Cinco poemas de "Utopiario"

LUIS MANUEL GARCÍA MÉNDEZ

PADRE NUESTRO, QUE ¿ESTÁS?‍ ‍

“Sólo quisiera yo que mi padre mirara con mis ojos”.

William Shakespeare

(Sueño de una noche de verano)

A mi padre jamás necesitaron amaestrarlo

Fue autodidacta en la obediencia incondicional‍ ‍

a las utopías que fraguó mótu próprio‍ ‍

con la materia prima que ellos le ofrecieron

‍Mi padre no fabricó el carruaje del triunfo

Pero pagó el pecado original

descendiendo

                   de su automóvil

para solicitar el puesto más humilde en la lanza

Y empujó     hasta el día de su muerte

con el fervor de las beatas

y los mártires de la edad antigua

Nunca padeció otra devoción que no fuera empujar

con toda su alma    y la cabeza gacha

Aunque al final vino la duda     esa alimaña

a cebarse en sus discursos y sus mitos‍ ‍

Le dentellaba la idolatría como un virus de presa

(No podía decapitarla    porque se había incubado

algún día de su ya remota adolescencia)

Y cuando creyó que no creía  

jugó a no creer que no creía

El infarto te salvó    padre   

de un cáncer en la fe

Confiaste que tocaríamos el cielo

sin estaciones orbitales ni ascensores

Fuiste crédulo y fiel

Carlos Marx y Dios premiarán tus buenas intenciones

Sea leve tu tránsito‍ ‍

                    padre‍ ‍

                         hacia la nada‍ ‍

Descansa en paz     Vuelve tus ojos al infinito‍ ‍

No mires   por favor   hacia la Tierra‍ ‍

Una verdad obscena podría desvirgar tu inocencia

‍Duerme para siempre en el regazo de tus mitologías

Descansa en paz

                 padre

                      Descansa

Quizás los dioses te hayan destinado

a un cielo malva claro  sólo apto para crédulos

Quizás te muestren a los turistas          rara avis ‍ ‍

Y un ángel contrabandista haga pasar ‍ ‍

por ciertas tus mejores visiones sin coartada‍ ‍

Quizás proyecte para ti cada día‍ ‍

el holograma de tus sueños‍ ‍

Quizás seas feliz          Padre               Quizás‍ ‍

Quizás te envidie.

