con aprobación—. Antes de su partida, le proporcionaremos una lista de direcciones a las que podrá enviar sus cartas a España y Portugal. Bien, eso es todo por ahora, Herr Lumann. ¿Entendido?

—¡Haré lo que se tercie Herr Hartmann!

—Hoy es viernes. Por lo tanto, tómese el resto del día libre para visitar a su familia y despedirse. Recoja un Opel en la oficina de abastecimiento y logística. Será su última oportunidad de estar con los suyos, ya que, a partir de mañana sábado, estará a nuestra disposición para preparar su viaje. Si se encuentra con Herr Koelln, dele mis saludos, y, por supuesto, también a su tío. Mañana, a las diez en punto, le espero en Maria-Louisen Strasse 61, en Winterhude, distrito de Hamburg-Nord. Toque la puerta de entrada y alguien le abrirá. Indíquele que se dirige al apartamento de Herr Bohn, en el cuarto piso. Es una buhardilla. ¿Entendido? —Heinz August Lüning asintió con prudencia, devolviendo el pasaporte hondureño a su Betreuer. Luego, levantando el brazo derecho, imitó un débil saludo nazi que Hartmann ignoró.

––Auf Wiedersehen Herr Lumann! —Hartmann lacónicamente volviendo a sus papeles. 

 Rápidamente, Lüning se dirigió a la oficina de abastecimiento y logística del primer piso para recoger las llaves del Opel, mientras recordaba la dirección del lugar donde se encontraría con Hartmann al día siguiente. 

Finalmente, había llegado el momento que había estado esperando para dejar Alemania. Sintió una alegría incontrolada, pero también un profundo temor que le hizo flaquear al salir por la entrada principal del edificio de ladrillos terracota de la escuela de espías de la Abwehr para recoger el coche que estaba aparcado a pocos metros en la Klopstockstrasse.

Hartmann encendió y apagó varias veces el Zippo, disfrutando del típico clic del encendedor, y se colocó distraídamente otro Player en los labios. Iba a encenderlo cuando el timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos. 

—¿Ja, Hartmann? —dijo, quitándose el cigarrillo de la boca.

Del otro lado de la línea se escuchó la voz nasal con dejo sajón del Sturmbannführer Paul Kraus:  

—Se trata de Lumann, Herr Hartmann. Han aparecido nuevos detalles sobre él que debemos discutir inmediatamente.

Hartmann se quedó sin saber qué decir.

—Estoy en mi oficina. Puede acercarse cuando guste, Sturmbannführer.

—Pues bien, ya estoy en camino...

Capítulo 3

Alte Landstrasse 62, Hamburgo,

viernes 22 de agosto

Aquella noche, la cena fría, Abendbrot, se sirvió en el comedor de oscuros paneles de madera de la mansión de los Lüning de la Alte Landstrasse 62 en el exclusivo barrio de Altona.

La variedad de embutidos, salchichas, ensaladas de patata, arenque ahumado, pepinillos, té y otros víveres había ido mermando a medida que el Führer extendía su guerra por toda Europa. Sin embargo, aquella noche, Olga Sophie Bartholomae Lüning —madrastra y suegra de Heinz August Lüning— ordenó que se dispusiera sobre la mesa lo mejor que había en la despensa, con cubiertos de plata y vajilla de Maguncia, para celebrar la despedida de Heinz rumbo a Madrid. Sentado junto a Helga —su esposa y hermanastra— observaba absorto a Olga Sophie, quien, junto a su nieto, el pequeño Adolf, desde el otro extremo de la mesa, le sonreía enigmáticamente, como si con aquella sonrisa tratara de saldar una larga y tediosa espera. A la vez, su marido, Gustav Adolf Lüning —tío de Heinz y padrastro de Helga— sentado en la cabecera de la mesa, observaba parsimonioso a los comensales con expresión patriarcal.

Onkel Gustav —como era llamado en el círculo familiar— alzó solemnemente la copa de Riesling.

—Por Heinz y su nuevo trabajo de interprete en la Embajada de Alemania en Madrid. Prost!   

Todos alzaron sus copas y brindaron en silencio.

