LUIS FELIPE ROJAS

BORGES, EN SU JAULA

La puya es achacada a Pierre Menard, vecino y consorte de travesuras de Miguel de Cervantes. Ambos, en sus horas de aburrimiento, habían leído con pasión los apuntes del Ciego de Lepanto, un joven escritor al que le dio por destruir mitos literarios de medio mundo entre El Toboso y Buenos Aires. Nadie hasta entonces había empeñado sus días en escribir palabra a palabra nuevamente el Don Quijote original.

No había manera de que sus tristes e infructuosas conversaciones no recalaran en una joven doncella cuya tumba adornaba un insignificante rincón de La Recoleta. Maia Corama.

"h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole", dijo el novelista en una ocasión citando a su adorado y casi nunca citado amigo JB. Whiskys de por medio, medio mundo hablaba de ello, pero de esas consecuencias ya sabemos... el whisky J&B produce ceguera, sordera y otras amnesias que de las que no solemos hablar.

"El autor eres tú, el Supremo", dice PM que le dijo JB una tarde fría en BsAs. Entonces la Literatura sufrió uno de sus mayores revolcones en siglos.

"El ensayo siempre va a perderse entre las patas gangrenosas del cuento", asegura JB que le dijo el espectro de PM una tarde calurosa, camino al cementerio donde reposaban los huesos de una Corama intocada por los deseos de ningún hombre, excepto aquellos dos espectros que dedicaron su vida a rendirle tributo al Caballero de la triste finura.

"He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto...", parece haber escrito JB -sin J&B de por medio- según cita Menard en la despedida a su amigo en un tristísimo domingo en el cementerio de Plainpalais, en la Ginebra fría -no confundirla con J&B.

Pierre Menard es un fraude. Impostores y todo, Borges, tú y yo somos "los lectores más radicales y [menos] exigentes de la historia".

(Re)leer es el mayor fraude de la historia.

 

ASPEREZAS _VISIONES URBANAS

Hace unos meses fui ayudante de unos carniceros cubanos en un popular mercado de Miami. Me sorprendía la forma hosca en que estábamos casi obligados a saludarnos al inicio de cada turno y me sorprendía más la camaradería que se iba impregnando en nosotros mientras nos hacíamos de los trapos de limpiar restos de animales, las mangueras de agua fría, las chágaras limpias y relucientes sobre las bandejas de plástico rugoso. Me gusta Peter Handke por su forma limpia de desplazarse sobre los fenómenos diarios. Me gustaba allí el olor a sangre que no es sangre en sí; desde entonces me gusta el color pálido de las aves deventradas unos grados más abajo del congelamiento. Llevan una mayor carga de inocencia. Bebí café amargo y a veces dulce como las mermeladas que se chorreaban de los pasteles que nos regalaban en el departamento de al lado. En ocasiones pasé del saludo áspero en la mañana a la entrañable anécdota de un portorriqueño que recién había viajado a su isla. Una noche sonó un portazo mientras tasajeábamos y tasábamos unos pescados sin mayor identidad que un código electrónico en la caja y su envoltura. Nos pedían apurarnos, terminar y limpiar, y limpiar bien para el turno siguiente. Había momentos de confort en el café y momentos de aspereza sin derecho a réplica. Ahora pienso en Handke y su mirada infinita sobre los objetos muertos, ásperos de tanto haber vivido.

 

“GOD BLESS YOU”

Sudorosas y festivas, unas chicas quieren hacerme usar una corona de cartón de cinco puntas. Estoy en el territorio animal de su equipo de fútbol americano, aledaño al colegio donde bienviven la fortuna de sus cuerpos postadolescentes. Vienen pretendidas o custodiadas por unos chicos fortachones y altaneros.

“Estás en territorio P…”, me dice el más altivo de ellos, uno de sus guardias de corps.

Amable, pero firme me niego a colocarme artefacto alguno en el lugar en que me pusieron unas hojas de albahaca al nacer, y ríen.

Con esa juventud recién estrenada dibujan con sus lenguas unas frases en inglés, como el que sale en los comerciales de las camionetas de lujo.

