Kaddish
JACOBO MACHOVER
(Capítulo de Memoria de siglos. Edición revisada y ampliada. Editorial Betania.)
Mi madre se pone a contar. Y por sus labios se desplaza la dulce violencia de otros tiempos que, a pesar de todo lo vivido, siempre fueron mejores. Ella se sienta en medio del cuarto y el silencio se forma a su alrededor, sin que necesite pedirlo, sin alzar la voz. Sus palabras son un cuento de hadas, una historia extraordinaria en que los malos siempre son los mismos y los buenos no existen. Los lugares no cambian, la misma vuelta alrededor del mismo círculo, meticulosamente recordado, álbum de recuerdos abierto constante mente en el lugar exacto donde aparecen las fotos luminosas de los veinte años, las de los novios que no fueron pero que pudieron ser, las otras, que se dicen rápidamente, sin un suspiro, las de los desa parecidos que quedaron en su terrible memoria. Su sonrisa es triste, naturalmente, pero raros son los momentos en que se le escapa una lágrima, no pensar, no pensar nada más, sólo recordar. La memoria es lo único que se le queda grabado, en lugar de la vida real que ya, despacito, se le escapa de las manos, de esas manos tiernas y fuertes que tantas veces me han consolado, en los días y las noches de ataques, de asma o de tristeza, y que se le quedan pegadas a las rodillas, sin moverse, sin hacer un gesto que no pase por los labios, que siguen hablando, concentrados en sus visiones de miedo y de espanto, de exaltación velada de una aventura jamás deseada, pero vuelta a vivir, cien veces o mil veces, como si fuera la única rea lidad. Transmite su voz y sus heridas, y yo me empapo de ellas, y los niños se empapan de ella, cuando todavía queda tiempo para escuchar sin tener que irse a ninguna parte, a ninguna obligación prescindible, a ninguna cita concertada donde ya no se transforma el mundo, ni siquiera uno mismo, donde el tiempo pasa, tranquila mente. También para ella, para su rostro y su cuerpo, para su vientre y sus cabellos. Para sus adentros no. Ella no envejece. Y el hilito de voz que la mantiene aferrada a la vida es todos los días igual, 73 sin altibajos, apenas un murmullo en medio de un ambiente brutal, que ella no ve, que ella no siente. De su murmullo brotan palabras temibles, bebidas gota a gota y letra a letra, en un idioma que no es ni francés ni yiddish ni español, que es otra cosa, una mezcla extra ña, enteramente suya, donde se funden las imágenes más poéticas de todas las tierras atravesadas durante una vida demasiado corta, siempre demasiado corta.
Mi madre se pone a contar. Y en su extrañísimo idioma aparece toda una época, tan llevada y traída por películas y libros y testi monios de toda clase, que casi acabamos por olvidarla, dejando de lado lo que tiene de sagrada para transformarla en imagen banal, en punto de referencia ajena, perteneciente a otros que no somos no sotros, a la muerte ya, que con ellos se lleva sus secretos. Yo sé que a ellos no les gusta hablar, que solamente se hablan a sí mismos, al principio no los creyeron, no quisieron escuchar lo que llevaban por dentro, y entonces se callaron, guardando para los pocos iniciados los gritos y los llantos, y los incomprensibles ataques de risa que les sacudían las vísceras, de la cabeza a los pies, en una complicidad heredada de otros mundos, tan lejanos que ya ningún idioma podrá traducirlos cuando todos hayan muerto y que no quede nadie para dejar viva su vivencia, su lengua destrozada. Pero mi madre sigue hablando, y todavía queda gente que la entiende, que logra captar los más mínimos silencios de su voz, cuando oculta la imagen re pentina que parecía borrada para siempre y que de repente resurge, fantasma redivivo a pesar de los años, y de los montones de tierra que le cubren los huesos, y los ojos, y la boca. Entonces se para un instante, pero en seguida vuelve a su relato, como si no hubiera vis to nada, y desempolva nuevos detalles en un idioma nuevo, un idio ma hecho de sensaciones, que no le debe nada a ninguna gramática ni a ninguna norma estilística, que respira los impulsos iniciales, los puros instintos de supervivencia. Así como la ven, chiquitica como es, mi madre es como una verdadera heroína. En épocas de guerra la única, por supuesto, otras no hubo ni las habrá jamás, ella se movió, protestó, pataleó, se jugó el pellejo para salvar a lo que más cerca tenía, su familia, que incluía niños y jóvenes y ancianos, y por la cara lo logró, pero no siempre, también jugó y perdió y se 74 escapó, y tuvo miedo por su propia persona, y se escondió y pasó, y se salvó, también ella, sin apenas darse cuenta, casualidades de la vida o de la suerte, o de las circunstancias mezcladas con una pequeña dosis de destino o de instinto o anda a saber de qué cosa.