‍ ‍‍‍ ‍

CUMPLEAÑOS‍ ‍

‍ ‍ A Claudia‍‍

Habitamos ese país sin bordes‍ ‍

y sin fondo que es la supervivencia‍ ‍

Salvo mi sonrisa   ‍ ‍

que no consigue enmascarar la angustia‍ ‍

nada tengo que ofrecer a mi hija‍ ‍

ni recién cumplidos (diez minutos hace)‍ ‍

los cinco mínimos años de su edad‍ ‍

Intento envolver en papel de regalo‍ ‍

uno solo de los mil y un millones ‍ ‍

de atardeceres que han sido‍ ‍

Atardecer intransferible‍ ‍

que señalice para siempre‍ ‍

algún cauce fértil de su memoria‍ ‍

cicatriz de luz    ‍ ‍

tatuaje en la nostalgia‍ ‍

que ni siquiera se borre‍ ‍

una vez concluido todo el abecedario‍ ‍

Pero la ciudad urde contra su asombro‍ ‍

Una conspiración         de puertas clausuradas

‍ ‍                                   de risas clausuradas‍ ‍

Algún postigo de párpados caídos   ‍ ‍

visillo a media asta‍ ‍

Calles desoladas de amantes y de niños ‍ ‍

Sólo se escucha la tos de la ciudad ‍ ‍

alveolos corroídos de quien fumó ‍ ‍

hasta quemarse los dedos       la esperanza‍ ‍

para desmenuzar más tarde la colilla al viento‍ ‍

Rostros como lapsus visuales ‍ ‍

Mausoleos de ceniza ‍ ‍

Cicatrices de ventanas que algún día‍ ‍

acogieron sortilegios de amor‍ ‍

entre miradas y paisajes‍ ‍

Puertas cariadas de ausencia   ‍ ‍

Mutilaciones que supuran aún‍ ‍

asfalto y sueños agrios‍ ‍

Ciudad bombardeada que aguarda ‍ ‍

el próximo escalofrío fuerza tres‍ ‍

en el lomo del mundo    para venirse abajo‍ ‍

         Hasta el aire:       niebla sin nube‍ ‍

                                    humo sin llama 

Y me aterra que inhale esa sustancia procelosa  ‍ ‍

(ni coartada    ni antídoto)‍ ‍

y expela           como dragón sin princesa ‍ ‍

dos fumaradas grises‍ ‍

que habrán erosionando ya‍ ‍

la rosada inocencia de sus pulmones‍ ‍

—apenas cinco            los años de su edad   ‍ ‍

y no se ha dado cuenta—‍ ‍

Invento entonces una musiquita ‍ ‍

con barcos de papel y hormigas marineras‍ ‍

Conjurar el pavor de su mirada‍ ‍

—sólo cinco los años de su edad—‍ ‍

Incluso       contra todo pronóstico‍ ‍

persisto en mi atardecer   ‍ ‍

(terquedad de gallegos y asturianos ‍ ‍

que vagan por mi sangre) ‍ ‍

Intento suicida salvarlo para ella‍ ‍

en el azul sinuoso de la mar‍ ‍

pero el gris nos asedia ‍ ‍

y el océano agoniza      con resignación ‍ ‍

de paquidermo herido‍ ‍

Corre mi hija hacia su atardecer‍ ‍

Casi no me da tiempo a salvar su mirada‍ ‍

Por suerte y por ahora   no sólo soy más alto‍ ‍

sino también más rápido     ‍ ‍

No más convincente‍ ‍

A falta del peluche naranja‍ ‍

que intenta abandonar en una lágrima ‍ ‍

ella quiere su atardecer ‍ ‍

—lo prometido es deuda   siempre ‍ ‍

que la maestra me encomienda tarea—‍ ‍

pero un decreto acaba de abolir‍ ‍

el atardecer    por indeciso ‍ ‍

Y la ciudad ya se afila los dientes‍ ‍

cuando la noche se nos viene encima‍ ‍

No basta          un duérmete mi niña‍ ‍

un cuento con hadas madrinas‍ ‍

mi modo de abrazarla ‍ ‍

                   como ofreciendo protección‍ ‍

cuando en verdad me acojo a su sonrisa‍ ‍

Mañana o el domingo   lo prometido es deuda‍ ‍

Deuda    deuda    deuda que pesa‍ ‍

como un asesinato en mi conciencia‍ ‍

                       Y no puedo saldarla.‍‍ ‍

EXILIOS

Por suerte    mis amigos ‍ ‍

no acudieron esta noche a estropear la limpieza‍ ‍

con la cristalería rota de sus ilusiones ‍ ‍

y las pisadas húmedas de sus nuevos dioses‍ ‍

Quizás intuyan que adeudar un atardecer‍ ‍

                           es más que suficiente‍ ‍

Cada mañana me cuesta el doble

‍ ‍                         barrer esos destrozos‍ ‍

Y torpe               me empecino‍ ‍

en profesar el amor a una mujer    ‍ ‍

que hoy me queda tan lejos‍ ‍

como las antípodas de la nostalgia‍ ‍

aunque la sábana insista en conservar ‍ ‍

su calor y su silueta      intactos‍ ‍

con la fidelidad de un recuerdo adolescente‍ ‍

o la felicidad a plazo fijo‍ ‍

que compraremos        en la próxima vida‍ ‍

                                  con el ahorro de ésta

Por suerte mis amigos‍ ‍

han concertado un pacto de silencio‍ ‍

tras descubrir por abuso‍ ‍

que la desesperanza no resiste‍ ‍

                                    la sintaxis regular‍ ‍

                                    ni el subjuntivo‍ ‍

Algunos han optado por mascar en silencio‍ ‍

frijoles negros y nostalgia ‍ ‍

en un café del boulevard Saint-Germain‍ ‍

olfatear a orillas del Guadalquivir ‍ ‍

el verde aqua del Caribe‍ ‍

            cuando una promisoria marea‍ ‍

                      empuja tierra adentro al Atlántico‍ ‍

o encarcelar  sueños fraguados‍ ‍

en el castellano húmedo    sinuoso    de las islas‍ ‍

tras palabras de alta seguridad‍ ‍

Made in Kentucky‍ ‍

O peor        Caminar la ciudad  ‍ ‍

