FÉLIX LUIS VIERA

Me fui a ver a la doctora. Ella vivía a unas tres cuadras de mi apartamento en Rosa de Oro 25. 

Yo sabía de su existencia por un anuncio a la puerta de su casa. Bueno, su casita más bien. Pequeñita. De dos plantas. Verde de tres tonos.

Ese día me dolió una muela y decidí verme con la doctora. La vivienda está en la planta alta; el consultorio abajo.

Estuve visitándola siete días casi consecutivamente. Me trabajaba hoy la muela —dijo “amalgama”, “resina”, aclaró la diferencia entre ambas (yo no entendí nada)—, me preparaba para la próxima tanda, y así. Me advirtió que con anestesia no me dolería ni un poquito, pero tendría que cobrarme más. Está bien, le dije.  

Ella parecía sollozar cuando hablaba. Es decir, su voz parecía estar tomada por sollozos, dulces, suaves.    

  Ella no había tenido suerte: varios novios pero ninguno se había puesto como para casarse —expresó varias veces con frases distintas.

En la última cita le pagué lo que restaba y me quedé casi sin dinero.

Ese día del pago final, me invitó al teatro para esa misma noche. Un teatro de pequeño formato. Le dije que podría ser luego, no faltaba mucho para el cobro de la quincena en el periódico, y me replicó “si es que yo te invito dije”.

Resultó una obra para mi gusto bastante aburrida. Se trataba de la vida doméstica de una esposa y sus treshijas; el esposo estaba en la guerra. De ahí no salía la acción, del día a día dentro de la casa —aparte de algunas referencias a la labor escolar de las hijas, a la escuela;referencias digo, no representaciones—. Solo los cuatro personajes, las tres hijas —que por momentos parecían la misma— y la esposa, aparte de una voz en off, la del guerrero, que relataba lo que estaba viviendo en campaña. Se suma que las expresiones estaban repletas de mexicanismos y por ello me perdí de entender mucho; por rachas como si me hablaran en ruso.

Cuando regresábamos del teatro, en taxi, se sentía mucho frío. Un frío triste, como todo frío que debe sentir un exiliado llegado de zonas cálidas. No es lo mismo el frío para un vacacionista, un visitante de paso llegado de tierras calientes, que para un exiliado, un desterrado venido de sitio semejante —este es otro frío.

Si esto fuera una novela yo podría embellecer la acción, para darle más realce a la historia, y así expresar que el abdomen de la doctora no es un poco flácido. Pero esto no es una novela, es la vida real, y en la vida real su abdomen era un poco flácido.

Y en la vida real su cuerpo todo —de estatura regular— de piel melada tenue.

Como una hora después yacíamos bajo la cobija. Bocarriba. Nos habíamos contado un buen tramo de nuestras vidas. La mayor parte de mi tramo era mentira.

Me incorporé, me senté en el borde de la cama tratando de retener al menos una parte de la cobija —como estaba desnudo, el frío me aferraba con saña—, pero no fue posible. Ella había jalado la cobija para sí. Finalmente, se sentó junto a mí —ella llevaba piyama— y nos tapó a ambos como con capucha. Me besó repetidamente en la mejilla. Juntó su mejilla con la mía y la suya estaba caliente (¿lo estaría también la mía?). Se puso en pie y sus senos se ratificaron densos; se enseñaban alzados; pulsaban, pujantes, bajo la sudadera. Le dije que ya me iba. En el consultorio yo había presenciado que la doctora escuchaba música constantemente llegada desde una grabadora y en ocasiones desde un miniradio y hasta desde su teléfono celular. A partir de ahora, comprobaría que se sabía de memoria infinidad de canciones: Pegó su cara contra mi brazo, me tomó las manos, y me dijo par de líneas de una canción del maestro Roberto Cantoral: “No quiero que te vayas / la noche está muy fría”. 

                                              (2)

Augusto mueve el rabo hasta loinfinito, continúa dándole vueltas al poste, le dedica a José Ricardo arrumacos con ladridos breves, gemidos y rozamientos tiernos en lo bajo del pantalón, pero no termina por orinar.

Augusto raya entre lo que llaman raza mediana y raza grande. Cuando lo vi por primera vez, le pregunté a la doctora por qué, si se consideraba el entorno de mínimos que se había construido y que tanto decía adorar, si es que deseaba tener un perro, no se buscó uno de raza chica. Me respondió que al ir a comprarlo, fue Augusto el que más le llamó la atención, aun con su tamaño, ni sabe por qué, me aclaró. Lo peor de Augusto es que se ha acostumbrado o ella lo ha acostumbrado a dormir en el cuartito, bajo nuestra cama; se mueve en sueños, cruje.

La mayoría de las personas que tienen perros no es porque los amen, sino porque les gusta contar con subalternos.

Y me crispa el dicho de que el perro es el mejor amigo del hombre —tal vez, sí, de un solo hombre, su dueño (que puede ser un canalla)—, sino que resultan como los hombres, unos construyen hospitales, otros la bomba atómica.

José Ricardo saca a Augusto temprano en la mañana los días laborables para la micción matutina, muy pocas veces yo estoy para entregárselo; casi siempre es la doctora quien se encarga. Esquivé la tarea de sacar a Augusto porque mi turno en el periódico, si no se toma la mañana, pues las noches o madrugadas o ambas y necesito dormir de mañana. También porque en no pocas ocasiones, le aclaré a la doctora cuando me lo propuso, debo conectar temprano en la computadora en Rosa de Oro 25, aunque haya trasnochado, a ver si tengo algún encargo del periódico; no le agregué que allí cuelo café fuerte —ella solo tiene gusto para el americano, casi agua, y me insiste en que resulta el mejor, más saludable—; y mucho menos que igual se trata de trabajar en ese tiempo, si es posible, en la obra que esté escribiendo —esto último se lo oculté porque de inmediato había comprendido que la doctora se hallaba a miles de años luzdesaborear un poema, un cuento, una novela, si bien mucho le apasionaran las obras teatrales chafas, como sucede con tantas personas semejantes.