Mi madre se pone a contar. Y en sus ojos brilla el orgullo de haber sido lo que fue y poder decírselo a sus hijos y a sus nietos y al mundo que la rodea. De ese tiempo no quedan lágrimas, tan sólo experiencias vividas o sufridas, sin sentimientos obsesivos. Bro tan las lágrimas en la soledad de lo cotidiano, en el sentimiento de abandono que le pesa cuando se queda a solas con su cuerpo enfer mo, y entonces irrumpe en un llanto silencioso que le quiebra la voz y le deforma los rasgos y dice que no es nada, sólo un momento de descontrol y de tristeza y que se le va a pasar, y efectivamente se le pasa, pero a veces le duele, le duele el corazón y le duelen los pasos, le duelen las heridas que le hicieron y que le cicatrizaron el pecho, y que le impiden caminar como antes, antes de las operaciones y los médicos y los hospitales y el reposo forzado, ahora superado, pero siempre dentro, en un lugar del alma, en un lugar del miedo que no tuvo por inconciencia y que ahora tiene por obligación. Enseguida se le pasa y me abraza y se vuelve a reír y me pregunta si no tengo hambre y si no quiero cebollita mezclada con huevos, especiali dad que le viene de su Polonia natal, o arroz con frijoles y lechón, receta, nada kosher por cierto, proveniente de Cuba, para cumplir con su deber de alimentar a sus hijos y a toda su familia, que es su manera de salvarlos una y otra vez de un enemigo invisible, del hambre de su infancia polaca y del hambre de la ocupación alema na, y del hambre de su indeterminado período cubano que fue como un largo paréntesis, un paréntesis obligado, demasiado aburrido y largo e indeseado. El hambre que combate con exageración, como si estuviera allí presente, uno y otro día, y que la hace entrar en una crisis de demencia incontrolable, en que sólo jura por la comida que hay y la que no se da, profeta de las barrigas vacías y abanderada de los niños hambrientos o no, dispuesta a declararle la guerra a medio mundo para que los suyos coman hasta reventar. Su gloria.
Mi madre se pone a contar. Y de su voz emanan incoherencias a patadas, admiraciones y odios injustificables, ideas simples como 75 el bien y el mal, el que tiene y el que no, el que es inteligente y el que no lo es. Y entonces se encierra en sus seguridades como en una fortaleza y no se mueve más de allí, aunque uno le diga y le cuente horrores insospechados. Así vivió. Pero entonces se vuelve irónica y con una sonrisa lo borra todo. ¿Y qué importa entonces el tener razón o no, del momento en que ella está, que ella sigue allí, con su sentido innato de lo que es justo y lo que no lo es, siempre dispuesta a entrar en nuevos combates ficticios, con sus temores a cuestas y sus alegrías infantiles? Lo mismo da ir a buscar a una hermana a un campo de tránsito francés camino de Auschwitz que ir a sacar a un hijo extraviado de una comisaría, de una cárcel o de una ciu dad extranjera donde no tenia absolutamente nada que hacer. En su mente no cabe la duda. Tampoco cabe la sensualidad. Y miren que fue bella, mi madre, como en esas viejas fotos en blanco y negro de años remotos en que resulta radiante, divina. Consumió su belleza en una época en que la belleza era cosa superflua, excepto en cir cunstancias en que había que usar sus encantos para escapar de algo irremediable. Su cuerpo inviolado fue testigo de muchas miradas y de demasiadas solicitudes nunca concretizadas, por puritanismo, por miedo, o, quizás, por falta de ocasiones. Mi madre no conoce el sexo, excepto para hacer hijos, e inculca su ignorancia con unos juicios anacrónicos, extrañamente divertidos. Y, sin embargo, mi madre tuvo un día un cuerpo deseable.
