Para presentar "Efluvios", de Joaquín Gálvez
PÍO E. SERRANO
“Esto no es pasajero: es de por vida”
Al saludar la aparición del primer libro de poesía de Joaquín Gálvez, Jorge Valls tuvo razón al vaticinar: “Apenas ha llegado a la fiesta y ya alerta: ‘Esto no es pasajero, es de por vida’”. Tomémoslo en cuenta, porque sí, iba en serio y su compromiso con la poesía ha sido de una permanente continuidad.
El libro que presentamos hoy, Efluvios, estoy seguro será una sorpresa para sus lectores habituales.
A Efluvios le precede una extensa y provocadora escritura poética que es resistencia al lugar común e indagación sobre la condición humana y sus zancadillas; reflexiones airadas sobre la historia y sus ardides, los abismos del alma y la desesperación del hombre rebelde que acuna la voz del poeta, implacable observador.
Esa obra anterior de Joaquín Gálvez, siete libros, es el fruto de muchos años dedicados al ejercicio de la poesía. Por el camino ha fijado un estilo desenfadado, evitado los excesos retóricos y grandilocuentes; y cultivado una conciencia crítica e irónica de la madurez. Rasgos con los que sus lectores identifican al autor.
Como veremos, en muchos sentidos esta producción poética previa viene a desembocar en el apretado sentir de estas sutiles exhalaciones, efluvios, que hoy presentamos. Esta es la razón por la cual me permitiré compartir con ustedes brevemente algunas observaciones sobre la poética que se ha ido inscribiendo en los siete poemarios anteriores.
El primero de ellos Alguien canta en la resaca (2000), en sus 62 páginas se presiente ya el obligado rasgueo de sus próximos poemas, esto no es pasajero. En este primer libro de escritura severa se encuentran ya algunas de las huellas temáticas y expresivas de su posterior escritura (erotismo-muerte, la Historia-la memoria, el mar-La Habana), y que, al terminar su lectura, más que clausurar deja abierta la curiosidad por una siguiente entrega.
“Parábola del hombre y el espejo” es un breve poema del segundo libro de nuestro autor y que, de alguna manera, adelanta el severo tono introspectivo que habita en estos poemas de El viaje de los elegidos (2005): “soy el eterno huésped de la noche”, “soy la oveja negra del rebaño”, “Renuncié a ser el viejo cazador del cisne salvaje”, “he visto claramente el grito de Job”, “Soy el aguafiestas…, soy el peregrino… soy el que no soy… Soy, obviamente, el poeta.” Tal pareciera un diálogo fugaz entre la búsqueda de una identidad y la inconsistente imagen que el espejo refleja. Esta pulsión autorreferencial, agónica a veces; otras, un inventario de ausencias (“Soy el eterno huésped de la noche”, “Soy el que no soy”.
En Trilogía del paria (2007) el poeta, obstinado, entrega una mayoritaria tendencia autorreflexiva, al tiempo que delata una irrefrenable a la vez que lúcida tendencia de malestar existencial: “busco un grito en el estiércol de todos mis pasos”, “Quien soy, he sido y seré, sino el deseoso habitante condenado a nunca poblar su sed”. El lector encontrará en este libro algunos de los poemas de mayor factura y madurez, entre ellos algunos de singular aliento y calada del autor: “Un hijo bastardo de Norteamérica”, “Reportaje sobre la luna en el anochecer urbano” y “El círculo de la memoria”, el poema que no debe faltar en la obra de poeta alguno, la mirada nostálgica sobre el paraíso/infierno perdido de la infancia.
