El descensor
ROLANDO MORELLI
Regresábamos a nuestro hotel, más temprano que de costumbre. Conseguí averiguar la hora, preguntándole a alguien con quien nos cruzamos, en el vestíbulo, ya para abandonar el hospital. Mi interlocutor me echó una mirada de arriba abajo, como si necesitara saber el propósito de mi pregunta, antes de responder. (Le observé que mi reloj de pulsera se había detenido). Aún no habíamos conseguido almorzar, ni comer nada, a esta hora. La salida del hotel, muy temprano esa mañana, en dirección del hospital, no nos daba tiempo, para desayunar cualquier cosa. Esperábamos que, al llegar a nuestro destino, pudiéramos encontrar abierta y surtida, alguna cafetería, dentro del mismo hospital, cosa que no había sucedido según imaginábamos—. La sesión de quimo no había durado esta vez, lo que, en otras ocasiones, y aquel hecho tan simple, e incluso afortunado, había acabado por convertirse de algún modo, en una verdadera calamidad. Primero, tuvimos que esperar en los bajos del hospital a que «nos sirvieran un taxi», expresión ésta que, por lo exótica, suscitó nuestra consternación e hilaridad.
Acogiéndonos a la espera inevitable, cuya duración no podíamos anticipar, y, procurándonos el modo de pasar el tiempo, de un modo algo pueril, seguimos el juego a la extravagancia de aquella expresión en labios del controlador.
—¿De qué modo lo queríamos? —conjeturábamos a seguidas, mi madre y yo—. «¿A la carta»? ¿Deberíamos encargar que nos lo trajeran con ruedas, o «en rodajas»?
Luego de aguardar, durante unos veinticinco o treinta minutos a que llegara «nuestro» taxi, resultó que éste debía echar gasolina en un surtidor bastante apartado de nuestra ruta. Como si fuera poco, después de que el taxista hubo llenado el tanque, y de haber puesto nuevamente en marcha el vehículo, el motor comenzó a fallar.
—El carburador debe de haber cogido aire —dijo el hombre, seguramente con la intención de tranquilizarnos—. A veces pasa. O la gasolina, que arrastra algún asiento…
Nada de aquello, por supuesto, nos tranquilizaba. Una cosa era aguardar el tiempo que fuera, por un taxi de los que estaban obligados a hacer el servicio desde «la piquera» del hospital, y otra bien distinta intentar «la captura» de uno cualquiera en plena vía pública. (Con pérfido humor negro la gente había dado en llamarlos por el nombre de la serie de televisión inspirada en la película rusa de igual nombre: «los incapturables»).
—Si es tan amable… —ensayé a darle la coba al taxista— ¿podría usted pedir a la planta que nos envíen otro taxi?
El hombre me aseguró que no sería necesario. Esto pasaba a menudo. No era cosa de preocuparse. Seguramente tenía que ver con la gasolina. Entre tanto, el tiempo pasaba sin que consiguiéramos resignarnos a su inexorable marcha.
Nos alegramos infinitamente, cuando al fin el automóvil dio señales de haberse deshecho de su carraspera y el motor volvió a funcionar como antes.
—¿No se lo decía yo? ¡El que sabe, sabe! Alguna «zurraspita» de la bomba… Un poquito de aire en el tubo del carburador… ¡Cualquier cosa de ésas!
En el asiento trasero nos reacomodamos los tres pasajeros, ansiosos de partir al fin, para llegar a nuestro hotel, y con algo de suerte comer alguna cosa. Aunque fatigada y somnolienta, la pobre criatura —sentada entre mi madre y yo— tenía un aire de persona mayor, entre resignado y comprensivo, que la hacía aún más patética. Le pregunté si quería beber un poco del refresco que llevábamos en el termo para ella —del cual aún quedaba un poco— y se limitó a negar con un movimiento de cabeza aún más dulce que su mirada y la expresión que hallé en su rostro. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, la tomé en brazos para evitarle a mi madre aquel esfuerzo, y con ella cargada subí los escalones que separaban la acera del vestíbulo.
—¿Quieres que tío te baje un poquito? Mira, allí está tu amigo Clemente.
En cuanto alcanzó a vernos, y a pesar del movimiento inusitado que encontramos, el recepcionista vino hacia nosotros como para impedirnos llegar a «la carpeta». La niña echó de menos, seguramente, que, al hacerle su habitual caricia en el mentón, esta vez el hombre no atinara a dirigirle palabras amables, y a interesarse por saber cómo se había portado durante el tratamiento.
—Esto está que «echa candela» —dijo, adelantándose a nuestras interrogantes—. De milagro, he podido conseguirles algo en el San Carlos, gracias a mi cuñado, que es el administrador allí. ¡No saben la clase de pena que me da con ustedes! ¡De verdad! Pero así de repente nos cayó encima esta delegación extranjera… ¡Cosa bien rara, porque aquí no hay las condiciones para esas cosas! Pero en fin… Se trata de una delegación de Viet-Nam. La orden que bajó fue terminante: desalojen a todo el mundo sin excusas ni pretextos. Yo mismo me ocupé de hacer las maletas de ustedes. Bueno, ustedes perdónenme, pero créanme que no estaba en mis manos hacer otra cosa. ¡Discúlpenme! —como mi madre no parecía comprender con claridad de qué se trataba, y yo mismo no estaba en mejores condiciones de entender, el «carpetero» bajó la cabeza, incapaz de repetir una sola de aquellas palabras—. Vengan… Vengan… Todavía tienen que pasar por Recepción, para firmar unos papeles y recoger sus pertenencias.
En un ángulo del vestíbulo, entre muchas otras que también aguardaban allí por la llegada de sus respectivos dueños, esperaban nuestras maletas.
La niña se abrazó con fuerza un instante a mis piernas, y al siguiente sentí la levedad de su abrazo, como de amarra que se suelta de repente. Instintivamente sujeté su cuerpecito que había sufrido un desvanecimiento repentino. La alcé para colocármela al hombro a la vez que intentaba calmar la angustia de mi madre.
—A veces pasa, vieja. ¡A veces pasa! Es el cansancio… Vamos, chica, tú sabes que es así.
El propio Clemente se hizo cargo de llamar a una máquina de alquiler, y de acomodar nuestro equipaje en el guarda maletas.
—El chofer es amigo mío. ¡De confianza! Ustedes saben que esperar por que venga un taxi es la muerte.
Cuando nos estrechamos las manos en medio de sentimientos diversos y hasta encontrados, aprovechó para decirme:
—En el San Carlos no creo que vuelvan a molestarlos. Ésa es la ventaja. Ahí sí que no pueden alojar a ninguna delegación extranjera. ¡Mejor es algo que nada! Mi cuñado está avisado y estará esperándolos. Con él no tienen que tener pena ninguna. Por mi parte, cualquier cosa que necesiten y en la que yo pueda servirles… Ya saben donde me tienen.