—Deberíamos brindar también por el tío August, que, gracias a las gestiones de nuestro amigo, Doktor Koelln, fue liberado ayer después de haber sido detenido por la Gestapo nuevamente —añadió Gustav con alivio.      

—Prost por el tío August y también por Doktor Koelln, que tanto nos ha ayudado y que ha conseguido para mí este trabajo de intérprete en el servicio diplomático —mintió Heinz August, tal y como Herr Hartman le había ordenado. 

Alzó su copa y, acompañado del resto de la familia, bebió del vino con frugalidad.

El tío August, hermano menor del difunto Stephan —padre de Heinz— y de Onkel Gustav, era un reconocido antinazi que había estado preso en dos ocasiones. Gracias a las gestiones de Hans Joachim Koelln, abogado y amigo de Gustav Lüning, fue puesto en libertad nuevamente. El mismo Doktor Koelln que, semanas atrás, se puso en contacto con el agente del Abwehr Alfred Hartmann, a petición del tío Gustav, para gestionar el reclutamiento de Heinz en el servicio de inteligencia militar alemán y evitar así su inminente incorporación al servicio militar obligatorio.

Desde que Alemania entró en guerra a finales de 1939, Heinz August había fracasado en sus intentos por eludir el servicio militar, alegando primero, sin éxito, la nacionalidad italiana de su madre y, más tarde, su residencia en la República Dominicana, donde había vivido en dos ocasiones trabajando para la Dominican Tobacco Company, la empresa de exportación de tabaco de su difunto padre y de su tío Gustav.

Agotadas todas las posibilidades de evitar ser enviado al frente de batalla, Heinz August centró sus esfuerzos en abandonar Alemania legalmente junto a Helga y el pequeño Adolf, con el objetivo de regresar a la República Dominicana. Sin embargo, las autoridades alemanas denegaron su solicitud, a pesar de que Helga, al igual que su madre, Olga Sophie, tenía tanto la ciudadanía alemana como la estadounidense por haber nacido en Estados Unidos dentro de una adinerada familia alemana, los Bartholomae, radicados en Winnetka, Illinois. No obstante, al residir tanto Olga Sophie como su hija Helga en territorio alemán, las autoridades del Tercer Reich las consideraban ciudadanas alemanas, y, por lo tanto, estaban obligadas a cumplir las leyes del régimen.

La negativa de las autoridades anuló la única posibilidad que tenían Heinz y Helga de abandonar Alemania por la vía legal.

Desesperado y sin saber qué hacer, Heinz August le confesó su frustración a Lola Ardala de Tejar. Así fue como la guatemalteca le presentó a Heinz August al doctor Majín Herrera, excónsul de Honduras en Hamburgo que vendía pasaportes hondureños de forma ilegal. 

Sin embargo, el tío Gustav, inducido por su esposa Olga Sophie —que temía que su hija, su nieto y su hijastro fueran a terminar presos en los calabozos de la Gestapo por tratar de huir ilegalmente de Alemania—, se negó a proporcionarle a Heinz los 10 000 Reichsmark que Herrera exigía a cambio de los pasaportes.

Cerrada también esa otra puerta, Lola Ardala le propuso al exasperado Heinz August que tratara de alistarse en el Abwehr, ora por hablar español, algo de inglés, portugués e italiano, ora por tener experiencia de haber vivido fuera de Alemania, lo que según la guatemalteca, eran cualidades que muy bien podrían ser utilizadas por el servicio de inteligencia alemán en alguna misión en el extranjero, lo que de todas formas –agregó con prudencia– era preferible a ser enviado al Frente Oriental en la profunda Unión Soviética.

A Heinz August le pareció una idea interesante y se la expuso a su tío, quien, al tratarse de algo oficial como el Abwehr, y al no verse involucrados Mammy y Hunky —como cariñosamente llamaban en familia a Helga y al pequeño Adolf—, accedió de buena gana a hablar con su amigo, el conocido abogado Hans Joachim Koelln, quien tenía buenos contactos con el Abwehr, para que intercediera a favor de Heinz August en un eventual enrolamiento en los servicios de inteligencia.