un jueves    un martes   un lunes de ceniza‍ ‍

enmascarados con  una sonrisa azul de poliamida‍ ‍

que a fuerza de miedo y de costumbre‍ ‍

ya no sabrían arrancarse ‍ ‍

decir siempre que hay día despejado y sol radiante‍ ‍

que “el cielo está estrellado‍ ‍

y titilan azules los astros a lo lejos”‍ ‍

que el añil de la mar es impecable‍ ‍

(sin levantar los ojos del asfalto)‍ ‍

                        Se han exiliado‍ ‍

                                    en un país sin coordenadas‍ ‍

Ningún mapa los traerá de vuelta‍ ‍

Ninguna línea aérea los alcanza‍ ‍

Su presencia es un accidente de la anatomía ‍ ‍

un puñado de órganos provisionalmente concertados‍ ‍

compuestos de carbono, agua y sales minerales‍ ‍

en un frasco de piel     que descansa‍ ‍

sobre el último anaquel de la patria‍ ‍

un número de identidad por etiqueta‍ ‍

Se marcharon para siempre de si mismos‍ ‍

—acogidos a sagrado       gozan de inmunidad ‍ ‍

bajo la documentación irreversible del olvido—‍ ‍

No hay autoridad aduanal capacitada‍ ‍

para otorgarles     visado de regreso. ‍ ‍

Mis amigos‍ ‍

no acudieron esta noche a estropear la limpieza‍ ‍

con la cristalería rota de sus ilusiones ‍ ‍

Ni acudirán mañana‍ ‍

Puede que el domingo‍ ‍

Les invite a visitarme               puede‍ ‍

que desempolve sus retratos‍ ‍

de juventud                              en blanco y negro‍ ‍

o sus imágenes                         a todo color‍ ‍

                                               incluso digitales‍ ‍

ante las ruinas del Partenón‍ ‍

                                    o de la adolescencia.

INOCENCIA

La inocencia está en veda permanente‍ ‍

pero un día pastó en los jardines‍ ‍

flores carnívoras disfrazadas de lirios‍ ‍

Menos temíamos al exceso    que al déficit‍ ‍

“Pobre del que no esté dispuesto ‍ ‍

a correr riesgos    pero sí a correr”‍ ‍

—era la máxima del día‍ ‍

el jingle del equipo antes de arrojarse‍ ‍

a la arena movediza del circo—‍ ‍

Aunque nos tentaran desde el graderío‍ ‍

sirenas escamadas de polyester ‍ ‍

encantadores de electrodomésticos‍ ‍

Íbamos desnudos    macilentos a veces‍ ‍

asediados por una fiebre de eternidad‍ ‍

más endémica que cualquier consigna‍ ‍

Queríamos ser buenos    aunque fuera imposible‍ ‍

Ya en el intento de ser mejor   ‍ ‍

puede uno echar la vida ‍ ‍

Pero ellos nunca necesitaron buenos   ‍ ‍

sino obedientes‍ ‍

adictos a las filosofías contemplativas ‍ ‍

o temibles maestros de primaria ‍ ‍

Durante mucho tiempo nos fue vedado el mundo‍ ‍

Yo era todavía demasiado joven       pervertible‍ ‍

En mi cerebro no había fraguado aún ‍ ‍

el cemento de las consignas‍ ‍

Ni hijos que se treparan a jugar en mis alas‍ ‍

                 “El más allá es peligroso —advertían—‍ ‍

Podrías extraviarte    cegado‍ ‍

                  por los fulgores de su quincallería”‍ ‍

Subvencionaron los lentes oscuros    ‍ ‍

para protegernos‍ ‍

Ya por entonces   ‍ ‍

preguntar demasiado era sospechoso‍ ‍

y callar demasiado‍ ‍

y soñar demasiado‍ ‍

y husmear demasiado    ‍ ‍

y no padecer astigmatismo‍ ‍

                 “El futuro pertenece por entero a los jóvenes”‍ ‍

Pero ya por entonces    ‍ ‍

tener veinte años era sospechoso‍ ‍

                 “(el futuro dije   no el presente)”‍ ‍

Cuando por fin envejecí   ‍ ‍

—ya era confiable    hasta que ‍ ‍

no se demuestre lo contrario—‍ ‍

pude salir al graderío    que circundaba‍ ‍

como un nudo corredizo la arena‍ ‍

del circo que un día confundimos con el universo‍ ‍

(sólo la nada maligna se extiende         rezaban‍ ‍

los textos escolares                              más allá de las gradas)‍ ‍

Pero descubrí con pavor que salvo un grupo de adictos ‍ ‍

que preferían nuestro desfile al fútbol‍ ‍

o se empecinaron en un amor adolescente‍ ‍

(aunque ya fuera casada y con dos hijos)‍ ‍

o tapiaron sus ojos con calcomanías‍ ‍

y no veían sino en pretérito pluscuamperfecto‍ ‍

Salvo las víctimas que cobró la nostalgia‍ ‍

y los feroces sioux de la revancha‍ ‍

que vociferaban anticonsignas ‍ ‍

el resto de las gradas (incluso las de sombra)‍ ‍

              permanecen vacías‍ ‍

La gente hormiguea en la ciudad‍ ‍

enloquecida de automóviles   rascacielos y aviones‍ ‍

Y nos empecinamos en un desfile‍ ‍

de espectros                 caballeros andantes y fantasmas‍ ‍

     de una mitología olvidada‍ ‍

hollando en círculo los pasos consignados en la arena ‍ ‍

Remendamos               el gesto‍ ‍

la fe deshilachada por abuso‍ ‍

Intentamos disimular en público‍ ‍

Como si la humanidad en pleno ovacionara‍ ‍

nuestra prolija reincidencia:‍ ‍

colocar cada paso‍ ‍

en la huella fósil‍ ‍

de una antigua esperanza‍ ‍

Demasiado ocupados para percatarnos:‍ ‍

Una muralla de gradas vacías   ‍ ‍

nos separa del universo.