Mi madre se pone a contar. Y dentro de su cuerpo se abren heri das olvidadas y se calla y no dice nada más, petrificada por el temor absurdo de no poder seguir contando, de no poder transmitir de generación en generación su mirada y su voz, su sonrisa y su llanto, que un día todo eso se pare por un fallo en el corazón, un pequeño fallo insignificante que desbarate el hilo que la sigue atando a la vida, a la historia de su familia y a la historia del mundo. Cada vez que alguien se va, es un pedazo de memoria que desaparece en la nada. Se queda en los libros, por supuesto, pero no en el hablar, no en los cuentos que cuenta mi madre en medio del cuarto, rodeada de un silencio absoluto que sólo se quiebra para pedir más, más detalles de lo mismo, siempre lo mismo, para olvidar la fragilidad del cuerpo de ahora, de las piernas de ahora, del corazón de ahora, 76 como aquella vez en que mi madre me hablaba, sentada en el jar dín, lo más tranquilamente del mundo, con una sonrisa triste, y que después se fue, otra vez para su cama de hospital, y que después se desmayó, y que dijeron los médicos que había que operar, y que la acompañé hasta la sala de operaciones, y que le agarré la mano sin resignarme a soltarla, y que ella se aguantaba para no llorar, siem pre temeraria, pero con el miedo carcomiéndole las enfrañas, resig nada ya, pero siempre viva, tan pequeñita, tan indefensa, con la piel tibia que le quedaba de la época de las fotos en blanco y negro, tan deseada por mí ahora, que no se fuera, que no dejara de agarrarme la mano, que me siguiera contando, cada vez la misma historia, que yo iba a ser el receptáculo de su memoria, y ella me dijo que no, que no se iba, que volvería pronto, que me contaría otra vez, otras veces, tantas veces como yo quisiera. Entonces, la vi alejarse en su camilla y dije Farewell y pensé que la vida, coño... 7
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Jacobo Machover nació en La Habana en 1954 y vive en París desde 1963. Es actualmente catedrático en lengua, literatura y civilización hispánicas en la universidad de Aviñón, en Francia. Escribe indistintamente en español y en francés. Ha sido crítico literario y periodista en revistas y diarios como Magazine littéraire y Libération, así como corresponsal en París de Diario 16 y Cambio 16. Colabora en Revista de libros y Revista hispano-cubana. Entre sus libros se encuentran la novela Memoria de siglos (Madrid, Betania, 1991), la recopilación de relatos El año próximo en… La Habana (Madrid, Cocodrilo verde, 2001), y los ensayos La memoria frente al poder. Escritores cubanos del exilio: Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas (Valencia, Prensas Universitarias de Valencia, 2001), La dinastía Castro. Los misterios y secretos de su poder (Madrid, Áltera, 2007), La cara oculta del Che. Desmitificación de un héroe “romántico” (Barcelona, Ediciones del Bronce-Planeta, 2008), El terror “humanista”. Tribunales revolucionarios y paredón en Cuba (1959), Madrid, Editorial hispano-cubana, 2010 y El Sueño de la barbarie, Atmósfera Literaria, 2012 y El exilio lejos del paraíso, Atmósfera Literaria, 2016.