Un mes después de que el abogado Koelln se pusiera en contacto con el Abwehr, un tal Herr Alfred Hartmann —quien se presentó como jefe de la Oficina de Propaganda e Información de la Abwehr en Hamburgo— visitó una mañana a Heinz August en las oficinas de la B. Schönefeld, la empresa de Onkel Gustav en la que trabajaba desde su regreso de la República Dominicana en 1937, y se iniciaron de inmediato los trámites para su reclutamiento en el servicio de espionaje del ejército alemán, la Wehrmacht.

Aquella noche, Tante Olga Sophie estaba especialmente contenta, ya que su yerno e hijo adoptivo finalmente se marchaba al extranjero y no sería enviado al frente, dejando a su hija y nieto en Hamburgo, que era lo que ella había pretendido desde el principio.

Solamente Onkel Gustav sabía que Heinz August había sido enrolado como espía de la Abwehr, aunque desconocía cuál sería su destino y misión. Lo único que Gustav sabía era que Heinz August no sería enviado a la Embajada del Tercer Reich en Madrid ni que trabajaría como intérprete. 

El fuego chisporroteaba y Heinz August Lüning, sentado en el sillón de cuero marrón frente a la chimenea, contemplaba absorto cómo las llamas proyectaban lúgubres sombras sobre las paredes del salón. Frente a él, en la otra poltrona, Onkel Gustav fumaba impasible uno de sus puros dominicanos «La Aurora», que con esmero conservaba en su humidor de cedro español, que había importado con su difunto hermano Stephan y que la guerra había convertido en otro codiciado producto de bolsa negra.

Después de cenar, Olga Sophie se retiró a su dormitorio para aliviar una nueva migraña con barbitúricos. Mientras tanto, Mammy comenzó a preparar la maleta de Heinz August en el salón contiguo de gruesas alfombras. Hunky, por su parte, se refugió en aquel sofá danés donde, en tantas ocasiones, sus lujuriosos progenitores habían hecho el amor desenfrenadamente. Sentado en silencio entre los mullidos cojines, comenzó a dibujar en su inseparable cuaderno lo que parecía un avión, o quizá una cruz negra con hélice y esvásticas en las alas.

Heinz August Lüning se sirvió un generoso vaso de Barceló, un ron que había traído de su último viaje a la República Dominicana, convencido de que se convertiría en otro excelente producto caribeño de importación, antes de que aquella maldita guerra acabara con sus sueños y con la B. Schönefeld al borde de la ruina.

Degustó el ron, dulce y picante, y, como solía hacer últimamente, volvió a evocar los felices meses de principios de 1936 en Nueva York. Mammy, recién embarazada, y él se habían mudado al mundano y espacioso apartamento de Philip Henry Bartholomae, el tío materno de Mammy. Escritor de musicales y comedias de Broadway venido a menos, Philip, homosexual por antonomasia y libre de prejuicios burgueses, los recibió con los brazos abiertos y una generosidad desbordante.

Para evitar la vergüenza de que Helga diera a luz en Hamburgo a un hijo ilegítimo de su hermanastro, Onkel Gustav y Tante Olga Sophie enviaron a la joven pareja a Nueva York, con el propósito de que contrajeran matrimonio en esa ciudad antes del nacimiento de la criatura. De este modo, buscaban alejarla de los rumores desatados por el escándalo familiar y reparar, en la medida de lo posible, la deshonra de los Bartholomae-Lüning.

Dolly –como era conocido Philip Henry Bartholomae– mostró con generosidad a la joven pareja el Nueva York que tanto adoraba: su inolvidable Broadway; los clubes nocturnos de jazz, como el Minton’s Playhouse en Harlem, donde solían ir de vez en cuando para escuchar a Charlie Parker o Dizzy Gillespie durante sus jam sessions al ritmo de bebop, que tanto fascinaban a Heinz August; y los restaurantes favoritos de Dolly, como el Gage & Tollner, donde solía encontrarse con sus amistades de la farándula neoyorquina, entre ellos Fred Astaire, Douglas Fairbanks Jr. y otros artistas del Broadway de su época, con quienes Dolly mantenía contacto a pesar de que su buena estrella había decaído desde finales de los años veinte. Siempre dispuesto a rememorar con sus viejos amigos los éxitos pasados, en especial Barnum Was Right, aquella comedia que se estrenó con éxito en Broadway una década antes y de la que incluso se llegó a filmar una película en 1929, protagonizada por Glenn Tryon y Merna Kennedy. También los llevó al Peter Luger, en el 178 de Broadway, con sus famosos asados y hamburguesas que Mammy recordaba de sus épocas pasadas en Manhattan, y a la taberna irlandesa The Landmark Tavern, en la 11.ª Avenida, en el portuario barrio del Hudson, con su prodigiosa barra de madera de teca labrada, donde Heinz August a menudo bebía más cerveza de la que sus piernas podían soportar.

