IVÓN OSORIO GALLIMORE

Lo único que se podía colgar en la sala de la casa, al lado del retrato de Fidel fumando un Cohíba, era un dibujo chino que mi bisabuelo había heredado de su familia. Mi bisabuela quiso poner una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre, pero se tuvo que conformar con dejarla en su cuarto, debajo del cristal de su mesa de noche.

Su hija, mi abuela, devenida a comunista, pensaba que creer en cosas religiosas era de personas subdesarrolladas. El bisabuelo, aunque adoraba a su primogénita, no soportó que la bisabuela fuera sometida a humillaciones por parte de su hija e hizo valer su papel de cabeza de familia —algo en lo que solo él creía— y convenció a su esposa de imitar lo que hicieron los negros traídos del África con sus santos.

—¡Vaya idea para darte a respetar! —dijo la bisabuela, aunque no debió parecerle tan mala la idea pues la aceptó.

 Detrás del dibujo chino colocaron la estampita de la virgen y sincretizaron las ilustraciones. Aquella pintura, una de las pocas pertenencias traídas por el bisabuelo de China a La Habana cuando llegó en un barco junto a sus tíos, huyendo del comunismo, ahora custodiaba a la Santísima Caridad del Cobre.

Ambos solían sentarse en el sofá que estaba situado en uno de las laterales de la sala. El bisabuelo se ponía a leer un periódico en cantonés que le costaba un mes terminar. Lo compraba en una imprenta de la calle Zanja, lugar donde vivían la mayoría de sus paisanos. Por su parte, la bisabuela, aprovechando que su hija no estaba, con un rosario en la mano y mirando a través de la figura china, rezaba avemarías y padrenuestros hasta que le alcanzara la tarde. Yo los veía suspendidos en el tiempo, como personajes de un libro.

Algunos domingos nos visitaba un compañero de la abuela. Hablaban de lo productiva que había sido la zafra, de los avances en el sistema educativo y de lo bueno que era tener salud gratuita para todos. A veces, simplemente permanecían en silencio mirando en la televisión aquellos dramas soviéticos que duraban hasta tres horas. Durante la visita, los bisabuelos, para no molestar, se sentaban en el balcón. Aprovechaban para refrescarse con el aire que, a esa hora, traía la sombra sobre nuestra casa.

Aburrida, igual que ellos, una tarde vi la pelota de playa inflable de muchos colores que elegí como «dirigida» en los juguetes que nos daban el derecho a comprar una vez al año, y me puse a jugar. No sé si la lancé o se me fue de las manos, o una fuerza mayor hizo que se soltara; el caso es que dio en la pared y, por un efecto físico —o psíquico—, rebotó en el cuadro chino. Los bisabuelos entraron a la sala aterrados cuando sintieron el ruido. La abuela y su amigo se levantaron como si algo muy grande les hubiese venido encima. Yo me llevé las manos a la boca y los ojos se me salieron de órbita.

Al caer al piso, lo que antes se mostraba como un dibujo rosado, pálido, de un árbol con ramas de las que colgaban hojas, ahora se había duplicado en la imagen de la Caridad del Cobre. Los bisabuelos y yo tuvimos que rogarle mucho a la santa para que aquel acontecimiento no tuviera mayores consecuencias, no solo por la súbita aparición de la virgen, sino porque en su caída arrastró la foto de Fidel con el Cohíba en la boca.

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Ivón Osorio Gallimore (El Cerro, La Habana, Cuba) es escritora, poeta, guionista, directora y productora de programas de radio. Ha publicado los poemarios Etapas (Editorial Voces de Hoy, 2012), ganador del Premio María Luisa Pinto, y Del amor y otras ciudades (Publicaciones Entre Líneas). Ha participado en diversas antologías publicadas por Hypermedia, Editorial Primigenios, Ediciones Aguamiel y Ars Communis. Un fragmento de su novela autobiográfica Las hijas de las dos aguas aparece en #NiLocasNiSolas (El Beisman, 2023). Su cuento “El inquilino” fue incluido en Noir Tropical Miami (Suburbano Ediciones, 2023) y Calle Patria (Suburbano, 2026) Actualmente vive en Miami, donde continúa desarrollando nuevos proyectos literarios.

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