La niña había vuelto a animarse, y alcanzó a sonreír cuando Clemente decía adiós con su mano huesuda de dedos que parecían frágiles, incluso ascéticos.
El San Carlos —supimos enseguida— o aquello que quedaba de él, era poco menos que «un tumbadero», donde igualmente se alojaba algún que otro viajero del interior, por lo general hombres solteros, de paso. Cuando llegamos, sin embargo, y muy en su papel de administrador —aunque siempre cortés y sonriente— éste nos pidió el certificado de Salud Pública que nos autorizaba con carácter «preferente» a ocupar cualquier habitación de hotel que se encontrara disponible. La habitación, cosa que supongo era común a todas, no contaba con baño propio, de manera que tendríamos que compartir un baño colectivo —nos alertó—. La pieza —observé al trasponer la puerta— había conocido algún esplendor que ahora quedaba muy lejano, pero estaba limpia y era espaciosa y ventilada. Del techo colgaba uno de esos ventiladores llamados de barbería, de cinco aspas, aunque se notaba enseguida que faltaba una de ellas. Al accionar uno de los interruptores eléctricos, la hélice comenzó a girar muy suavemente, y al girar, el aspa que faltaba le aportaba una apariencia desdentada, casi penosa. Aunque no habíamos comido nada en todo el día, y ahora ya debían ser como las dos, apenas atinamos a echarnos sobre la única cama que, de ahora en adelante deberíamos compartir. Dimos a la niña, que accedió a beberlo, un poco del refresco que aún quedaba. Y pronto nos quedamos profundamente dormidos los tres. Desperté un poco antes que mi madre, cuando ya había anochecido. Me alarmó lo avanzado de la hora. Pensé que era muy tarde, y que no encontraríamos ningún lugar abierto donde pudiéramos comer. El tarjetón conque nos habíamos habilitado después del desalojo, y que en teoría nos autorizaba a comer en éste, o aquel hotel, de los que aún contaban con cocina y comedor propios, no nos serviría de nada de hallarse la cocina de estos cerrada a causa de la hora. Sentía tanta hambre que hubiera podido comerme “un taxi” —me dije—. Cuando me eché de la cama lo hice dispuesto a salir a buscar algo. Mi madre también se despertó en ese momento, y su pregunta angustiada, fue como un golpe inesperado que me dieran en el mentón:
—¿¡Dónde está la niña!?
Descalzo, y sin camisa, salí de la habitación. A fin de ganar tiempo, bajé a saltos por la escalera que conducía a la recepción, y la encontré abandonada. En vano, llamé con insistencia, primeramente, accionando el pequeño timbre de escritorio, y luego a voces. Nadie pareció escucharlas. Sin tener certeza de por qué lo hacía, y ya presa de una angustia como seguramente hay pocas, me dirigí a donde se encontrarían los elevadores. El único que aún prestaba servicio anunciaba en ese instante su ascensión, con un como mugido apagado y grave que se proyectaba hacia arriba en la dirección en que me hallaba. Esperé el tiempo interminable que le tomó llegar hasta la altura del piso, y luego el que exigía abrir, primero una reja de hierro, otra rejilla más tupida y finalmente la puerta de acceso. Dentro, un viejecito operaba una suerte de palanca que giraba en torno a un dial con números e indicadores, bastante parecido a una rosa de los vientos, salvo por los puntos cardinales. Ninguno de estos detalles, naturalmente, los noté en este instante, si se exceptúan el viejo y la manija en el centro del dial. Y, claramente, la figurita menuda de cabeza rapada que ocupaba la silla que correspondía al operador. Al verme, sus ojos, ahora despejados, lanzaron destellos que bastaron a sosegarme y a poner orden en el amasijo de mis emociones. Me puse en cuclillas frente a la puerta, con los brazos abiertos hacia ella, quien no dejaba de mirarme intensamente. Y sin que acertara a darme cuenta de ello, acabé por quedar de rodillas, no sé si para dar gracias a Dios o para recibirla entre mis brazos. A partir de entonces, la amistad de la niña con Jáumez, el viejo ascensorista del San Carlos, vino a sumarse al cielo constelado de sus estrellas.
—Tío, ¿quieres oír el cuento que me hizo Jáume?
—Jáumez. Se pronuncia Jáumez. ¡A ver! ¿Qué fue lo que te contó ahora?
El tratamiento se fue espaciando, conforme pasaba el tiempo y el efecto del mismo sobre la salud de la niña parecía ser de progresiva mejoría. A los dos meses exactos me vi obligado a regresar al interior por razón de mi trabajo. En mi puesto me relevó mi hermano, en tanto conseguía yo una extensión a la licencia por enfermedad conque ya contaba, valido de argucias, y alguna conexión en el lugar exacto. La niña se alegró mucho de ver a su padre, naturalmente, aunque al saber que, yo debía marcharme por unos días, dio muestras de deprimirse e hizo una escena.
—Voy a la casa y vuelvo enseguida. Es nada más cosa de unos días —le prometí como si estuviera ya en mis manos la autorización que me permitiría estar junto a ella.
—Papi no sabe, chico.
Mi madre preguntó entonces como si fuera posible coaccionar o doblegar con artimañas su voluntad a pruebas.
—¡Ay! ¿Tú no quieres a tu papito? Mira que él se va a poner muy triste…
—Yo sí lo quiero, abuela. Es que él no sabe como mi tío.
—El que no sabe aprende —dije yo para tender un puente entre su intransigencia, y el desconsuelo que, de repente, vi en los ojos de mi hermano—. Cuando empezamos, tampoco yo sabía nada.
Al final ella estuvo conforme, sobre todo si se trataba nada más que de unos días.
Al segundo de pernoctar en la terminal de trenes, por sorpresa cayó por allí Clemente.
—¿Quiúbo?
Había estado a interesarse por nosotros, por la niña en particular, y mi madre lo había impuesto vagamente de mi situación, de igual manera que al hablar yo con ella, por teléfono le había ahorrado detalles.
—Cuando la vieja me dijo, que hacía dos días que estabas aquí, me imaginé cómo era la cosa, así que pasé a ver si te veía. Un socio mío trabaja aquí, en los ferrocarriles, y voy a verlo pa’ que me resuelva un «pase de Administración». Seguramente hay que tocarlo con algo, pa’ conmover al administrador o a alguno otro, ¿tú me entiendes? Con mi socio no hay escache, pero siempre hay que contar con un cuadra’o en el medio, o con algún tipo sin alma, si tú me entiendes…
Como entendía muy bien, Clemente no tuvo que andar explicándose más, y se alejó de mí para encontrar a aquel conocido suyo que podía conseguirle un salvoconducto con el cual se me hiciera posible viajar al interior con prontitud.
