El epigrama de sofronio orojos

LUIS MARCELINO GÓMEZ

Alguien le había edificado una atalaya. Desde allí observaba el recinto de su soledad congénita. Porque otear era su única distracción. Nada más. Todo le estaba vedado. Lud-dog, lud-dog, lud-dog, lud-dog, oía su corazón cuando lo colocaban de lado en la resudada colchoneta. Lud-dog, al menos eso. Si no, pensaría que también le faltaba. Era una de sus pertenencias. Con la otra, su cerebro, podía travesear, andar, palpar el rostro de la madre; realizar, sin ayuda ajena, sus necesidades más perentorias. Cuánto le gustaría esmerarse en sus abluciones, cuidar de su pudor. Divagaba por horas hasta volver a su aislamiento cotidiano. Si un insecto se le posaba en el rostro, se desgañitaba clamando. Entonces, si venían al rato, el hexápodo casi taladrando su piel, le espetaban un ¿por eso chillas tanto? Y le daban rápido las espaldas. Después, lo olvidaban. No querían verlo. Preferían imaginar que no existía, que era producto de una pesadilla. Le huían como a un monstruo. Pero él seguía ensimismado en su mirador, quieto, quieto.

Así medraba el primer hijo de los Londoño. Había llegado en medio de una perniciosa amenaza de infecundidad precedido de brebajes, de santiguadas y de las siete marcas hechas en la corteza de la ceiba por Jacianta, danzando desnuda en noche de eclipse, sobre las cuales Clemencio orinó durante cuarenta y nueve días. Después, María, la comadrona, volvió ocasionalmente al bohío sin abandonar su espanto. Algunos niños se le habían muerto en el alumbramiento, pero la mayoría sobrevivía. Y allí estaban, para martirizar al primogénito sin culpa, sin culpa alguna de aquella que todavía Clemencio y Jacianta mutuamente se echaban encima.

A los quince años no conocía más lugar que el piso de tierra, distancia máxima abarcada por sus ojos, que de tanto mirar, como le decía la parentela, le habían trocado de color. Los ojos de Sofronio tienen que estar malditos como él, oía. Es lo único que faltaba que nos hicieras, le gritaron la mañana que descubrieron la mutación. ¡Coño! Si parecen dos bolas de mierda, había dicho Clemencio cuando, curioso, se le acercó para comprobar lo que comentaba el resto de los hijos.

¡Un circo! Oyó decir una tarde a sus hermanos. Vendrá un circo. Viene. Vino un circo que rompió la monotonía del poblado. Tenía miedo de expresar que ansiaba ir también, salirse de su entorno, aunque fuera durante unas horas, pues se avergonzarían de andar con él. ¿Qué dirían los vecinos? Después de su nacimiento, del grito del padre cuando la comadrona aterrorizada se lo mostró y del quebrantamiento de las botellas del aliñado, el comentario había languidecido. Quienes quince años atrás habían escuchado el clamor de Clemencio, embriagados en las emanaciones alcohólicas lo habían ignorado o ya estaban muertos. María, la comadrona, era tan conocida por sus embustes, que estaban seguros de que tal parto, tantas veces contado por ella, era incierto. Y él seguía en su atalaya, donde nadie lo viera. Donde nadie.

Las carpas de El Tinglado de la Aurora, horadadas por el soplo de los tiempos, estaban desplegadas. Arrimó con artistas cuyos atuendos emulaban sus carpas. Llegó, anunciándose en vallas manuscritas y monocromáticas.

El poblado concurrió íntegro. También, los Londoño. Esperaron hasta el día último cuando, con un lleno total, traspusieron el círculo portando la atalaya. Jacianta, en un desacostumbrado gesto de arrojo, había impuesto como condición llevar al hijo mayor. Solo ella conocía las razones de su bondad insólita.