Una leve y triste sonrisa asomó a sus labios secos. Tomó otro sorbo de ron y volvió a cerrar los ojos para sumergirse de nuevo en el recuerdo:   

Lo que comenzó siendo un penoso accidente —como Tante Olga Sophie solía lamentar—, tras el nacimiento de Hunky se transformó en una «relación estable de pareja», aceptada por casi todos.

Heinz August podía seguir jurando con la mano sobre el pecho —aunque seguía siendo un mujeriego empedernido— que daba gracias a Dios por haberse casado con aquella bella y fantástica mujer, madre de su pequeño Hunky. 

Helga Barbara Magdenburg —su nombre de soltera antes de convertirse en Helga Barbara Bartholomae Lüning— también daba gracias a Dios por haberse casado con Heinz August, ya que así logró deshacerse del apellido Magdenburg de su padre, el primer marido de Olga Sophie que la abandonó el mismo día en que Helga cumplió 18 años, y del que nunca más se supo. 

Heinz August volvió a servirse más ron ante la mirada suspicaz de Onkel Gustav, que exhaló una bocanada envuelta en un comentario que prefirió ignorar para sumirse de nuevo en sus recuerdos cuando la bella hermanastra llegara con su madre a la Alte Landstrasse 62 y a su vida...  

El brusco cambio al llegar de Nueva York a Hamburgo sumió a Helga en una profunda depresión que solo logró superar gracias a la grata compañía de su hermanastro: el joven y apuesto Heinz August, que aún no sabía muy bien lo que quería ser o hacer en su acomodada vida, sin haber terminado el bachillerato, sin carrera u oficio, y dependiendo económicamente de su generoso tío y padre adoptivo y de la pequeña herencia que su padre le había dejado. 

Mammy, como también comenzó a llamarla comenzó a darle clases elementales de inglés. Fue durante esos ratos a solas cuando secretamente ella comenzó a sentir algo extraño por su hermanastro, seducido por su belleza, que comenzó a cortejar a la chica de rizos dorados y larga cabellera, espigada y bien formada, y profundos ojos azules.   

Se tomó otro trago de ron y se hundió aún más en la poltrona. Si todo salía como él ansiaba, quizá podría reunirse pronto con Mammy y Hunky en el extranjero. Para ello, tenía que contactar con la familia de Mammy en Estados Unidos. Pero ¿cómo?

Los Bartholomae eran una adinerada familia alemana-norteamericana de Winnetka, una pequeña localidad a orillas del lago Michigan, donde nacieron Helga, su madre, Olga Sophie, y las dos hermanas de esta, Ida y Ella. El tío Dolly, por otro lado, nació años antes en Chicago, donde se habían establecido originalmente los abuelos maternos de Helga: Henry, nacido en Zweibrücken (Renania-Palatinado) y Lena, nacida en Heidelberg (Baden-Wurtemberg, Alemania).      

Como su madre y sus tías, aunque no tanto el tío Dolly, Helga mantenía estrechos lazos con la cultura y tradición alemanas.

No obstante, la alegría que sintió cuando se casó su madre con el acomodado comerciante alemán Gustav Adolf Lüning y supo que se establecerían en el país de sus antepasados no duró mucho tiempo, ya que sus sueños y expectativas chocaron con la cruda realidad de una Alemania en crisis que, un par de años después de su llegada a Hamburgo provocó el ascenso al poder de Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista.