Salí en el primer tren que partía, en vagón de primera. Todos lo eran —supe—, pero en el que yo ocupaba casi en solitario, sólo les estaba permitido sentarse a unos pocos elegidos. Aunque no entendí porqué, tuve oportunidad de comprobarlo, en el momento en que, después de frecuentar el vagón-cafetería, intentaba acogerme nuevamente a mi asiento. Con profunda desconfianza que se reflejaba tanto en su mirada como en la voz, y dispuesto a impedírmelo, un conductor me salió al paso.
—¡Área restringida, compañero! No se puede pasar.
Tras comprobar que estaba en mi derecho según la contraseña impresa, el conductor me franqueó el paso, no sin antes prodigarme un regaño:
—Una vez dentro del vagón de administración, los compañeros no deben abandonarlo hasta llegar a su destino. Si necesita algo, o si desea que le traigan algo de la cafetería, no tiene nada más que llamar a cualquiera de las compañeras que están para atenderlo.
Él mismo, me acompañó hasta el asiento numerado que me correspondía, como si quisiera asegurarse de que me atenía a lo escrupulosamente encomendado.
Mi vecino de asiento más próximo, se animó a sonreír, y dijo que se trataba de «un servicio nuevo» que aún estaba a prueba; los vagones eran de procedencia argentina —lo mismo que los taxis, pensé yo— y que se estaban ensayando para ver el mejor modo de explotarlos. A mí, no sé porqué, la palabra «explotarlos» me sugirió de inmediato, algo que estaba muy lejos seguramente de lo que el hombre quería decir. Mi vecino, era un santiaguero locuaz, como suelen ser los santiagueros, y era dueño de una conversación amena e interesante, salpicada de anécdotas y sucedidos. Como alguna vez había sido profesor de Historia del Instituto de Segunda Enseñanza, encontramos enseguida un terreno que nos era común, y simpatizamos. Ya estaba retirado —adelantó— hacía un par de años. Pero se mantenía activo, lo cual era mantenerse vivo, según dijo. Lo de la jubilación —intuí o me lo sugirió él de algún modo— había sido el resultado de una decisión personal, pero sin correspondientes con su edad o razones de salud.
—Habiendo estudiado a fondo la Historia, amigo mío, uno la conoce demasiado, o la Historia, por archiconocida le resulta demasiado predecible —fue lo más próximo a una confesión que estuvo entonces. Pero como no se animó a más, tampoco le anduve sonsacando una explicación. Luego supe —lo que me pareció irónico— que desde hacía un par de años trabajaba como lector de tabaquería, gracias a las gestiones de un hermano que era el director de alguna Empresa semejante. Allí tenía, de vez en cuando, la ocasión de leer o re-leer alguna obra significativa en su formación de adolescente: Los náufragos del Liguria, de Salgari, u obras de Jules Verne como el Viaje al centro de la tierra, que según dijo, constituía una metáfora in extenso, para expresar aquellos deseos que cualquiera sentía a veces, de que, la tierra se abriera de repente y se lo tragara. Las más de las veces, claro, se limitaba a leer la prensa nacional a los tabaqueros. Ya me había dado cuenta de que, al hablar, ocasionalmente se refería a Dios mediante alusiones perifrásticas que primero habían sido literarias o filosóficas, y al percatarse de mi aquiescencia o indiferencia, se transformaron en convicciones personales. Al despedirnos, hacia el final del viaje —o más bien de aquella etapa del mismo que me correspondía— sentí que, a pesar del corto tiempo relativo que había transcurrido nos habíamos hecho amigos. Si no intercambiamos direcciones, se debió no tanto a la prisa conque nos despedimos, como a la convicción recíproca de que no hacía falta.
—Cuando vuelva usted a la capital, y quiera conversar de libros —me dijo— si tiene tiempo y deseos, pase por la fábrica de tabacos. Me encontrará allí de lunes a viernes a partir de las ocho de la mañana.
Le aseguré que nos encontraríamos nuevamente, y tal vez porque no pudiera contenerse, me dijo aún algo completamente desconcertante:
—Usted es aún muy joven, y la juventud es apresurada. No se precipite ante nada. Tómelo todo con calma, según venga. Aunque alguno pueda haber siempre interesado en causarle daño, hay Alguien que vela por usted y lo protege. Tenga calma. Paciencia. Serenidad. Y verá como todo se resuelve del mejor modo. No tema. No se precipite ni desespere nunca.
Digo mal, al decir que sus palabras me parecieron un tanto desconcertantes. Quizás de momento me lo parecieran, es decir, que no alcanzara a medir el verdadero alcance del desconcierto que provocaban en mí, pero sobre todas las cosas pensé en un arcano significado a propósito, que expresara la naturaleza del hombre. Naturalmente que no tuve ocasión de interrogarlo acerca de lo que ellas entrañaban, y por eso mismo volvería luego incansables veces sobre esas palabras, tratando de discernirlas. Entre tanto, había llegado a casa, y ese mismo día, sin descansar del viaje me dirigí a la Dirección Provincial para conseguir del jefe, que era un amigo, la extensión de aquella autorización que me permitía gozar de licencia por enfermedad. Otro amigo en común, se encargaría de extender un nuevo certificado médico. Ambos me aconsejaron —aunque tal consejo fuera innecesario— no dejarme ver demasiado de mis compañeros, o de cualquiera que pudiera hacer conjeturas. De cualquier modo, era un riesgo enorme el que corrían.
—¿Y por qué carajo tu hermano no puede hacerse cargo? ¡A ver! Después de todo, es su hija, ¿no?
—Para empezar, mi hermano no tiene a quién pedirle un certificado médico para dejar su trabajo. No tiene un socio, en ninguna parte que pueda hacerle ese favor. ¡Ni iniciativa para nada, chico! Y, además, no tiene la menor idea de lo que deba hacerse. Hasta una niña como es su propia hija se da cuenta de eso. No es cuestión de responsabilidad más o menos, o de ser buen o mal padre. Además, lo único que a mí me importa, es que la criatura tenga al menos la oportunidad de vivir. Y para eso, la vieja necesita quien la apoye. Ella sola tampoco podría. La Habana es mucho para una mujer mayor, sola, que ha vivido siempre en el interior, y con una niña muy enferma, a su cargo. No sé cómo no te das cuenta.
Mi amigo se daba cuenta, y me lo indicó con una palmada sobre los hombros, más elocuente que cualquier palabra suya en este momento.
—No te preocupes… —dijo, sin embargo, como para apuntalar aquel gesto—. No creo que haya ningún problema. ¡No debe haberlos!
