Fragmento de la novela "Las playas de Esculapius"
MIRIAM RODRÍGUEZ FEBLES
TRECE
—¿Quién es la occisa?
Hatuey quedó estremecido por lo insólito del suceso. El inspector estaba recordándose de la joven medio enterrada en la arena, bajo las uvas caletas de la playa. La miraba con ojos turbios por la emoción y el agravio. Tenía dos hijas rubias como aquella. Le dolió que esta anduviera por las calles sin miedo a la voracidad de los depredadores. Sintió la voz de Hatuey despertándolo, trayéndolo al presente
—¿Cómo me dijo que se llamaba?
—Es de los Segura de Puerto Bajito, ya mandé a mi lugarteniente hasta allí para avisarles —se apretó las sienes con ambas manos, hablando con desgano.
Fue a principios de septiembre, un día soleado y bello. Hatuey se había ido a la cama la noche a eso de las diez de la noche, después de terminar de leer una novela de Agatha Christie.
Se levantó al aclarar, descansado y fresco, imaginó el largo tramo que lo separaba del hospital. “Mejor me apuro o no llego hoy a la morgue”
Alzó la cabeza para mirarse en el espejo antes de salir. Se alisó el bigote. Luego tomó un taxi desde su barrio en las cercanías de la Universidad, hasta el “Escocito” al otro lado del pueblo. Una vez allí, bajó los escalones precipitadamente hacia el sótano, deseando comenzar el día. Plateadas por el sol a través de un cristal vio las aguas del río.
Tenía la frente saliente con los ojos pequeños y brillosos. Por nada del mundo reía abiertamente, debido a que le faltaba el primer molar superior derecho, y todos los de la izquierda, arriba. Hacía años que no visitaba al dentista. Sus ropas, sin embargo, eran pulcras y a entalladas. Aquella mañana llevaba una camisa de hilo blanca muy almidonada y un pantalón gris claro de línea impecable.
En la oficina de la morgue tomó una taza de café hirviente que le alcanzó un ayudante. Vestido el torso de blanco, el pelo y el bigote negro resaltaban en la intensa luz cuando habló de lo aburrido que sería el día sin un muerto.
—¿Nadie falleció anoche? —Preguntó mirando a un lado y a otro, las camillas vacías.
—¡No! —Le informó un estudiante alegremente, la mano sosteniendo el periódico extranjero. Curioso por noticias no esperadas, Hatuey señaló con el índice el grueso diario, que el joven le ofrecía.
—Sí, profesor, tome, vea cómo está el mundo allá afuera.
Se dejó sorprender por las novedades del día, los ojos dilatados ante el desfile de atrocidades. Crímenes descubiertos en callejones sin salida, mujeres y hombres asesinando a su pareja, hasta a sus hijos por cobrar los dineros del seguro de vida. Ofertas pornográficas a gente desempleada. Atractivas rebajas de precios.
—Tan diferente de aquí —murmuró para sí mismo.
Pensó en las destartaladas casitas de madera, retorcidas de hambre y miseria; los quemaderos de basura, las zanjas de apestosos desagües; más que barrios santuarios de criminales donde jóvenes ociosos vestían jeans apretados, robados de algún almacén. “¿Nos llegará el progreso algún día?”.
Recordó con furia a los pobres diablos que bostezaban en sus clases, gente que lo tenía todo.
¿Qué hacer con ellos? Era imperioso limpiar algunas clases, hacer un pequeño “profile” de cada uno y “pescar” solo a los mejores.
Se inclinó de golpe y desechó el periódico. Dos lagartijas enormes se aferraban a la pared, una casi transparente.
—No sé por qué no cubren las ventanas con mallas de alambres. Si el pueblo ya es ciudad —dijo roñoso.
—Me voy a Cirugía por si alguien me busca —gritó antes de salir.
Después del almuerzo de arroz con pollo bien frito, tragado con largos sorbos de agua fría, pasó entre el ropaje azuloso de los internos con un semblante huraño y complicado. Lo vinieron a buscar.
—Es la policía —sentenció el ayudante sin mover los ojos de él.
El inspector se acercó locuaz y cordial, los zapatos brillosos, aunque algo gastados, y la chaqueta deportiva e informal. Se movieron hacia la terraza olorosa a flores con mezcla de cloroformo donde hablaron largamente. Una enormidad de cántaros con plantas y flores se tragaban casi todo el espacio.
Hatuey era uno de los investigadores forenses en el caso; el otro, un gordito llamado Balboa que ya se encontraba en la playa.