Otro sorbo del Barceló para ayudarle a recordar. 

De nuevo Nueva York.       

Helga, que adoraba a su tío Dolly, con el que mantenía desde su niñez una relación muy especial, volvía a sentirse como pez en el agua a su regreso a su añorado Nueva York, al que Heinz August se iba adaptando poco a poco, aunque le costara entender la jerga neoyorquina, acostumbrado como estaba al cadencioso dialecto de Mammy del interior del norte, o de los Grandes Lagos, de Ell–annoy, como él solía decir imitándola cuando ella se refería a Illinois, mientras retozaban y hacían el amor sobre la alfombra persa de la sala de estar o el amplio sofá danés de la decimonónica casona de los Lüning en Altona.  

Heinz August añoraba aquel Nueva York donde él y Mammy fueron felices y donde, pocas semanas después de su llegada, ya habían comenzado a hacer planes para no regresar a Alemania. 

Pero Onkel Gustav y Tante Olga Sophie, que seguían manteniéndolos económicamente, eran de otra opinión y, sin que la joven pareja lo sospechara, fraguaban planes para que, una vez casada Helga con Heinz August, ella regresara a Hamburgo para dar a luz y Heinz August regresara a la República Dominicana, donde se haría cargo de la empresa de Gustav en Ciudad Trujillo. Un último intento para separar a los cónyuges y, de alguna manera, salvar la dignidad y el orgullo familiar.   

La boda finalmente tuvo lugar el 8 de mayo. Fue una ceremonia sencilla en el Ayuntamiento de Nueva York, seis meses antes de que naciera el pequeño heredero. En Hamburgo, Olga Sophie recibió la noticia con calma y comenzó a hacer planes con la ayuda de su hermano Dolly para el regreso de su hija a Alemania. 

—¿Sabes cuándo vas a partir hacia tu destino? —la ronca voz de Onkel Gustav sacó a Heinz August de sus recuerdos.

—En estos días… —respondió Heinz August con voz empañada.

Onkel Gustav le miró con semblante inexpresivo, como si no lo hubiera oído bien.

—¿Por qué no vas realmente a Madrid? —Gustav, con voz queda.

—No —dijo Heinz August con una sonrisa poco convincente.

—¡Cuídate!

—Es todo lo que puedo decirte, Onkel Gustav.

Gustav arrugó el entrecejo y mirándole de hito en hito le exigió:

—Lo único que te pido, encarecidamente, es que no hagas ninguna locura... Ya el hecho de que puedas estar fuera de Alemania y evadir el servicio militar obligatorio es más que suficiente, Heinz August. Nosotros aquí vamos a cuidar de Hunky y Mammy. No te preocupes. Lo más importante es que hagas tu trabajo sin complicaciones... —Gustav pierde el hilo, lo encuentra y continúa—: El abogado Koelln me dijo que Alfred Hartmann iba a ayudarte a encontrar un trabajo apropiado para ti.

Heinz August asintió ligeramente, pero calló por prudencia.

—¡Ni se te ocurra contactar con los Bartholomae en Estados Unidos! Cualquier paso en falso que des puede costarte la vida.

Capítulo 4

Academia de la Abwehr, Hamburgo,

viernes 22 de agosto

Horas antes, en la oficina de Herr Hartman en la Academia de la Abwehr de la Klopstockstrasse, el Sturmbannführer Kraus, vestido para la ocasión con un flamante uniforme de las SS, diseño de Hugo Boss, se movía con exasperación de un lado a otro dando cortos paseos por la habitación y golpeándose ostensiblemente con una fusta las rutilantes botas.

—¿Sabía usted, Herr Hartman, que su agente A–3779, Lumann, ha tratado anteriormente de comprar los mismos pasaportes falsos de Honduras que nosotros utilizamos para escapar ilegalmente de Alemania con su mujer e hijo?     

Hartman movió negativamente la cabeza, ajustándose el monóculo.    

—No tengo ni idea, Sturmbannführer. ¿Cómo se ha enterado usted?

—Por la misma fuente que nos vendió el pasaporte... 