Todo se resolvió así, más fácilmente de lo que había calculado. Una vez de regreso en la capital, me las arreglé en varias ocasiones para visitar la fábrica de tabacos en la que ahora trabajaba —y en la que me había dado cita al despedirnos—, mi compañero de viaje, pero en ninguna de ellas logré encontrarme con él. Lo conocían, naturalmente. Todos lo conocían. (¿No era obvio que debían conocerlo? —me dije, al observar la parquedad de las respuestas—). Pero ninguno parecía dispuesto a compartir noticias sobre el sujeto —me di cuenta enseguida de haber dicho, o más bien pensado el sujeto, como si pudiera tratarse de alguien a quien cuadrara semejante apelativo—. En sucesivos intentos comprobé, si aún podían quedarme dudas, que, en efecto, ninguno estaba dispuesto a ofrecerse —como suele ocurrir en tales casos— para asegurarme que le pasarían el recado, que le dejarían saber de mi interés en encontrarlo, mucho menos para hacerme saber nada sobre el individuo. Al final, vencido por la aparente hostilidad, y la pretendida ignorancia de los tabaqueros, dejé de buscarlo. Mi hermano había regresado a casa por un tiempo, de manera que de nuevo era yo solo, para las mil diligencias, muchas de las cuales se presentaban a veces de improviso, y con las que él, a veces, podía ayudar mientras estuvo. Mi madre cuidaba a la niña, y se encargaba de que aprendiera sus lecciones, de manera que no se atrasara en la escuela, al volver a la cual se encontraría así en condiciones de pasar los exámenes de grado. Claro que no siempre era posible insuflar a los días esta apariencia de normalidad en la que nos empeñábamos, pensando, ante todo, en la criatura. Múltiples circunstancias, ocurrencias, imprevistos de cualquier índole nos surgían al paso de continuo para impedírnoslo. A pesar de administrar eficientemente el dinero conque contábamos, de las remesas familiares que nos llegaban cada cierto tiempo, y a las que todos contribuían cuanto les era posible, nuestro capital se nos fugaba irremediablemente entre las manos, sin que pudiéramos hacer más de lo que hacíamos para impedirlo. En medio de todo, sin embargo, éramos depositarios muchas veces de acciones o gestos generosos que nos apuntalaban. Jáumez, el viejo ascensorista, por ejemplo, no sólo se interesaba por el bienestar de la niña preguntando por ella cada día al llegar, mimándola y complaciéndola en todo cuanto estuviera a su alcance —adivi-nando incluso sus apetencias e intereses— sino llegando a poner a nuestra disposición su familia, que consistía de su mujer, un gato, y un perro —ya viejo—de pequeño tamaño y sin casta conocida, hermanado con el gato al punto de compartir ambos una tumbona medio deshecha que ocupaba un ángulo del cuarto habitado por todos ellos. También Clemente se dejaba caer por el San Carlos cuando le era posible, y alguna que otra vez nos sorprendió en su día libre, esperándonos con su máquina, a la salida del hospital para llevarnos de regreso. Una de tales ocasiones conocimos a su mujer, Rita, y a sus hijas Amalia y Carolina quienes también fueron, a partir de entonces, como miembros de nuestra propia familia. A instancias suyas, muchas veces íbamos de noche a su casa para que la niña pudiera ver la televisión y comer helado —que era lo único que no parecía escasear, y más bien abundaba en todas partes, y que Rita se las arreglaba para conseguir en el mismísimo Coppelia, gracias a sus relaciones con alguien de la administración—. Para hacer este viaje de poca distancia a la casa, Clemente invariablemente se aparecía en su auto después de llamarnos a la recepción, o de dejarnos mensaje con su cuñado de que pasaría enseguida por nosotros. Como era puntual solíamos estar ya listos cuando pasaba, y a menudo lo aguardábamos en la acera. Amalia y Carolina, aunque algo mayores que la niña, se habían convertido en sus mejores amigas, y a veces acompañaban a su padre, impacientes e incapaces de esperar en casa por nuestra llegada.
Ya había olvidado el encuentro fortuito con el santiaguero, cuando un día de repente nos encontramos en el vestíbulo del hotel. Al verme, se puso de pie con una sonrisa que parecía ser la misma de antes, extendiéndome la mano con gesto que parecía franco. Había estado aguardándome.
—He estado esperándolo para darle algunas explicaciones —comenzó diciendo. Yo no podía recordar ahora, si antes, en el tren, se había mostrado igualmente formal, o si habíamos llegado a tutearnos.
—Caramba —dije a mi vez, intentando no parecer contrariado. Porque algo me contrariaba, no sabría decir si su larga ausencia inexplicable, o su presencia allí, en este momento, tratando de allegar alguna explicación sensible—. Por lo menos está bien. ¡Con vida! Llegué a creer que le había sucedido alguna desgracia. Me alegra saber que no es así.
A partir de entonces, también Diosdado se convirtió en un referente obligado, y en un soporte valioso para las noches de insomnio: libros, viejas revistas, largas conversaciones en el vestíbulo del hotel, alguna que otra película vista en su compañía en un cine próximo, y, por último, las visitas a su casa de Guanabacoa.
—Cuando le dije que era oriundo de Santiago no le mentí —había conseguido decir entre mis protestas por aquella satisfacción que él se sentía obligado a darme—. Pero Guanabacoa es mi hogar desde hace ya cuarenta años. De ahí es mi mujer, que en paz descanse —dijo persignándose—. Allí nacieron todos mis hijos. Claro que ninguno de ellos vive allí. Ésa es otra historia que alguna vez le contaré.
Había estado enfermo. ¡Muy enfermo! —según dijo—. Ya estaba bien del todo, a Dios gracias, pero aquello había sido algo muy serio. Por eso no lo había encontrado en la fábrica. Al principio, no tuvo manera de avisar a su trabajo. No disponía de teléfono en su casa, ni había ninguno, cerca de donde vivía. Al final, una vecina se había ofrecido a ir con un recado suyo por escrito, a la Dirección del Partido y a la Administración. Y sus compañeros no habían sido avisados. Había cosas en este mundo que iban más allá de las simples explicaciones —dijo ahora como si se permitiera intercalar una reflexión en voz alta, que no guardara relación directa con lo anterior, y aquella afirmación, por inusitada, tuvo el efecto de desconcertarme.
—¡Muy enfermo!… —dijo nuevamente, como rescatando el hilo de una confesión—. Al tercer día, estuvo a verme mi madrina. —Pasé por alto, o simplemente no acerté a comprender el significado que la palabra «madrina» debía tener, dadas las circunstancias y la edad del que hablaba—. Nadie había estado a avisarle del estado en que me encontraba. O, mejor dicho, ninguna persona le había ido con la noticia, pero ella sabía. Se apareció a verme con dos aprendices suyas que, siguiendo sus indicaciones, «despojaron» la casa y hallaron aquello en un rincón. Yo no podía ni valerme por mí mismo, así es que mi madrina me hizo llevar al lugar para que lo viera con mis propios ojos. ¡No hay nada en estos casos como el agua bendita, no señor! Yo mismo lo vi, con estos ojos que no han de mentir, como aquello se retorcía y desarticulaba al contacto con el agua. Y ahí mismo, al encuentro de lo otro con una arcada que yo no había buscado, me salió de dentro aquella cosa hedionda y peluda, parecida a una oruga, y cayó al piso retorciéndose. Yo sentí que el alma me volvía al cuerpo. Literalmente, si usted me entiende. ¡Hay cosas, amigo mío…! Las vías para el mal pueden ser muchas, pero por suerte el Bien es infinito y demoledor.
