Memorias de un realista desaforado
JOSE HUGO FERNÁNDEZ
Mientras la poesía cubana eleva el vuelo, diversa y cosmopolita, nuestra narrativa chapotea sobre aguas estancadas, copiando estructuras de cuando el Morro era de palo, jerarquizando con simpleza la anécdota sobre el envoltorio, estereotipando el color local y, para colmo, sujeta a los recursos (enunciativos, nunca escrutadores) que les sirven en bandeja las oprobiosas circunstancias políticas de la Isla. No importa si sus creadores son viejos o jóvenes. Todos parecen recortados con la misma tijera.
Sin embargo, quiero creer que tal situación, lejos de constituir un mal crónico, no es sino un síntoma pasajero, uno de esos períodos de inacción y reacción por los que suele transitar cualquier organismo vivo. De hecho, resulta innegable que, en la actualidad, tanto entre los viejos como entre los más jóvenes narradores cubanos, sobresale un pequeño grupo de escritores pura raza que, a golpe de talento -aun cuando más y menos conscientemente-, aplican el sabio consejo del poeta Basho: “No camines sobre los pasos de tus antecesores, busca lo que ellos buscaron”. Tales escritores no sólo están enfrentando con buen talante ese estado de abulia para nuestra narrativa. También ponen en entredicho a la bandada de agoreros que en todo el mundo hablan por estos días sobre el inminente desbarranque de la alta literatura tal y como ha sido disfrutada a lo largo de siglos.
Félix Luis Viera es sin duda una figura de especial relieve dentro de ese grupo de nuestros aventajados narradores. Y no uno más. Pues él no sólo ha buscado lo esencial de aquello que a su vez buscaron (y hallaron) grandes antecesores, sino que, al hacerlo, desarrolló un estilo que bien puede alumbrar el camino para las futuras búsquedas de otros posteriores. Se trata de una realidad constatable a ojos vista. Quizás no para los urdidores de cánones o para los ilustres búhos de toga y púlpito, pero sí para cualquier lector atento que se dispense el gusto de leer su obra, brillante y vasta.
Esa obra se corona ahora con “No quiero que te vayas (Seis relatos de amor de la vida real en la Ciudad de México)”, un libro que me atrevería a valorar como modélico en su género. Cada uno de los seis relatos que se enuncian en el subtítulo recrea episodios de amor y desamor experimentados por un escritor cubano (obvio alter ego) durante largos años de residencia en la capital mexicana. Inés, Elena, María Luisa, La doctora, Teresita, Susana y Yadira, las siete mujeres que transitan por este libro, dan cuenta sin excepción de la singular habilidad del autor para diseñar personajes que no precisan ser descritos, puesto que se describen a sí mismos por su forma de actuar y de expresarse. Es magistral la precisión, junto a la delicadeza, con que Viera les dota de pasiones y sensaciones que logran mostrarlos ante el lector como en nítidas imágenes de fotos flash.
El fraseo transparente, sobrio, puntual. La orfebrería de un lenguaje que combina meticulosamente trama y estilo. Los toques de humor con que el narrador, entre cínico y lastimero, se burla de sí mismo. El lúcido rejuego con un realismo retador, desaforado… Son recursos que nos conducen en volandas a través de todos los relatos, sin reparar apenas en los hilos que entretejen su encantamiento. El Viera que corrige, borra, reescribe, yendo y viniendo obsesivamente sobre lo ya hecho, dejó acuñada su marca en este libro, con el que no en balde se acerca a la excelencia. Por ello resulta tan fácil leerlo. Su cadencia y su ritmo discurren con naturalidad semejante a la existencia común. Un resultado que posibilita el juego entre relato “de la vida real” y literatura de ficción, valor agregado -con gracia y destreza muy particulares- a la estructura de “No quiero que te vayas”.
Ni una sola palabra en estas páginas suena rebuscada. No hay el menor abuso de las técnicas narrativas. No hay trampas para el lector. Lo que sí hay en abundancia es poesía, no tanto en las palabras como en la atmósfera. Luego, como la aceituna para el Martini, está ese hálito de ternura mezclado con fina ironía. Es una combinación singularmente resumida en todos los relatos, aun cuando abordan tesituras bien diferenciadoras entre sí. También resulta significativo el cambio de registros que Viera aplica en los puntos de vista y en los tiempos dramáticos. Ello otorga gran movilidad a los relatos y, unido a la síntesis del lenguaje, les proporciona un ritmo que arrastra al lector…
En cuanto al contenido propiamente, no creo que sea sensato aguar la fiesta adelantando pormenores. En general, se trata de amores pasajeros con finales tristes o dolorosos o aliviadores, según para quiénes, pero que en cualquier caso se presagian desde el inicio. Me parece muy eficaz el modo en que las descripciones u observaciones del entorno hablan de esos amores, los presentan, los colocan en la escena, de un modo tan explícito como los propios diálogos de los amantes. El escenario de cada relato adquiere así un protagonismo similar al de las propias figuras protagónicas.
A su paso, las siete mujeres que animan “No quiero que te vayas”, por distintas que sean unas de otras, calan hondo, estampando esa huella que sólo dejan los personajes literarios más redondos. Lo de menos es que sean o no reproducciones literales de eso a lo que llamamos “la vida real”. Bastaría con que surgieran del fértil imaginario de Viera para que fuesen igual de reales y entrañables.
José Hugo Fernández, Miami, junio de 2026.
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El escritor habanero José Hugo Fernández ha publicado más de cuarenta libros, entre ellos, las novelas “Los jinetes fantasmas”, “Parábola de Belén con los Pastores”, “Mujer con rosa en el pubis”, “Florángel”, “El sapo que se tragó la luna”, “La tarántula roja”, “Cacería”, “Agnes La Giganta” o “El hombre con la sombra de humo”; los libros de relatos “La isla de los mirlos negros”, “Yo que fui tranvía del deseo”, “Hombre recostado a una victrola”, “Muerto vivo en Silkeborg”, “Villa Encantada”, “El frágil esqueleto de la noche” o “La novia del monstruo”. Los libros de ensayos y de crónicas “Las formas del olvido”, “El huevo de Hitchcock”, “Siluetas contra el muro”, “Los timbales de Dios”, “La explosión del cometa”, “Habana Cool”, “Rizos de miedo en La Habana”, “Una brizna de polen sobre el abismo”, “Nitzsche en el cachumbambé”, “La que destapa los truenos”, “La literatura no es un cohete nuclear”, o “Entre Cantinflas y Buster Keaton”. Fue periodista independiente en La Habana durante un cuarto de siglo. Reside actualmente en Miami.