Antes de la función cundió la noticia. Y cuando comenzó el espectáculo era ya la atracción. Don Austerio Carrodeguas, el dueño, pidiéndole al luminotécnico que lo alumbrara, se acercó al mirador donde estaba el muchacho. Sofronio Londoño y Londoño, señor. Quince años. Lo que usted desee. Sí, leo. También. Solo. Si lo duda pregúnteles a ellos. Afirmó, señalando con un gesto hacia los suyos. No, ya me he acostumbrado, es más, no siento que las necesito, aunque, por supuesto, uno depende de los demás y me da vergüenza. No lo había advertido, pero ya soy un hombre, señor, y usted sabe. Contestaba ante el asombro de sus hermanos, quienes, examinándolo como por primera vez, lo redescubrían bajo el fulgor del foco maltrecho. Sofronio fue respondiendo sobre temas cada vez más complejos. Con voz queda, el cirquero le preguntó si era feliz a pesar de la falta absoluta de los cuatro miembros.

─No lo sé.

─¿Sabes que tus ojos son de color oro?

─No me lo dijeron como usted ahora, pero me lo dijeron.

─Hijo, ¿y alguna vez te viste en un espejo?

─Nunca.

Carrodeguas mandó por uno que le puso delante. Sofronio se observó, con detenimiento, sin un atisbo de expresión. Los ojos recorrieron cada uno de los vericuetos de su corto mapa corporal. La audiencia, en silencio, miraba aquel rostro como este su imagen. A la postre, el joven sonrió. Tras él, una carcajada unánime revoloteó por las improvisadas gradas. Esa misma noche se convirtió en el astro de El Tinglado.

A don Austerio Carrodeguas no le costó mucho convencer a los progenitores. Nadie despidió a Sofronio cuando El Tinglado de la Aurora concluyó sus funciones y levantó sus carpas.

Vinieron luego los tiempos de habituarse a la atmósfera circense. Unos, le tomaron afecto o lástima. Otros, lo encontraron demasiado grotesco y, medrosos, lo espiaban. En algunos, nació la envidia cuando vieron a Austerio Carrodeguas pasarse las horas junto a él. El dueño lo instruía. Poco a poco lo iba convirtiendo en un erudito. Y el circo continuaba en los caseríos aledaños sin exhibir todavía su más reciente adquisición.

Una tarde, Sofronio perdió su nombre de pila. El cirquero salió al escenario y lo presentó como Orojos, un sabelotodo que respondería cualquier pregunta. De la noche a la mañana se convirtió en la estrella. A su vez, el adolescente comenzó a dar nuevas ideas sobre el espectáculo. Ya las carpas eran parte de él. Él era el circo. Rabiosamente odiado, o amado como sucede siempre. Austerio lo escuchaba atentamente y seguía sus consejos. Según él, Orojos era el cerebro que necesitaba la empresa para progresar. Y así fue. Cambió toldos y trajes. Se adquirieron fieras. Se iniciaron las giras nacionales. El Tinglado de la Aurora ganó en celebridad. Finalmente: al extranjero.

Los treinta años de Orojos Carrodeguas serían festejados en Fray Benito de Gibara, donde, según Austerio, no sólo había comenzado la prosperidad del Tinglado, sino también la ventura de su vida. Soltero empedernido, siempre había acariciado la idea de un hijo. Un hijo, solamente eso, decía. Y Fray Benito le deparó el primogénito a quien había aceptado en tronco y alma. Si bien Orojos era el cerebro, Carrodeguas fue los miembros que la naturaleza no le diera al joven.

Regresados a Fray Benito, los Londoño, en pleno, fueron a recibirlo. Deseaban juntársele. Y él los aceptó, incluso inventando oficios para que no se desperdigaran como le pedían. No soportaremos estar nuevamente alejados de ti, afirmaban. Ahora vivían en las carpas más suntuosas. Jacianta, Clemencio y los hermanos no perdían la ocasión de ostentarlo.

Y siguieron los viajes por el mundo. Orojos declamaba La Ilíada y La Odisea en griego clásico. Hablaba las principales lenguas europeas y algunos de los dialectos de América. No había autor citado a quien no conociera. Respondía cualquier pregunta sobre anatomía humana en latín. Pintaba con la boca. Sabía de cálculo algebraico, aritmético, infinitesimal. Los diarios lo llamaban «El Nuevo da Vinci» o «El Miguel Ángel del circo».

Un día estivo se dispusieron los toldos en el antiguo Iquitipec. El dueño de una ciudad minera había contratado el famoso circo que se levantaba en el barrio alto, próximo a su residencia de piedras.