Aquella historia fascinante, contada con pericia por Diosdado al filo de la medianoche, no iba a dejarme conciliar el sueño de inmediato, de manera que le insistí para que se quedara aún un poco más, dándole así ocasión de que redondeara —si es que le parecía bien hacerlo— la historia que había contado a medias.
—A veces se bebe alguna cosa o se come otra, en el lugar y el momento menos adecuado. Usted habrá oído hablar del empacho, o indigestión, que es el nombre científico… Pues bien, a veces, lo que se disfraza de indigestión es otra cosa. Y naturalmente, existen los malos pensamientos: la envidia, los celos, los resentimientos de toda clase… ¡Y la maldad absoluta que es como una caja de Pandora! Nadie es inmune y cualquiera resulta vulnerable, pero existe un remedio insuperable: la Fe y el Gran Poder de Dios que todo lo abarca y transforma. Una parienta de mi difunta mujer, que en paz descanse, hace ya mucho que querría quedarse con la casa en la que vivo. Primero me propuso una permuta, que no me interesaba ni me convenía. Cuando se convenció de que no lograría interesarme, cambió de táctica. Le dio con mandarme a su hija mayor, para que me ayudara con las labores de la casa: cocinar, algo de limpieza… Al principio no tenía manera de darme cuenta de nada, pero cuando la muchachita misma me lo confesó, a la tercera o cuarta vez, con lágrimas en los ojos, y un arrepentimiento genuino asomándole en ellos, tuve que darme por enterado. A la madre nada le dije en atención a las súplicas de la muchacha, y me eché encima el peso absoluto de haberla «echado de casa» con el agravio consiguiente de la parienta de mi difunta mujer. En medio del pugilato, a la muchacha debe habérsele olvidado mencionar, lo que por encargo de su madre había depositado en un rincón oculto. La muerte súbita de la criatura, por causas que a la ciencia resultaban inexplicables, eliminó la posibilidad de que ella hubiera podido acordarse de algo, contra lo que debiera haberme advertido. Inconmovible, o ciega a su propia responsabilidad, la parienta se dio a acusarme de cuanta cosa le pareció oportuna. ¡Usted no puede imaginarse todo lo que tuve que pasar! Valiéndose de la pena que la pérdida de su hija debía suscitar en los vecinos, se dio a recabar de ellos, a la par que su solidaridad un rencor injustificado contra mí. Usted puede imaginar las acusaciones, y los improperios de que me hizo víctima. Algunos, aún sin creerla la excusaron, otros la creyeron y se unieron contra mí en su maledicencia. Lo que sigue es un largo paréntesis de arena, momento en el que nos conocimos usted y yo, después de lo cual parecí desaparecer sin explicaciones para reaparecer este día.
Acabado el relato de Diosdado, me sentí en condiciones de comprender mejor el trasfondo del mismo, que era como el trasfondo del hombre. Él también debió comprender que así fuera, y entonces me habló de la niña.
—Usted a lo mejor no cree en esas cosas, compay, pero yo le digo que hay que creer. ¡Por experiencia propia! Además, con probar nada se pierde. Me manda decirle mi madrina que debe usted llevársela sin pérdida de tiempo. Mañana mismo por la mañana. Eso no se detiene ni se conduele de nada. Hay que devolverlo al lugar de donde vino, sin andar averiguando mucho, porqué, ni cómo, ni para qué. Eso me ha pedido que le dijera. Yo nada más cumplo. Ojalá haya en usted un poco de fe.
Oyéndolo, me quedé en silencio. No se trataba de tener más o menos fe, o carecer de ella —me dije—. Al siguiente día, temprano en la mañana, debía tener lugar el tratamiento que periódicamente recibía la criatura. Interrumpirlo no parecía una opción sensible. Tal vez mi interlocutor lo comprendiera así, porque no insistió. Nos despedimos con un estrechón de manos, y lo acompañé a los bajos del edificio. Esa noche no conseguí conciliar el sueño. A la hora de levantarnos me hallé con los ojos abiertos clavados en el techo que se iba iluminando paulatinamente. Al hospital llegamos con bastante antelación, y debimos esperar un buen par de horas por lo menos, antes de que una de las enfermeras se nos acercara para informarnos que el técnico había llamado para decir que hoy no vendría. Estaba enfermo de cama, y no había ninguno otro que pudiera operar el aparato a su cargo. Casi agradecí que sucediera de este modo, sin saber muy bien porqué causa, y ante el desconcierto de mi madre a la que el mundo se le venía encima, le comuniqué mi súbita decisión de ir hasta Guanabacoa para visitar a Diosdado. En el camino se lo explicaría todo, le prometí. La niña se mostraba doblemente satisfecha, y su alegría radiaba de toda ella, en particular del rostro iluminado por una sonrisa que iba despertando otras a su paso.
El viejo ascensorista del San Carlos le había traído una hermosa muñeca de porcelana que había pertenecido a su mujer, regalo de ésta, que la niña acogió con grandes muestras de satisfacción, y expresiones de gratitud que conmovieron vivamente al hombre. La habíamos visto y admirado por primera vez durante una de nuestras visitas, ocupando ella sola una especie de vitrina empotrada a la pared del cuarto que compartía la pareja. Ahora no tuve menos que pensar en la impresión desolada que debía tener la vitrina de la pared, sin la pieza que constituía su sola razón de ser. La niña ponía especial cuidado al jugar con la muñeca de no maltratar su vestido de un exquisito organdí color rosado salmón, y al sostener entre los suyos los deditos de aquélla, inmovilizados en un gesto airoso y frágil, en el que tal vez la criatura encontrara algo de su propia fragilidad.
El ascensor que operaba Jáumez había dejado de funcionar hacía ya tiempo entre el tercero y el décimo piso. Algo que tenía que ver con los tensores, el peso natural del aparato y no sé qué complejo sistema de contrapesos (o algo semejante), a lo que no se atendía como es debido. Entre el primero y el segundo, donde radicaban la recepción y la administración, era posible a veces un ascenso infinito siempre que tuviera lugar de uno en uno y que el ocupante ocasional no sobrepasara una cierta medida o peso, que Jáumez podía determinar de una sola ojeada. A las mujeres, en tal caso, solía éste —con un miramiento que no estaba en dependencia del aspecto, edad o condición de aquéllas— persuadirlas de que el aparato se resistía por un simple resabio de vejez insuperable. A los hombres, en cambio, les indicaba las escaleras con menos miramientos:
—Octavio no carga maletas. Se niega en redondo, mi amigo. Y aquí hace mucho tiempo que no tenemos quien lo haga.