Kraus se detuvo, exhalando un suspiro teatral, y se sentó enérgicamente en la silla frente al escritorio del Betreuer de Lumann, asintiendo levemente con la cabeza y enarcando las cejas, como si sus sospechas hubieran sido confirmadas por los hechos.

—Lumann nos puede dar un serio dolor de cabeza, Herr Hartman —dijo el Sturmbannführer clavando los diminutos ojos azules tras sus gruesas gafas en Hartman, que eludió mirarle—. ¿Cómo fue exactamente que usted lo reclutó?

Hartman le respondió lentamente, juntando las yemas de los dedos detrás del escritorio:

—Fue por recomendación de un viejo conocido del Abwehr, el abogado Hans Joachim Koelln... Necesitábamos un espía con sus cualidades para enviar a La Habana. Nos vino de perilla, podría decirse.

Kraus movió apenas la cabeza con un gesto de desaprobación y se levantó para volver a dar pequeños paseos por la habitación, moviendo la fusta en alto como si fuera una batuta, mientras hablaba:

—¿El abogado Hans Joachim Koelln? ¿No fue él quien intercedió para que se pusiera en libertad a ese bolchevique llamado August Lüning, el tío de Lumann?

—Es posible, pero el doctor Koelln es un viejo colaborador nuestro, Herr Sturmbannführer. No tengo información sobre ese tal August Lüning, pero, en cualquier caso, el doctor Koelln es abogado, es su trabajo... Además, no podemos culpar a nuestros agentes por lo que hacen o dejan de hacer otros miembros de su familia. Si fuera así, tendríamos que desistir de reclutar a más de la mitad de nuestros espías. Asimismo, el Abwehr realizó todas las investigaciones de rigor para reclutar a Lumann. —Prendió un Player y cerró el Zippo con un gesto brusco, rematando las palabras—: Lumann cumplió con todos los requisitos que exigimos para su misión en Cuba: tiene aspecto de latino y también puede hacerse pasar por judío; habla varios idiomas, entre ellos el español, que es el idioma que necesitamos para esta operación, ya que se hará pasar por un hombre de negocios hondureño que va a instalarse en Cuba; conoce el Caribe, ha estado un par de veces trabajando en la República Dominicana… —Sonrió sucintamente—. Además, tiene fama de ligar con mujeres, lo cual, en nuestro oficio y en concreto en esta misión, es algo que valoramos. —Se encogió de hombros y exhaló una larga bocanada—. Tampoco tiene antecedentes penales ni se le conoce actividad anti-alemana alguna. Su tío Gustav Adolf Lüning, que también es su padre adoptivo, es un respetado hombre de negocios. Lumann está casado con una alemana-norteamericana de buena estirpe germana que ha retornado con su madre al país de sus ancestros. Los Bartholomae —que es como se apellidan— son alemanes arios. —Concluyó Hartman mirando a Kraus, que se detuvo y, con la fusta en alto, le devolvió la mirada por encima del hombro con semblante inexpresivo.

—Lo único negativo, quizá, es que Lumann es un poco frívolo y haragán… —agregó Herr Hartman cubriéndose los labios con el índice, como reflexionando. 

Kraus hizo un movimiento brusco con la fusta en alto indicando que no le importaba que el agente A–3779 fuera un tipo superficial.

—Ese no es el problema… Tengo entendido que tampoco es muy inteligente que digamos —agregó Kraus con cáustica sonrisa—. Pero, no tenemos otro agente para sustituirle… evidentemente.  

—¿Cuál es entonces el problema? —Herr Hartman se encogió de hombros.

—Hay que considerar que, si anteriormente intentó salir ilegalmente de Alemania, quizá nos traicione; tal vez esté pensando desertar de todas maneras. Lo mejor será proporcionarle la menor información posible para que pueda cumplir con su misión sin poner en peligro la operación ni nuestra red en América Latina. No me inspira confianza... —dijo, bajando la batuta y alzando el cuello, mientras estiraba la abultada papada, dando por finalizada la conversación—. Por eso, cuanto menos sepa, menos daño podrá hacernos... —concluyó, sentándose nuevamente frente al escritorio, colocando la fusta entre los muslos y mirando distraídamente sus cuidadas manos.