Me niego a quedarme y a seguir.

Soy una cosa incómoda en el grupo que apesta  a sudor en esas camisetas juveniles. Precisamente frente a nosotros hay una feria para la exposición y venta de armas de fuego, armas blancas y objetos punzante-contundentes.

Recuerdo una escena de “El Extranjero”, de Camus. El protagonista desanda por una playa bajo un inclemente sol y se cruza con dos árabes, allí no hay gritos desaforados ni agresión explícita, inicialmente.

«[…] Los dos árabes no se habían movido. El segundo seguía con la vista fija en mí, pero de un modo extraño, sin animadversión, casi con indiferencia, aunque con una fijeza que me molestaba. Avancé unos pasos hacia la fuente. El árabe no se movió. Comprendí entonces que si me retiraba, no pasaría nada. Pero el sol era tan ardiente que me dolían las mejillas y sentí gotas de sudor estallarme en la frente. […] El aire mismo parecía hervir sobre el mar. Era una brasa sofocante que se venía encima de nosotros. […] Aquel calor ardiente pesaba sobre mí y me impedía avanzar. Sin embargo, di un paso, un solo paso hacia adelante. Y esta vez, sin levantarse, el árabe desenvainó su cuchillo y lo enseñó al sol. La luz brilló en el acero y fue como una hoja blanca y larga que me apuntaba a la frente».

“God Bless You”, dice un membrete de cartón que me obsequia desde dentro del grupo que me flanquea, una pelirroja con doscientas mil pecas en la cara.

Callan los chicos fortachones de la mirada vacía.

Me habrá salvado el olor a albahaca de jardín, pienso, mientras me alejo sin mirar atrás.

Mientras me alejo, se apaga la algarabía de la adolescencia que se les acaba.

 

A mi padrino le decían « Mayagüez », un descendiente de puertorriqueño que se había afincando en Pilón y enseñó a muchos cubanos a hacer dulces. Siempre me embutía una libra de golosinas en un cartucho de papel ‘craft’ marrón claro que chorreaba manteca pastelera por los cuatro costados.

A veces mi mamá me traía en un cono de cartón enorme, un regalo que era merengue de dos o tres colores.

Antes de cruzar el río desde « El batey » a « Calabaza » miraba hacia la ventana de la dulcería a ver si veía a mi padrino « Mayagüez » acarreando sartenes de dulces o panes desde o hacia el horno de leña. A su mujer, mi madrina, le decíamos « Madrina Quela ». Me gustaban los polvorones que se destrozaban y sus migajas iban a dar al fondo del cartucho, ahí siempre quedaba una buena provisión para juntar en un montoncito con mis cinco dedos de niño.

En su novela « Los vulnerables », Sigrid Núñez noticia de « un remedio infalible para el bloqueo del escritor », esto lo recuerda de un profesor y a su vez viene de un texto homónimo de Joe Brainard. « El milagro del libro de Brainard », apunta Núñez, es que « tú mismo ‘puedes’ escribirlo ».

« Me acuerdo » -le guiño a Brainard más de 31 años después de su muerte en Nueva York- que a mediodía, al salir de la escuela, pasaba por la panadería-dulcería donde trabajaba mi padrino « Mayagüez » y éste me echaba todos los dulces del mundo en un cartucho de papel ‘craft’.


Luis Felipe Rojas (San Germán, Cuba, 1971). Escritor y periodista. Tiene publicados los libros Secretos del Monje Louis (2001); Cantos del malvivir (2004), Animal de alcantarilla (2005), Anverso de la bestia amada (Premio Calendario, La Habana, 2006), Para dar de comer al perro de pelea (NeoClub Press, Miami, 2013) y Máquina para borrar humanidades (Eriginal Books, Miami, 2015). Fue co-coordinador en Holguín de la revista Bifronte, censurada y clausurada por el gobierno cubano. Es autor del blog Cruzar las alambradas. En Miami, donde reside desde 2012, ha trabajado en la emisora Radio Martí y el portal Martí Noticias, y en la actualidad labora en La Voz de América.

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