Armada por completo la tienda de Orojos, los cirqueros bajaron provistos de abanicos a refrescarse. El bochorno era insoportable. Incluso Austerio, quien nunca lo abandonaba, marchó también hasta el pueblo con la certeza de un pronto retornar. Y empezaron las rondas de cervezas. Entre espuma y chanza olvidaron El Tinglado.

En su atalaya, Orojos sudaba, sintiendo que el ardimiento aumentaba vertiginosamente. Escuchó el frémito de las fieras cada vez más agudo. Y pensó que estarían inquietas por la elevación de la temperatura. Sin embargo, reflexionó: algo anormal debe pasar, se dijo, mientras el relinchar de los caballos y los ladridos de los perros amaestrados lo distraían de su cavilar. Así, oyó barritar a los elefantes. Al rugido de los leones siguió el de los tigres. Hacían gran alboroto. Entonces, olisqueó el tufo a plumas y a pelos. El humo empezó a molestarle en los ojos y el temor a apoderarse de su ánimo. Y el incendio a chisporrotear en el cenit. Las lenguas de fuego se abrían paso, ocupando el espacio en círculo. Un círculo que se cerraba. Un círculo que achicaba sus confines con avidez. Un círculo. El círculo. Enloquecidos, los dorados iris se le iban desde el suelo al techo, girando una y otra vez en ángulos de ciento ochenta grados. Clamaba. Pero los vapores ahogaban su grito. La carpa llameaba por todas sus latitudes, se acercaba, queriendo palparlo. A unos metros, pegado a la lona flameante, divisó la base de madera de un tanque con agua. Si al menos la leña se quemara pronto y el recipiente se ladeara, consideraba, y pudiera llegar hasta allí. Buscando la forma, sintió un bramido a sólo unos pasos. A pesar del calor lo estaban acechando.

En la distancia, el fuego parecía multitud de banderolas que el viento ondeaba a su antojo. El circo ofrecía un mágico espectáculo. En los corredores de Iquitipec, los artistas, saliendo de las tabernas, barberías y almacenes de ropa, columbraban en dirección al barrio alto una espiral ascendente de humo. ¡Se quema el circo!, se quema. El circo. ¡Se quema! Gritaban. Ebrio, Austerio Carrodeguas era arrastrado por los cirqueros y por quienes no lo eran. Un tumulto subió en tropel hasta El Tinglado.

Al rato, la masa circunvalaba cenizas y ascuas. Algunos curioseaban; la mayoría trataba de apagar las llamaradas. Allí estaban los restos de lo que fuera el floreciente Tinglado de la Aurora. Un murmullo enorme, compacto, suma de sollozos, ladridos, rezos y relinchares, se elevaba en coral pesarosa. Los Londoño solo verbalizaban un ahora sí que nos jodimos reiterativo.

Repentinamente sobrio, Austerio Carrodeguas buscó al hijo entre los escombros. Lacrimoso, ceniciento, desesperado, inquirió una y otra vez hasta encontrar, cerca de las brasas de lo que fuera su atalaya, el costillar chamuscado de la pantera conteniendo tres objetos de oro macizo. Dos, en forma de ojos idénticos. El otro, semejaba un corazón humano, en sus reales dimensiones, con una inscripción que nadie ha podido descifrar.

   (Banes, Holguín, 1976)


Luis Marcelino Gómez. Ciudad de Holguín, 1950, cubano-estadounidense. Escritor, psiquiatra y doctor en letras hispánicas. En 1985 se le confirió el Premio Nacional de Cuento en La Habana, Cuba. En 2007 fue Finalista del Premio de Cuento Juan Rulfo en París, Francia. Entre los años 1980-1982 fue médico civil en Angola, donde reunió la primera colección de relatos escrita en África por un latinoamericano. A mediados de los años 80, en viaje hacia el Sahara enviado por su gobierno, se asiló en Madrid. Luego de concluir su doctorado en la Universidad Internacional de Florida, se desempeñó como profesor de letras hispánicas, lengua portuguesa y talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado varios poemarios, tres colecciones de relatos: Donde el sol es más rojo (1994), Oneiros (2002), Cuando llegaron los helechos, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Venezuela, 2009) y una novela, Solo con el fuego, Editorial Betania (España, 2024), a la cual pertenece este fragmento.

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