—La escena del crimen vale mil palabras —ofreció el inspector —Balboa tiene ya las fotos.
—¿Quién la encontró? —preguntó Hatuey curioso y medianamente incrédulo.
—Unos estudiantes suyos y de Balboa, ya han dado declaración.
—¿Cómo me dijo que se llamaba la difunta? —preguntó de nuevo.
Le dio el nombre, no la ocupación, por respeto. “Lo sabrá luego”.
—¿Cree usted que fue violada? —No, tiene las ropas intactas.
—¿Tiene alguna idea quién lo hizo? —Conociendo a la víctima a fondo ya aparecerá el asesino —asintió con expresión decidida el policía.
Despeinada y hambrienta a aquella hora del día, entró Lula con el Manual de Patología Forense debajo de una axila. Deslizándose sobre el fondo blanco de las paredes, llegó hasta el filo de la mesa de metal alumbrada por la intensa luz fría. Bisturí en mano, el doctor Hatuey fue cortando sin esfuerzo la piel blanca y fría con textura de caucho, trazando una “y” griega perfecta en el pecho difunto. Vestía todo de verde, incluyendo el gorro y la careta, solo se le apreciaban los ojos encendidos como luciérnagas en la oscuridad de un pantano de noche. Fingió no ver a Lula, que se escabulló sigilosa, temiendo que le fuera a gritar alguna grosería por estar tarde. Él se percató de su presencia, pero solícito comenzó a contar una a una las costillas dando explicaciones.
Señaló con el dedo una amplia apertura que se extendía a todo lo largo del torso.
—Este cuerpo ya ha sido intervenido antes —anunció.
—De todas formas háganse la idea de que es un cuerpo virgen. Los primeros cortes son diagonales desde el medio de cada clavícula hacia el centro, donde se unen, y después se sigue cortando en línea recta hasta pasar el esternón.
Hablaba mientras trabajaba, sin levantar los ojos del bisturí, mientras ahondaba la herida hasta alcanzar una cavidad profunda.
Después les hizo preguntas, como qué músculos había cortado, y qué arterias nutrían esos músculos en orden preciso.
No se sintió furioso si erraban. Hoy perdonaría errores. Porque “no estamos en exámenes”, les repetía.
Por su parte, Lula se había situado frente a él, con el cadáver y la mesa por medio, ya sin miedo a mirarle los ojos.
Sus compañeros menos osados esperaban con risas nerviosas el instante preciso de la pregunta que se les vendría encima. A pesar de ser parte de un grupo de por lo menos diez, Hatuey sabía sus nombres y apellidos sin titubeo, lo que hacía la espera más intimidante.
—Alcáncenme la sierra —ordenó de súbito—, y acto seguido comenzó a serruchar el costillar ya previamente serruchado con rapidez frenética. Al terminar cedió el instrumento a un estudiante e inmediatamente hundió las manos enguantadas en el pecho, agarrando fuertemente el lado derecho del esternón y luego de una rápida maniobra hacia el lado opuesto desprendiéndolo por la derecha de su sitio, exponiendo en su totalidad la cavidad torácica que anteriormente estaba expuesta a medias.
El aire cargado de cloroformo, penetró las narices como dagas profundas, y los ojos de los principiantes, se apartaron de la mesa por instinto. Hatuey también parecía afectado, pero no por el fuerte olor. Se quedó mirando el cadáver sin decir nada, por un rato que pareció siglos. La tristeza oscureció aún más sus ojos.
Inmediatamente, cortó la piel para exponer la cavidad abdominal, hundió sus manos enguantadas dentro de ella, y las sacó cubiertas de la grasa de Borota que cubre los riñones. Pasó sus ojos saltones a uno y otro estudiante para fijarlos en Lula.
—¿Por qué la falta de órganos?—preguntó fingiendo alarma.
—Pienso en motivos empresariales o religiosos más que pasionales.
Lula habló rápidamente, como para calmar su desconcierto. Los labios apretados debajo de la máscara quirúrgica, quedaron temblorosos.
Los ojos de todos se volvieron de repente hacia ella. Alguien rio.
—¿Tráfico de órganos cuando aún no sabemos ni trasplantar un huevo? —expreso él, coloquial.
—Aquí no, pero en otras partes, África del Sur, por ejemplo…
Hablaba frente al rostro derecho del maestro. Observaba su abundante destreza, las manos incansables y ágiles, enguantadas hasta el nivel de los codos. Le agradó la expresión divertida con que la interrogaba, aunque le pareció realmente confundido con lo que tenía delante, como si nunca hubiera visto algo igual.