Hartman dio otra calada al Player, exhalando una envolvente nube de humo ante la mirada molesta de Kraus. 

—No creo que Lumann sea el candidato idóneo para ser un traidor. Según la información que me dio personalmente el doctor Koelln, la razón principal por la que deseaba trabajar para nosotros es eludir el servicio militar obligatorio. Algo razonable en un individuo haragán y acostumbrado a vivir a costa de su tío. Al ser enrolado en la Abwehr y enviado al extranjero, se libra de ir al frente... —Sonrió ligeramente, tratando de ser convincente—. No olvide que su mujer e hijo se quedan aquí, en Hamburgo. Él tampoco se atreverá a desertar por miedo a que nosotros podamos tomar represalias contra su familia —espetó Hartman con su tono berlinés, dándole otra profunda calada al cigarrillo inglés antes de apagarlo en el desbordado cenicero.

—De todas formas, tenemos que reprogramar su misión. No podemos correr riesgos, Herr Hartman... —dijo Kraus cruzándose de piernas y mirándose solapadamente la bota que le colgaba—. Con respecto a los tres contactos en el Caribe que se le adjudicaron anteriormente el suizo de Puerto Príncipe, la esposa alemana de un oficial estadounidense estacionado en Puerto Rico, un caballero, también en Puerto Rico, y el contacto en México, obviará usted proporcionarle dichos contactos...

Hartman asintió y escribió algo en un bloc de papel, alzó la vista y esperó a que Kraus continuara:

—Con respecto al viaje, debe ser directo a La Habana, a través de Barcelona, sin contacto con Buenos Aires —afirmó ligeramente, satisfecho, como confirmando su propia conclusión—. El Sicherheitsdienst va a seguir de cerca su misión...

Hartman pensó que discutir con Kraus no serviría de nada, aunque seguía sin comprender su interés en el agente A-3779 y su simple misión de espionaje en La Habana. «¿Por qué Kraus había nombrado al SD, el servicio de inteligencia de las SS, para vigilar la operación de Lumann en La Habana?». Pero calló, no quería dar la impresión de estar demasiado interesado en saber qué tramaba Kraus. 

Hartman sabía muy bien que Hitler desconfiaba del Abwehr. Por esta razón, había ordenado a la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), controlada por las SS, que creara una red paralela de espías en el extranjero. El propósito era desmantelar las redes del Abwehr y tomar el control de las operaciones encubiertas fuera del Reich, incluida, por supuesto, Latinoamérica.

«¿Era esa la razón por la que Kraus mostraba tanto interés en la misión del agente A-3779 en La Habana? Aunque, en esencia, se trataba de una operación sencilla, diseñada para un espía con poca experiencia. Más que un espía se trataba de un informador…».

No había ninguna razón evidente para que las SS se interesaran por la misión del agente A-3779 en Cuba, pero sí por el éxito de la Operation Paukenschlag («Operation Redoble de tambor»), una estrategia diseñada para extender las tácticas de manada de lobos de los U-Boote hacia las costas de Estados Unidos, el golfo de México y el mar Caribe. La misión del agente A-3779, nombre clave «Enrique Augusto Luni», consistía principalmente en enviar información sobre los barcos que salían de los puertos cubanos y sus destinos, lo que permitía a los U-Boote desplegados en el marco de la Operation Paukenschlag interceptarlos y hundirlos.

¿Pretendía el SD hacerse con el control de la Operation Paukenschlag y supervisar directamente a los espías encargados de informar sobre los mercantes aliados? ¿O quizá Kraus había encomendado a «Luni» otra misión, desconocida para el Abwehr? Ambas hipótesis podían explicar, en parte, por qué Kraus, al enterarse de que Lumann había considerado abandonar Alemania con un pasaporte falso junto a su familia, buscaba asegurarse de que el agente A-3779 no lo traicionara. ¿Sería esa la razón por la que Kraus insistía, de repente, en limitar las opciones de «Luni» para prevenir una posible traición?