El aparato que operaba se había convertido con los años, más que en un medio de subsistencia en algo —alguien, tal vez— con quien Jáumez llegaba a entenderse en un lenguaje de frases y señales convenidas hacía tiempo, de ahí que fuera necesario dotarlo de nombre propio, esto es, Octavio, a costa del cual podía incluso permitirse bromas que en todo caso lo comprendían igualmente.
—Cuando se llega a viejo todo tira hacia abajo irremediablemente. Es como si le sacaran a uno el alma por arriba, tirando de ella como de un pulóver mientras que el cuerpo se descuelga, y cae en su barómetro.
De esa propensión suya a la burla cínica —característica ésta que sólo al paso del tiempo le fui conociendo— debió haber salido el nombre que solía darse, y que la chiquilla hizo suyo con la determinación e ingenuidad, de que únicamente los niños son capaces, y al que se obstinó aún cuando Jáumez pasó a habitar el centro de sus afectos, tal vez si precisamente por haberse acostumbrado a este empleo desde un principio.
—Tío, ¿tú sabes lo que dice Jáumez el descensorista…?
La niña jugaba ahora con su muñeca antigua de porcelana y parecía animada, y dispuesta a no separarse de ella.
Cuando llegamos de improviso a la casa de Diosdado, en Guanabacoa, nos estaba esperando.
—Sabía muy bien que vendrían —nos dijo la madrina al vernos llegar, como si se ahorrara las presentaciones y las fórmulas de cumplido. Era una mujer hermosa, con esa hermosura que dan la bondad genuina y la sabiduría, pero, asimismo, fuerte. No se trataba de una fortaleza de roca, vulnerable en sí misma, y ni siquiera de la blindada dureza del acero, sino de otra dureza que le permitiría absorber la ráfaga de balas de una trazadora y devolverla inocua y sin alcances sobre la acera, como un calamar que regurgita una piedra. De la criatura, sin embargo, ni siquiera pareció percatarse. Estaba y no estaba. Compartía el mismo tiempo y espacio que nosotros, y, sin embargo, pareció ignorarla. No sé porqué, sin embargo, tanto mi madre como yo, nos sometimos con harta docilidad a aquella orquestación de un ensayo. Al fin, como quien queda dentro de un círculo de tiza, la niña estuvo situada al centro de la habitación en la que se percibían los efluvios de los nardos y las gardenias. Sin palabras, y más bien parca de gestos, indicó a la criatura echarse sobre un lecho de almohadones tendido en el centro de la sala, sobre una plataforma levantada allí. En silencio, o más bien, con un murmullo grato, un bisbiseo, fue deshojando plegarias. Mientras se ayudaba de un rosario, las novicias que la acompañaban deshojaban dentro de un recipiente con agua, quien una rosa te, quien una gardenia, quien una rosa blanca. La superficie del agua, como apresada lentamente por la nieve de pétalos que caía suavemente sobre ella se iba inmovilizando todavía más, pero sin estancamientos, sino llenándose del aroma dulce que al mismo tiempo que la sumía en su cristalizada inmovilidad, la volvía de una consistencia interior, semejante, a la correspondiente a la natilla florida. Terminada la ceremonia, que ponía también en nosotros una sensación de acabado equilibrio antes desconocido, la madrina enlazó alrededor del recipiente copado de nieves el rosario que había deslizado entre sus dedos y lo dejó allí. Entonces, dirigiéndose a la niña que lo observaba todo con aire atento, comenzó a hablarle, o al menos así era de suponerse:
—Yo te conmino, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Y en el de nuestra Santísima Virgen María, la madre de nuestro Redentor… Yo te conmino y te devuelvo íntegro al lugar de donde procedes, y a donde pertenecen los de tu condición. ¡A que abandones de inmediato el cuerpo de esta criatura inocente! ¡A que no siembres en su alma cizaña ni mala semilla alguna! ¡A que vuelvas íntegro, al lugar de donde procedes sin dejar huellas, ni malas semillas, ni rastro alguno de tu condición! En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espírtitu Santo, y de Nuestra Santísima Madre e intercesora y abogada eficacísima. Yo te conmino. Por el camino que te abro gracias al amor de Dios, y no por otros, y que una vez ido a donde tu ceguera te consagre, detrás de ti se cierra para siempre y por siempre, Amén. Yo te conmino y ordeno: ¡márchate!
Nos sentíamos suspendidos en una atmósfera sin tiempo ni lugar. La habitación toda parecía flotar en aquel plano que no podría llamar sino sagrado. De repente una fetidez que nos obligó a cubrirnos la nariz pareció apoderarse del recinto un instante, antes de que nuevamente el olor de las flores se enseñoreara de nuestros sentidos.
Ahora sí, dirigiéndose por las claras a la criatura con su mejor sonrisa, «la madrina» le hizo una caricia correspondida por la niña con un abrazo.
—Esta agua la tomas en ayuna, y al acostarte, todos los días, empezando hoy mismo. Al tomarla, pones tu pensamiento en tu ángel de la guarda, para que puedas verlo, y le pides que cumpla con su deber. Tú así se lo pides. Por tres días, o hasta que se acabe el agua la bebes como agua natural. No bebas nada más que esta agua, ¿entendido?
La niña sonrió apenas y dejó los ojos prendidos en los de la mujer antes de extenderle con un gesto franco —que no admitía réplicas— la muñeca de porcelana.
—Te vamos a aplicar la Ley contra la Vagancia, para que sepas… ¡Y contra la Peligrosidad! Pa’ que te pudras en la cárcel. ¡Con suerte y otro poco: no menos de veinte años por las costillas! —dijo ahora el desconocido que momentos antes se había presentado en la habitación del hotel, conminándome a acompañarlo, pese a las súplicas combinadas de mi madre y la pequeña. Intentando en vano restarle importancia al hecho, había tratado, naturalmente, de convencerlas de que debía tratarse de una equivocación, pero el individuo, acompañado de un segundo que permanecía algo retirado y en silencio, se encargó no obstante de contrariar mi propósito.
—Eso de equivocación nos consta que no puede ser —dijo—. Nosotros nunca nos equivocamos en nada, ciudadano.
Entonces aún se había valido de aquella fórmula al parecer neutral que pecaba de una corrección cuyo sustrato o intención desmentía.
—Ocúpate de la niña, viejita, y no te preocupes por mí —insistí en decirle a mi madre, y en voz apenas audible añadí en el instante mismo de abandonar la habitación—: Llama a tío Marcelo. Él seguramente puede hacer algo para aclarar rápido este lío. Y tú, despreocúpate…, ¿me oyes? —a la chiquilla, que antes se había aferrado a mis piernas en silencio, había logrado persuadirla con estas o parecidas palabras—: Al regreso vamos donde Diosdado y se lo contamos todo de la A a la Z. Ahora tienes que ayudar a tu abuela a calmarse un poco. Tú sabes que ella es muy nerviosa. Por cualquier cosa se ofusca y… Bueno, tú sabes bien lo que quiero decir, ¿no? ¡Ah, y no se te olvide hacer lo que te mandaron!