‍ ‍

MEDIOCRITAS

Alguna vez fui cómplice de un sueño‍ ‍

Confié en el poder de que millones ilusionaran al unísono‍ ‍

Pero ellos se echaron a dormir sobre millones de sueños‍ ‍

delicados al tacto como plumas‍ ‍

Cebaron sus ambiciones furtivas‍ ‍

con nuestras utopías de fraternidad y amor universales‍ ‍

—Jehová y Ogún no los acompañaron—‍ ‍

—Jehová y Ogún no nos acompañaron—‍ ‍

El hombre persigue la sabiduría hasta que ella lo alcanza‍ ‍

Pero el tiempo de las persecuciones había concluido‍ ‍

—anunciaron y en rima consonante desistieron— ‍ ‍

                 “El poder es un buen sucedáneo del saber”‍ ‍

Hoy me reservo para tirar del cochecito ‍ ‍

donde mis hijos   cinco más tres   ocho años en total‍ ‍

duermen una inocencia que no admite segundas ediciones‍ ‍

Soy un hombre común     padre     amante     ‍ ‍

“Cuando más viejo me voy haciendo, caro Lucio, tanto más me congratulo de no ser sino un hombre: mortal, equivocado y orgulloso de serlo”. (Torthon Wilder: César en: Los idus de marzo)

‍Debo un atardecer       No sé cómo pagarlo‍ ‍

Temo el día que la inocencia ‍ ‍

de mis hijos se quiebre   como una cáscara‍ ‍

y yo carezca de ídolos   de sueños que ofrecerles‍ ‍

como un antídoto para sobrevivir en este mundo ‍ ‍

que hace metástasis de smog y de dineros‍ ‍

Un hombre común que agradece cada mañana‍ ‍

la mera circunstancia de estar vivo‍ ‍

el sorbo de café y el pedazo de cielo‍ ‍

que se escurre por mi ventana‍ ‍

sorteando el verde tierno de la picuala‍ ‍

No intento refugiarme en la amnesia‍ ‍

ni en dioses eventuales‍ ‍

ni en amuletos electrodomésticos‍ ‍

Mi orgullo y mi condena    cazar durante años ‍ ‍

las palabras que me hagan compañía ‍ ‍

eludir mausoleos de gerundios   tótems de consignas‍ ‍

eludir la pasividad de las palabras‍ ‍

que se pliegan a ser sodomizadas‍ ‍

como una asamblea de sinflictivos y neutrales‍ ‍

que levanta la mano en el sentido ‍ ‍

de la restante mayoría de sinflictivos y neutrales‍ ‍

que levanta la mayoría en el sentido restante‍ ‍

que levanta la restante en el sentido ‍ ‍

sinflictivo y neutral y mayoría‍ ‍

que levanta la mayoría en el sentido‍ ‍

Imágenes cada vez más embrolladas‍ ‍

Suelen decir lo que no quiero‍ ‍

(Evitaré diccionarios   palabras en conserva)‍ ‍

Un hombre que confía en el indulto ‍ ‍

de una muerte súbita (utopía quizás en el miocardio)‍ ‍

Mi alma volará derecho al infinito‍ ‍

—déjenla   por favor   no se extravíe‍ ‍

y vaya a dar    equivocada      al cielo.‍‍

Adquiera el libro: https://a.co/d/0eNWLcPT


Luis Manuel García Méndez, escritor y periodista, ha sido investigador científico; profesor de Geociencias, Escritura Creativa, Literatura, Teoría del Conocimiento y Filosofía; editor y jefe de redacción. Ha publicado,entre otros, los volúmenes de cuentos Los Forasteros (1988), Habanecer (1990) y El Señor de los naufragios (2011); las novelas El restaurador de almas (2002), Bitácora del silencio (2012) y Última muerte de Basilio El Bendito (2015); el volumen de no ficción Diario Delirio Habanero (2010), y los poemarios Un asombro pendiente (1994) y Utopiario (2003). Nació en La Habana y ha vivido los últimos treinta años entre Jaén, Sevilla, Houston y Madrid.

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