Hartman estaba al tanto de la Operación Bolívar, la red de espionaje nazi en América Latina que se había montado aprovechando la numerosa población de origen alemán en varios países latinoamericanos, como Argentina, Brasil, Chile y Centroamérica. Esta operación se centraba en la recolección y transmisión de información clandestina hacia el Tercer Reich, utilizando estaciones de radio y sistemas de mensajería. El principal responsable de la operación era Johannes Siegfried Becker, conocido como «Sargo». Sin embargo, aunque inicialmente la Operación Bolívar estuvo vinculada al Abwehr, finalmente fue controlada por el Departamento IV (Servicio de Seguridad Exterior, Ausland-SD, del Sicherheitsdienst, el servicio de inteligencia de las SS), que formaba parte del Reichssicherheitshauptamt (RSHA), el organismo central de seguridad del Tercer Reich.

«¿Tenía Sargo que ver con la misión de Luni?» se preguntó Hartman sin saber realmente qué creer.

Desde el principio, Kraus se había opuesto a que Luni entablara contacto directo con otros espías en Latinoamérica, pero no había encontrado una razón de peso para que el encuentro con los espías alemanes en Buenos Aires no se celebrara. Ahora parecía que el Sturmbannführer había encontrado un motivo para reducir al mínimo los contactos de Luni en Argentina. Sin embargo, no había prohibido que viajara a Cuba. Solo había restringido sus encuentros con otros espías y la información que debía haber recibido para su misión, según los planes del Abwehr.

«Algo no cuadraba, pero ¿qué?» La pregunta siguió rondando sin respuesta en su mente cuando se dio cuenta de que Kraus seguía esperando una respuesta: 

—De acuerdo. No será un gran problema limitar los contactos de Lumann, es decir Luni, con Latinoamérica y el Caribe y evitar compartir con él todo tipo de información que no sea estrictamente necesaria para su misión. El viaje se hará a través de Barcelona, en lugar de hacerlo a través de Buenos Aires. Por lo demás, ¿qué otros cambios propone, Sturmbannführer?

Hartman frunció el entrecejo y Kraus se quedó un instante pensativo.

Ambos hombres se detestaban cordialmente. Cada uno sabía exactamente dónde se encontraba esa línea invisible que ninguno de los dos se atrevía a cruzar.

—Creo que es suficiente, por el momento...

Hartman se puso de pie y le dio una palmada en el brazo a Kraus en un gesto forzado de camaradería:

—No se preocupe, Sturmbannführer. Lumann no nos defraudará.

—Por supuesto, estoy completamente seguro. También nos aseguraremos de que su misión sea un éxito.

Adquiera el libro: https://a.co/d/0fEA8zmK 


H. L. Guerra (Humberto López y Guerra), Matanzas, Cuba, 1942, comenzó su carrera cinematográfica en Cuba, desarrollándose posteriormente en Suecia. Ha dirigido más de veinte documentales y series de televisión, entre los que destacan Federico García Lorca: Asesinato en Granada; Arrabal (1978), Premio Prix Italia 1981; La larga condena, seleccionada al Emmy, Nueva York, 1981; y La Cuba de Castro, la serie más completa sobre Cuba realizada en la década de los ochenta. Su serie Ondskans år (Los años malos, 1987) obtuvo el primer premio a la mejor serie de televisión de los países nórdicos otorgado por Nordvision.

En 2012 publica El traidor de Praga (Verbum, 2021), una novela de espionaje cuya acción transcurre entre noviembre de 1989 y enero de 1990, durante el colapso de los regímenes comunistas en Europa Oriental.

En 2016 publica su segunda novela, Triángulo de espías (Verbum, 2016), en la que retoma a los protagonistas de El traidor de Praga.

Posteriormente escribe dos novelas de espionaje en sueco: Den ofrivillige spionen (El espía involuntario, Saturn Förlag, 2018) y Gryningens skuggor (Las sombras del amanecer, Saturn Förlag, 2021). Ambas figuraron durante varios meses entre los libros más leídos en las bibliotecas de Suecia.

Con El otro espía (Saturn Förlag, 2025), H. L. Guerra regresa a su español de origen. La novela desentraña los oscuros laberintos que marcaron los últimos años de la vida del agente de la Abwehr A-3779, conocido por su nombre en clave: Enrique Augusto Luni

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