—Sí, ya sé, el famoso Doctor Cristian, pero eso está muy inmaduro aún. En fase experimental, cierto, pero no deja de ser un hecho que en un lugar del planeta se hacen trasplantes de órganos. Hablando del futuro… Tienes una maestría en Genética. ¿No es así? Lo había leído en sus credenciales antes de darle el puesto a Lula.
—Cierto. —Lula comenzó a enrojecer.
—Explica a estos lo que sabes sobre el ADN ácido dioxinucléico y sus futuros usos forenses.
—¿Ahora?
—Para luego es tarde —dijo risueño con voz blanda y comunicativa, y ella pensó que era otro de sus caprichos —mientras tanto, yo sigo buscando, porque los riñones a veces no están donde deben.
Lula sacudió la cabeza pensando velozmente qué decir. Ahora le parecía estar frente a un paredón de fusilamiento.
Con las mejillas ardientes, los ojos irritados de cloroformo, la boca arenosa sin saliva estuvo explicando lo mejor que pudo la importancia en Criminología Forense del ADN y de cómo pronto, en un día no lejano, se condenaría o exculparía muchos casos criminales basados solamente en esas pruebas.
—¿Cuántos años de aquí a allá? —Hatuey quiso saber.
—Pocos. Tal vez veinte.
Lula comenzaba a entender el sentido de las preguntas. Quizás se estuviera adelantando en sus suposiciones.
Pero no, estaba convencida que una maldad oculta se había adueñado de los órganos internos de aquella mujer medio enterrada en la arena. Había oído los tambores resonar en las noches.
—¿Y por qué no Vodoo? —se atrevió a decir, con justa cólera.
Hatuey sonrió con la mirada.
—Vaya, nos vamos acercando al presente —dijo irónico. —Sí, es posible, sobre todo en comienzos de un solsticio lunar. —También él había escuchado el bembé. Se diría que todo el pueblo lo oyó.
—Sí que lo es —afirmó con el pecho y la barbilla erguidos, los muchachos a su alrededor inmóviles, sin decir palabra.
—¿Y usted qué cree hasta ahora? —se atrevió a preguntar la joven.
Hatuey, que revisaba de nuevo la cavidad torácica, sacó lentamente manos y antebrazos enguantados del pecho muerto. Se volvió lento, sin afectación.
—No sabemos si se ahogó en la playa y luego la abrieron, no tenemos los pulmones para examinarlos, la han vaciado.
—Hizo un rápido gesto con la mano izquierda, salpicando cloroformo y otros líquidos en el aire.
—¿Qué ven? —señaló con las pinzas los ojos muertos del cadáver, los bombillos fosforescentes alumbraban el bello rostro sin vida, dándole un tono azuloso.
—¡Petequias! —gritó alguien desde atrás.
—Exactamente, murió por asfixia, pero ¿por qué? Órganos sexuales sin trauma, ausencia de semen, prendas en sus brazos y dedos, nos dicen que no hubo violación, ni robo, ni sexo anoche, a menos no con un varón.
—Eso no excluye la presencia de un predador masculino —intervino Lula mirando por encima de los demás. —Hace falta mucha fuerza para apretar el cuello de una mujer como esta y causarle la muerte.
Además, — agregó —el sexo no está totalmente excluido del caso.
Prosiguió a explicar que ellos mismos habían distribuido más de doscientos condones la semana anterior en las clínicas de barrios, incluyendo las Dunas.
Hatuey comentó que era cierto, con las mujeres de su oficio era difícil encontrar trauma en el acto sexual a no ser que fuera cometido con un duro instrumento, además estas damas solían ser listas y físicamente fuertes. Aunque esta, según el inspector Suárez, estaba bebida.
—La vieron anoche en “las Dunas” —dijo clavando sus ojos en los de Lula —y sí, se necesita una fuerza hombruna para estrangular a alguien así —golpeó la mesa con los puños cerrados.
—A menos que haya estado borracha, drogada y además sorprendida por unas manos de hembra muy fuerte, como las de cualquiera de sus mismas compañeras, o… —hizo una pausa acariciándose el mentón, pensando para sí mismo —o como las de esas que hacen mecánica.
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La doctora Miriam Rodriguez Febles cursó estudios de pre medical en Jersey City College y medicina en la Universidad Central del Este, República Dominicana. Especialista en Reumatología, trabajó en el hospital Jackson de Miami hasta su retiro. Ha publicado diversos artículos médicos y recientemente su novela "Las Playas de Esculapius" .

