La visita y otros poemas

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

LA VISITA

Manejé más de cien millas

por una carretera temeraria

en busca de la poeta de los gansos salvajes.

Quería decirle que su poema

me había devuelto sana y salva

a la centrífuga pasmosa de los días.

Me era importante que supiera

que en ese poema yo respiraba,

hacía amagos de danza,

me despojaba de un peso milenario.

No tenía que ser buena

ni caminar por el desierto de rodillas

ni manejar por una carretera temeraria.

Pero lo hice por ti, por mí,

por la bandada, en definitiva.

Cuando llegué me dijeron que ya no vivía,

que llegaba tarde.

María Oliver era pese a todo

simplemente mortal.

Me costó creerlo. Retorné a la autopista.

Manejé esas cien millas de vuelta a casa

como el ganso doméstico que todavía soy. 

OTRO WALDEN

Froto manchón negruzco de Scott,

homeless apacible

que fuma weed y medita.

Manchón que deja su suéter justo

donde recuesta el cuerpo a la pared.

Intención: calentarse.

Trozo de pared, cuerpo y tableta

donde pasar el día.

Por la noche, intemperie.

Duerme donde las ardillas duermen

y nunca se queja.

Una vez tuvo un barquito

donde echaba sus huesos

pero la corriente lo arrastró

y nunca supo a dónde.

Así su vida también fue arrastrada

por corrientes voraces que ya amainaron.

Patillas a lo Thoreau, sombrero de mujer

y sombra color grafito es todo su capital flotante.

En este asiento color tierra cultiva sus desvaríos.

Ensoñaciones de una casa prometida

en la más remota, inaccesible, de las distancias.

 EL AGASAJO

Nos reunimos después de una plaga

y otras dolencias de por medio.

Había frutas, tomaticos aliñados con olivas

y alguna otra exquisitez italiana “sin carne”.

Pero el té con aroma de frutillas superaba todo.

Lo bebimos y el mundo comenzó a ensancharse.

Te traje una concha de almeja con un detalle de Klimt,

rostros de mujer y pechos rosados.

Me mirabas a los ojos antes de escribir las dedicatorias

de los libros con los que también me agasajaste.

Por momentos te recordaba a tu madre,

a una antigua novia,

a la hija que no tuviste.

Hablaste de Preston, de la bahía de Nipe

y tus días de infancia,

los jornaleros venidos de las islas,

los empleados de Georgia, de Louisiana,

los barrios llamados Brooklyn, New York y Washington.

No había racismo, me dijiste.

En el batey había rangos sociales

que daban los empleos

pero nunca te enseñaron a distinguir por razas.

Tal fue así que te enamoraste de aquel niño esquimal

que vivía en un cayo donde la pesca era buena.

Cuando todo fue confiscado, aún recuerdas,

los gringos se fueron del pueblo llorando.

“Vivían como reyes allí, cómo no llorar”.

Nunca más supiste del niño de Alaska,

a su casa de mangle se mudaron cangrejos.

NADA ES LO QUE ES Y VICEVERSA

A través de un sutil olor a sándalo

deducimos que el yogui ha regresado.

Es el único -aparte de los niños-

que se descalza al caminar entre nosotros.

Entra siempre al cuarto más tranquilo,

dispone algunos libros en la mesa

y compone una suerte de altares

o instalaciones ritualistas

que solo él sabrá a qué conducen.

A veces apila libros sobre su cabeza

cierra los ojos y entra en meditación.

La manager dice que este hombre

ha venido acá para traernos paz.

Pero hoy tuvo sus dudas

cuando le mostramos el remanente que dejó:

florecitas azules idénticas y en hileras

pintadas sobre la mesa.

(Alguien asqueado se queja de que aglutina

el pigmento con su saliva.)

Simples flores de solo cuatro pétalos

que borramos después de su partida.

En otras circunstancias este hombre

se ganaría un reporte

y unos días excluido de venir a visitarnos.

Pero la manager sugiere que pese a todo

el trasgresor tiene corazón de artista

y ella es mujer sensible.

Descuida las normas en favor de la indulgencia,

de igual modo que este hombre confunde la biblioteca

con un templo.

EL TECHO ESTÁ ALTO

La alcaldesa es una buena persona.

Ha firmado una ley que garantiza

que el propietario debe avisar dos meses

por anticipado al inquilino

sobre el alza del precio de su renta.

En esos dos meses el inquilino

desvelado, inconforme, furibundo,

tendrá garantizado el techo

para insultar, defraudarse y llorar.

Cuando entre el tercer mes

sabrá que no ha conseguido hogar

pero nadie dudará de la buena mujer

que cómodamente toma un café en su casa

valorada apenas en un millón de dólares.

La alcaldesa sueña que cava y cava

un túnel para que escapen los menos afortunados

a algún lugar remoto en el fondo

de la tierra.

Las reglas del mundo han cambiado.

Los días en que se recoge la basura

han cambiado también.


María Cristina Fernández. Santiago de Cuba, 1970.  Su colección de cuentos, ‘P’ (Ediciones Furtivas, 2020) mereció el galardón de plata del Florida Books Awards del mismo año. Tiene publicados otros tres libros de narrativa: ‘No nací en Castalia’ (Editorial Silueta, 2016), ‘El maestro en el cuerpo’ (Miami, 2010) y ‘Procesión lejos de Bretaña’ (Editorial Letras Cubanas, 2000). Miracle Mile’, su primer libro de poesía, fue publicado por la editorial Casa Vacía en el 2021. ‘Mandorla’ se publicó por la misma editorial en 2023. ‘En el nombre de la rusa‘ se publicó por Bokeh en 2025.Textos suyos han sido traducidos al inglés, al italiano y al portugués. Artículos y reseñas suyas pueden encontrarse en publicaciones y antologías varias. Desde el 2006 reside en Miami.

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