Se observa en la siguiente entrega de Joaquín, Hábitat (2013), una visión de la complejidad humana, sus miedos y sus deseos, la exploración de nuestras contradicciones, los reencuentros con lo ya vivido. Aunque ya han sido expuestos en sus textos anteriores, en este se hacen más explícitos sus compromisos solidarios, ver “Confesiones de un espantapájaros” o la piedad ante la muerte de su perro. Observen que el título de este libro, hábitat, es propio de las ciencias sociales, es decir, entorno, refugio protector; pero también la severa penalidad de compartir el desamparo del medio, así como también el gozo de ampararse en el entrecruzar de unas piernas, de demostrar “que jugar es el único triunfo”, de “no eres el poeta de la torre de marfil”. Presumo que en el contexto de estos poemas quiere evocar la inquietante certeza de que “un alarido ha sido su estandarte”. No obstante, también, es curioso que, en la lectura callada de algunos poemas, digamos “Muerte de un perro”, “Lápida ante la demolición de un motel”, suena en mis oídos el registro bajo y profundo, grave de Leonard Cohen cuando lee poesía.
En 2016 Joaquín Gálvez tuvo el acierto, y el valor, de detenerse y mirar hacia atrás sin ira -algo así como el descanso del guerrero- y recapitular, asomarse de nuevo a su escritura. Este Retrato desde la cuerda floja, agrupa 66 poemas escogidos de su producción anterior. En esta apretada selección ha buscado Gálvez aquellos poemas identificados por una escritura a la vez intensa y contenida, un instrumento para reencontrarse con el pasado dotado de una imaginería penetrante, capaz de evocar lo ya vivido con imágenes incisivas y provocadoras. Aquí los habituales temas que interrogan la existencia, la búsqueda de la identidad y su perturbadora imagen en el espejo, el paladeo de la noche y la ciudad esquiva, el amor y la carne redentora, el largo viaje del poeta fugado siempre hacia sí mismo, la fatiga de una memoria inconsolable. Se trata pues, de una acertada selección de alguno de los poemas de mayor reciedumbre y logo de su obra, como “Relato maldito del poeta”, “Respuesta a Walt Whitman”, el agónico “Retrato maldito del poeta” o “Confesiones de un espantapájaros”, entre otros.
Años después, en 2022, nuestro autor entrega un apretado volumen, 27 poemas como dardos, titulado Desde mi propia isla que, para Orlando Rossardi, su prologuista, abraza a un hombre deseoso de fundar su propia isla con los materiales -siempre frágiles- conservados en la memoria de aquella otra isla lejana donde se corre el peligro de quedar atrapados. Para protegerse, invoca al olvido como único camino de regreso. Así en el poema que como un portazo cierra el libro, el autor puede repetir con John Donne: “Ningún hombre es una isla, pero todo hombre debe conquistar su propia isla”. En este sentido es curioso que una de las dos breves citas que abre este libro -la otra es de Auden- lo sea de Joseph Brodsky, autor de la estremecedora “Elegía mayor a John Donne”, como si ambos poetas del, en el exilio se acogieran al amparo del metafísico inglés.
Se llega así a la publicación en 2025 de Efluvios, como si se arribara a una estación, a un descanso en el camino, un apeadero donde confluyen como emanaciones la brevedad de sus estrofas, los ágiles versos de carácter aforístico resueltos en hábiles transiciones; la rara mezcla de la ironía, el desenfado y el distanciamiento no son otra cosa que la faz de un temperamento siempre en estado de alerta. Salvo cuando se acoge a ese “tono de lírica intimidad”, como sugiere Manuel C. Díaz en su reseña para El Nuevo Herald, donde amor y erotismo se abrazan en una melancólica incertidumbre:
En el silencio cómplice de esta escritura,
Como un pergamino que cobija la memoria secreta
De una mujer desnuda,
La luna ha sido mi camino de regreso
A tu desnudez perdida.
Desde la madurez expresiva alcanzada a lo largo de su obra anterior, en esta ocasión Gálvez ha acudido a la brevedad estrófica dispuesto a exprimir, comprimir el sentido último de su extensa obra anterior para acudir al soplo, a las sutiles exhalaciones, efluvios:
-Apretadas autorreflexiones: “Soy el olvido que ha recuperado su memoria. / Y ahora soy una flor.”
-El eros expresado en esa ‘lírica intimidad’ mencionada: “En ese territorio que lo conforman / tu cuerpo y tu alma quedé a salvo / como en una patria etérea y sin nombre.”