—Vas a tener que decirnos cómo te las arreglaste para conseguir esos papeles. Nosotros sabemos muy bien que todo es mentira. Y el resto podemos averiguarlo si queremos, pero preferimos que seas tú quien nos lo diga todito, para no perder tiempo —volvió a escucharse la voz del oficial. Ahora, aunque seguía vistiendo de civil, yo podía tener la certeza de que lo era—. También vas a decirnos qué contactos son los que tienes aquí en la capital, aparte de tus relaciones con un viejo maricón; una vieja, santera y loca, y el viejo ése del hotel. Porque no irás a decirnos que vives del aire, aunque seas pájaro. Digo, a juzgar por tus relaciones…
Aunque me negara a conceder verdadero significado a las groserías prodigadas por el hombre que tenía enfrente, y cuyas palabras estaba obligado a oír, tomé nota, casi por defecto, de que no se había referido a Clemente y su familia.
—Con nosotros las cosas tienen que ser claras, ¿me oíste? Transparentes como el cristal. A nosotros nos gusta que así sea. A ver, por qué no comienzas diciéndonos, aparte de las remesas y todo eso, ¿cómo es que te las arreglas para sobrevivir en la capital? Y esa camisa de hilo, y esos pantalones de marca que llevas puestos… Vas a decirnos de qué modo los obtuviste.
Se trataba de regalos —le dije—. Un amigo mío de la infancia (más como un hermano) era marino mercante, y los pantalones de mezclilla me los había traído de la República Democrática Alemana, un tío que trabajaba en comercio exterior.
—¿Son Libay? ¿No? —me contrarió, como si quisiera demostrarme que en materia de pantalones vaqueros no podía andarle con cuentos—. ¡Los mejores pitusas que hay!
—Tengo entendido que en «la Rada» se hacen de muy buena calidad para la exportación —dije aquello, sin conciencia de estar mintiendo sino más bien como la explicación más lógica, o la más conveniente en el momento. ¿Lo había leído a lo mejor en una de aquellas revistas, que con el nombre del país precisamente, impreso en llamativas portadas de cartulina brillante, llegaban a veces a los quioscos del periódico? ¿O tal vez se lo oyera decir al tío Marcelo, hablando de uno de sus innumerables viajes al exterior?—. El desarrollo socialista no tiene nada que envidiarle al desarrollo capitalista, y es más humano, como todos sabemos.
Observé en el rostro del hombre una especie de contracción que acaso para él mismo pasó inadvertida.
—Por lo menos parece que estás claro de algunas cosas. Vamos a ver si sigue siendo así, con todo lo demás, porque hay varias cosas que debes aclararnos…
Las interrogaciones por el estilo se sucedieron durante días, de los que acabé por perder el rumbo. Todo cuanto recuerdo es haber sostenido una conversación infinita, que no conducía a ninguna parte, y acababa por recogerse en una espiral, en uno de esos cabos retorcidos que para escalar y sostenerse a flote echan muchas plantas trepadoras, y con los que tientan un espacio falso a merced de vientos e intemperies. Un día, de muchos que se sucedieron o debieron sucederse sin que yo estuviera en condiciones de determinar sus confines precisos, me dejaron en libertad de marcharme después de darme el visto bueno. Luego de ordenarme que me vistiera con aquellas prendas ajenas, demasiado holgadas que ponían en mis manos, y sin hacer comentarios, «el combatiente» que aguardaba por mí, me llevó una vez más ante el mismo oficial de los interrogatorios. (Eran dos en realidad, pero a mis ojos se hacían uno solo, pese a los esfuerzos que a veces hacían para distinguirse uno de otro).
—Te tenemos una sorpresa que sabemos muy bien lo mucho que te va a gustar. O, mejor dicho, dos. Dos sorpresas.
El otro oficial, o el mismo, dijeron entonces:
—Vas a quedar en libertad. Sabemos bien que no has hecho nada. Que estás claro del Proceso, y todo lo demás...
—Te mandamos a llamar para informártelo personalmente, y para hacerte acompañar de un compañero oficial, que se ha interesado mucho por ti durante todo este tiempo. Gracias a él, a su confianza, y a la confianza que la Revolución tiene en ese compañero, hemos podido comprobar que todo cuánto nos decías era verdad, y nada más que la verdad. En fin…, que vuelves a ser un hombre libre.
—Con nosotros has estado un buen tiempo. Bastante para que hayamos podido informarnos de lo que nos interesaba saber. ¿Tienes idea del tiempo que has pasado entre nosotros?
En ese instante, reapareció a la puerta «el combatiente» para anunciar la presencia de otro oficial.
—¡Tú sabes como son las cosas! —comenzó por decirme—. Porque nosotros sabemos muy bien, que estás claro. Todas las averiguaciones no demuestran otra cosa. Por eso tienes que entender. ¡No podemos dormirnos en los laureles o nos come el león! La lucha sin cuartel, contra el enemigo, en todas sus manifestaciones, no admite andarnos con paños tibios. Eso, tú lo sabes, naturalmente. Tú eres un tipo educado. ¡Bien educado…! Yo diría que, incluso, con un nivel muy por encima… Eso, naturalmente, se lo debes en parte a la Revolución que hace posible que la educación esté al alcance de todos, pero también depende de la clase de familia de la que provienes, y de tu esfuerzo personal en ese sentido… Claro que también eres muy joven todavía, y por eso mismo… ¡Experiencia es lo que te falta! Y la experiencia, nada más viene con los años. Mírame a mí, que sin ser tan inteligente como tú, me sobra la experiencia.
Ahora, frente a mí estaba Clemente. Era un Clemente transformado, aunque siguiera siendo el mismo recepcionista que habíamos conocido al llegar al hotel al que se nos había destinado inicialmente. Aparte del uniforme que vestía ahora, y de las insignias en el cuello de la guerrera, algo en su porte y en sus palabras, incluso en el timbre de su voz lo convertían en otro individuo, sin dejar de ser el mismo que había sido. Aunque el anuncio de que quedaba de inmediato en libertad de marcharme coincidiera con la llegada de él, o por lo mismo, me di cuenta de que, más bien me habían colocado en sus manos antes de dejarme marchar, para que éstas me moldearan, según algún plan previsto. Éste, se iba configurando frente a mis ojos y oídos reacios e incrédulos, a medida que el hombre sentado frente a mí peroraba, como si aquello no fuera a tener fin.