Mis pertenecías no caben en la casita. De modo que allí solo tengo mi ropa y otros géneros leves. Así, disminuyen mis ahorros —que tanto necesito para mi familia en Cuba—: sigo pagando la renta de Rosa de Oro 25, más la suma que he pactado con la doctora para la convivencia; el trato más adverso que he realizado en mi vida.

Cuando estoy pensando que José Ricardo debe estar a punto de perder la paciencia, al fin Augusto levanta una pata y lanza unos chorros contra el poste de luz.

                                               (3)

Una mañana de frío arrasador, José Ricardo tocó a la puerta mucho antes de la hora habitual. La doctora estaba desperezándose; ya había conectado la grabadora, sonaba una canción del maestro José Alfredo Jiménez cantada por él mismo: “Qué triste agonía, tener que olvidarte / queriéndote así / Qué suerte la mía, después de una pena / volver a sufrir”. Ella dijo qué bueno que estás aquí y me pidió por favor que bajara a responder, ¿quién será?, añadió por lo bajo. Su voz, recién despierta, se siente aún más “sollozante”. He pensado que esto es lo más hermoso de la doctora que habré de extrañar. En ocasiones he sentido que la bellezade las voces de mujer, resulta lo que más disfruto de ellas. Allá donde nací, en Cuba, no abundan tanto como aquí voces semejantes. —Sé que en este libro ya he caminado por este tema.

José Ricardo me dijo alegrarse de que yo estuviera en casa y de seguido que debía “platicarme” sobre algo muy serio. Le pedí que entrara, yo sentía mucho frío allí junto a la puerta. Me respondió que en tal caso lo haría, si bien desde que se marchara nunca jamás había entrado por esa puerta —y agregó, enfático— que cuando regresaba a Augusto en las mañanas, no pasaba de la acera.

La conversación se hizo larga. La doctora comienza el trabajo a partir de las 9 de la mañana. Llegaron un par de pacientes con cierto adelanto. Debimos salir a la acera para continuar, luego de que yo fuera en busca de abrigo y bufanda.

José Ricardo tiene una tienda de abarrotes en avenida Molinos y avenida Revolución. Según infiero de lo que he conversado sobre él con la doctora, gana buena lana —algo así como en seis días lo que yo en un mes en el periódico. Y será por su oficio de comerciante, que puede resultar hablador en exceso con el propósito de convencer a su interlocutor.  

En conclusión, se trataba de que él estaba pensando en reconciliarse con la doctora, y ahora sí, casarse. ¿Porque yo no tenía en mente casarme con ella, verdad?, me preguntó. No, respondí.

Le dije:

—Mira, piénsalo bien, José Ricardo, creo que eres un hombre noble, aunque seas comerciante: el matrimonio es un fracaso seguro.

                                                 (4)

Por las fechas en que José Ricardo conversó conmigo sobre su decisión de reconciliarse y casarse con la doctora, ella, con persistencia, se había esmerado en comprar flores —rosas, crisantemos, claveles, tulipanes, gladiolas… — que reponía en cuanto avisaban marchitarse.

  Floreros panzones, alargados, piramidales, cilíndricos y otros recipientes para las flores, por doquier, rebosando la planta —plantita— alta.

Le pregunté por qué tantas flores. “Ni sé, amor”, me respondió.

                                                 (5)

La conversación fue extensa. Era sábado en la noche. Sobre las 3 de la madrugada debía presentarme en el periódico —de donde había regresado anochecido— y permanecer hasta media mañana. Acordamos que a mi regreso trasladaría mis cosas para Rosa de Oro 25.

Estábamos bocarriba en la cama. Ella se incorporó y, mientras se desnudaba, repitió, tarareando, dos líneas de una canción del maestro Carlos Puebla: “Quiero hablar contigo / antes que te vayas”.

Me abrazó.

Fueron como dos horas; sobre todo de su parte, sin pedir ni dar tregua.

La casita se estremecía.

Miami, 12 de enero-15 de octubre de 2024

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Félix Luis Viera (El Condado, Santa Clara, Cuba, 1945), poeta, cuentista y novelista, es autor de una copiosa obra en los tres géneros.

En su país natal recibió el Premio David de Poesía, en 1976, por Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia; el Nacional de Novela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1987, por Con tu vestido blanco, que recibiera al año siguiente el Premio de la Crítica, distinción que ya había recibido, en 1983, por su libro de cuento En el nombre del hijo.

En 2019 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero”, auspiciado por varias instituciones culturales cubanas en el exilio y el premio Pluma de Oro de Publicaciones Entre Líneas..

Su libro de cuentos Las llamas en el cielo retoma la narrativa fantástica en su país; sus novelas Con tu vestido blanco y El corazón del rey abordan la marginalidad; la primera en la época prerrevolucionaria, la segunda en los inicios de la instauración del comunismo en Cuba.

Su novela Un ciervo herido —con varias ediciones— tiene como tema central la vida en un campamento de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros.

En 2010 publicó el poemario La patria es una naranja, escrito durante su exilio en México —donde vivió durante 20 años, de 1995 a 2015— y que ha sido objeto de varias reediciones y de una crítica favorable.

Una antología de su poesía apareció en 2019 con el título Sin ton ni son.

Es ciudadano mexicano por naturalización. En la actualidad reside en Miami.  

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