-La tentación filosófica: “Todo paso en la tierra es irrepetible. / Solo unos pocos dejarán huella”.
-El rechazo a la impostura: “En la pupila del rebaño, / no pocos impostores han logrado / erigirse una estatua”.
-Las miradas melancólicas que acogen el reino de la infancia: “La memoria es un río revuelto /donde siempre flota mi infancia. / Un río que me devuelve el corazón de mi padre / y el rostro de mis primeros amigos. / Y hoy descubro que esa fue mi pesca mayor.”
Como se aprecia, el poeta inserta sus composiciones en el prestigio de una milenaria tradición epigramática, aforística, compuestas por máximas, sentencias, apotegmas, entre otras formas semejantes, al menos desde los Proverbios bíblicos sobre lo human o y lo divino, pasando por la riqueza de contenidos del Rubaiyat de Omar Kahyyam y las formas codificadas del jaiku japonés y del sijo coreano, entre tantas otras. Las reflexiones, sentencias y máximas morales alcanzaron un prestigio inusitado en la Francia prerrevolucionaria, concisas y sugerentes, generalmente destilan una amarga visión del género humano.
En el origen y continuidad de estas composiciones se encuentra hasta nuestros días -y en los efluvios de nuestro autor- la herencia de esa expresión breve, fugaz, provocadora, sentenciosa, melancólica, pesimista, erótica, rica, admonitoria, concisa que, en sus disímiles formas –máximas, sentencias, aforismos.
Y hasta desde la tierra del autor llegan emanaciones, como la que José Martí titula con un sintagma que es propiamente un efluvio, ‘Polvos de alas de mariposas’, para dar paso a la estrofa, un efluvio en cuatro versos “¡Oh! Diles que callen; / Diles que no rían; / Que no gocen diles; / ¡Que está lejos de mí la amada mía!”.
Joaquín Galvéz ha sabido apropiarse de esta herencia y enriquecerla para entregarnos, con la autenticidad de su escritura el saboreo de ‘los instantes de epifanía’, en palabras de José Hugo Fernández.
Ahora solo resta unas breves palabras para trazar un breve perfil del autor.
Joaquín Gálvez (La Habana, 1965) pertenece a una generación de jóvenes autores que al tiempo que abandonan Cuba se disponen a fundar su propia isla, refugio y hábitat de una conciencia en estreno. Se exilió en Estados Unidos en 1989. Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Cursó estudios de posgrado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Internacional de la Florida. Ha publicado los poemarios Alguien canta en la resaca (2000), El viaje de los elegidos (2005), Trilogía del paria (2007), Hábitat (2013), Retrato desde la cuerda floja (2016) y Desde mi propia isla (2022). Desde fechas tempranas, textos suyos aparecen en numerosas antologías en Estados Unidos. En 2024 dio a conocer un volumen de ensayos y artículos, ¡Cuídate, Cuba, de tu propia Cuba! con el propósito de sacudir conciencias, denunciar imposturas, sin que le falte el humor y la ironía. Atento a la sociedad literaria cubana se ha impuesto la difícil y riesgosa tarea de promotor cultural. Durante quince años, desde 2000, fundó y dirigió la tertulia La Otra Esquina de las Palabras. En este sentido es admirable su capacidad de entusiasmo y la fatigosa entrega que le ha significado la fundación y dirección de Insularis Magazine entre las revistas digitales de Literatura, Arte y Pensamiento.
Palabras leidas en la presentación del poemario Efluvios, el 12 de junio de 2026 en Librería Arenales, Madrid.
Pío E. Serrano (Cuba, 1941). Reside en España desde 1974. Editor, ensayista, traductor y poeta. Enseñó Filosofía en la Universidad de La Habana. En Cuba, perteneció al Grupo El Puente. Fundó en 1990 la editorial Verbum y la dirigió junto a su esposa, Aurora Calviño, hasta su jubilación en 2014. Desde su retiro, continúa dirigiendo para Verbum la Serie Literatura Coreana y la Biblioteca Cubana. En 1996 fundó y codirigió con Jesús Díaz la revista Encuentro de la cultura cubana.