—Para serte franco, te diré que a mí me caíste bien desde el principio. Fue algo así como una corazonada. Tus modales, tu conducta, la manera de tratar a tu mamá y a tu sobrinita…, pero eso, claro, no hubiera pasado de ahí. Mi mujer podría decirte que enseguida se lo comenté. Y luego, naturalmente, el cuadro tan desolador de la niña enfermita… Después de tu arresto vino a verme tu mamá. Y con ella, naturalmente, vino la chiquilla. ¡Parecía otra! Tu mamá tampoco era la misma. Quiero decir: más segura de sí, más firme. No debes preocuparte por ellas: están bien. ¡La niña ha sido dada de alta por los especialistas! Hasta ellos dicen que se trata de un milagro. ¡Ya ves a donde ha llegado nuestra ciencia! A tu mamá el asunto de tu detención, naturalmente, la afectó bastante, pero la he tenido al tanto de lo que pasaba, además de que se le dio de inmediato la atención médica que requería en su estado. La tuvimos ingresada hasta que le estabilizamos la presión, y luego la convencimos, para que volviera a casa con su nieta, que ya estaba curada. Allá en su casa espera por ti, de manera que no quiero retenerte más por estos lares, como decía mi viejo, que en paz descanse. Entre la vieja y la niña enseguida me informaron de lo que pasaba y, naturalmente, nada más que lo supe, averigüé de lo que se trataba y… Bueno, pues ahí lo tienes. Lo importante es que ya todo está aclarado. «No hay mal que por bien no venga», como dice el refrán.
Clemente tal vez se creyera obligado a sonreír. La luz del exterior todavía me escocía en los ojos. Más bien, se trataba de un resplandor insoportable, que conseguía lastimarme las pupilas. A semejante luz, tuve la impresión de que, una como capa de piel muy delgada, pero íntegra, se desprendía y separaba unos instantes, escamosa, de la epidermis del hombre desdoblándose en una doble máscara. Parpadee repetidamente, en vano intentando remediar aquella suerte de desenfoque, que a fin de cuentas me estorbaba para ver claramente al hombre frente a mí. Pero él no pareció darse cuenta cuando dijo:
—Aquí tienes un pasaje reservado para el primer tren de la tarde, que sale en media hora. Y antes de que se me olvide, quiero darte también mi tarjeta para que me llames si necesitas cualquier cosa. ¡Cualquier cosa de que se trate! ¿Me oíste? Jóvenes como tú son los que la Revolución necesita. Bien pensado, a lo mejor hasta podemos atraerte a las filas de nuestros combatientes. Si quieres, considéralo incluso una proposición que te hacemos, un ofrecimiento serio. Créeme que lamento mucho la confusión, y lo de tu encierro. Espero que no nos guardes rencor por eso, y hasta que te decidas a darme una sorpresa cualquier día. Quiero que sepas, que a mí lo que más me gusta son las sorpresas.
A pesar de una despedida tan cordial como había sido ésta; del apretón de manos, efusivo, varonil, presuntamente sincero, me alegraba de dejar atrás la figura de Clemente, y experimentaba una suerte de exaltación indescriptible, mientras avanzaba raudamente por la plataforma hacia el tren que me devolvería a casa.
Han pasado las horas. Una sensación muelle y placentera me anima y hago el intento por acogerme a ella, por no negarme al confort que me ofrecen los brazos del sillón reclinable. Desde el tren en marcha, observo a ratos la mancha que suponen al paisaje unos instantes, las ciudades y pueblos que nos salen al paso. Y me va acometiendo el miedo de que este tren marche sin frenos, a una velocidad supersónica por una vía cuya extensión mal calculada se acaba de repente en el vacío. Mientras trato de sosegarme, de imponer a mi pánico una racionalidad que debe ser la mía, un sudor frío me baña todo el cuerpo, y las manos, temblorosas, están en todas partes. Por fortuna, los pocos pasajeros de este vagón se hallan dispersos y como absortos en sus propios pensamientos. Las palabras de Diosdado, al comienzo de nuestra amistad, vuelven a mí para recordarme algo que debe ser esencial. Tal vez recurro a ellas para encontrar certezas. Las barajo, en cualquier orden. «No tema. Hay Alguien que vela por usted y lo protege. ¡Calma! ¡Paciencia! ¡Serenidad!» Al fin, éstas, o el peso de mi propia lógica consiguen serenarme. Cierro los ojos por primera vez en mucho tiempo (días, semanas, meses, ¿cómo estar seguro cuánto?) e intento descansar hasta el momento en que el tren haya llegado a donde va, o a donde debo dirigirme; donde seguramente me esperan los míos. ¡Calma! ¡Paciencia! ¡Serenidad!... —me digo, como si ya éstas no fueran las palabras que me prodigara una vez Diosdado, sino otras, mías— ¡Y, sobre todo: Fe! Sobre todo.
Mientras repaso, una y otra vez, en silencio, ésas y otras palabras una paz cósmica se apodera de mí, me va haciendo su rehén gustoso. Pienso en la criatura, de vuelta en su escuela; en mi madre, y en mi hermano, feliz con el restablecimiento de su hija. Pienso una vez más en Diosdado, y, por primera vez, en el significado de ese nombre que de pronto se me revela como algo más que un nombre cualquiera. Pienso en «la madrina», en lo efectivo de su bondad verdadera, y de su fe sin menoscabos. Pienso en Jáumez, «el descensorista», y en su mujer; y en la bondad y generosidad de ambos. Y también en Clemente y en su mujer Rita y en sus hijas Amalia y Carolina. Y de nuevo en Clemente: en los dos Clementes que tal vez sean uno solo. Y en la niña, completamente curada. ¡La fe! —me digo—. Dicen, que la fe puede mover montañas. ¡No lo dudo!
Rolando Morelli. Escritor cubano (Horsens, Dinamarca, 1953). Creció en Camagüey, Cuba. Narrador, poeta, dramaturgo, ensayista, editor y profesor universitario jubilado. Es editor general de la serie Dossier / Cuadernos monográficos, de Ediciones La Gota de Agua, con sede en Filadelfia, Pennsylvania (Estados Unidos). Entre sus títulos más recientes se encuentran los libros de cuentos En tabletas de barro y por otros medios, Cuentos argentinos de Cuba para un editor español, y la trilogía de relatos sobre el “Mariel”, Y el mar, de fondo. La revista digital venezolana, “Letralia, tierra de letras”, lo ha incluido entre los narradores de varios países que colaboran en el libro conmemorativo por el veinticinco aniversario de la publicación. La novela Historias que nunca nos contaron, constituye el cierre de una serie de novelas históricas, que arranca con «Lo que dura el estío» y se sitúa en la Cuba de 1820, teniendo por trasfondo los avatares que atraviesa la Constitución liberal española proclamada inicialmente en el año 1812. Entre ésta y su más reciente título en la serie, se extiende, a manera de puentes, una producción que busca, mediante la relación o restitución de las pequeñas o grandes historias personales, y los hechos y fechas olvidados de propósito, contarnos OTRA historia, marginada, borrada o ignorada, ésa que es moldeada o deshecha por la Historia oficial u oficiosa. Otros libros de relatos, y una compilación de la poesía del autor, aguardan publicación.

