Notas sobre "José Martí: a la lumbre del zarzal", de José Raúl Vidal

OCTAVIO DE LA SUARÉE

Una nueva publicación del escritor José Raúl Vidal y Franco siempre

atrae la atención del interesado tanto en la situación actual de la isla de Cuba

como en su expresión literaria, y más aún si nos encontramos, como es este

el caso, con otro texto suyo sobre el siempre llamativo Apóstol de su

independencia. Nos viene a la mente aquella pertinente observación del

premio Nobel de Literatura de 1945, la poeta Gabriela Mistral, cuando

mostraba su admiración por la vida y obra de José Martí y calificaba

agudamente su legado como una “mina sin acabamiento”, o sea, una

cantera inagotable de pensamientos.  Y Rafael Almanza, en “Señales”,

preámbulo a José Martí, a la lumbre del zarzal (Miami, FL: Editorial Homagno.

Colección Estudios, 2014), nos recuerda que el joven investigador “pertenece

a una generación que está encontrando al Maestro desde perspectivas que

habíamos desdeñado por fuerza o por error, y añadiendo luces imprevistas”. 

Sobre este libro vamos a concentramos en estas páginas y pasamos a

compartir con el lector.

            Vamos a comenzar recordando la pertinente observación del afamado

crítico literario, norteamericano por nacimiento e inglés por vocación,

Thomas Stearns Eliot o simplemente T. S. Eliot, como se le conoce, cuando

se preguntaba apropiadamente sobre los gustos estéticos del comentarista

en el proceso de la investigación con estas palabras: “¿Con qué

obras literarias, de pintura, escultura, arquitectura y música disfruta

realmente ese teórico? Es posible -claro está -y es este un peligro que ronda

tal vez al crítico filósofo de arte- que adoptemos una teoría y nos

convenzamos luego a nosotros mismos de que nos gustan las obras de arte

que se ajustan a esa teoría... En conclusión, se debe tener siempre presente

que, a medida que el estudioso vaya envejeciendo, sus comentarios pueden

estar menos inflamados de entusiasmo, pero también están imbuidos de un

interés más amplio y -así lo espera uno al menos-, de mayor prudencia y

humildad (1).

                 José Raúl Vidal y Franco no necesita presentación. Conocido

ensayista y sagaz crítico literario, es a la vez profesor especialista en la obra

martiana y miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio. Es,

asimismo, creador de Los Versos libres de José Martí: Notas de imágenes

(2015) -que nosotros reseñamos oportunamente (2)-; Lo de Puerto Príncipe.

José Martí entre armas, bandidos y traidores (2017), y de numerosos estudios

entre los que sobresalen “Amor con amor se paga: un proverbio inmenso”

(1994), “El ritmo semántico como principio estructurador de los Versos

libres” (1995), “La naturaleza en Martí: motivo de una reflexión” (1995), “En

torno al 10 de octubre de 1868” (1997), “A propósito de El diablo cojuelo”

(2016), “El Homagno de José Martí: Unas notas al margen” (2016), “José

Martí: Espectador y cronista de la sociedad norteamericana” (2017),

“Fernando Poo,1869: Destino final”, (2020), “El grito ahistórico de Yara”

(2021), “El 24 de febrero de 1895” (2022) y“Desencuentro: Martí, Gómez y

Maceo. De la Mejorana a Dos Ríos” (2023). Otros trabajos suyos aparecen

diseminados en Insularis Magazine, revista trimestral de Literatura, Arte y

Pensamiento; Nagari, revista de creación literaria; Curazao, revista cultural

de la red de bibliotecas cívicas Reynaldo Bragado Bretaña, Cuba; y Anuario

Histórico Cubanoamericano, una publicación de la Academia de la Historia

de Cuba en el Exilio. Ha participado a la vez en numerosos simposios

dedicados a la historia de Cuba, así como artista invitado de la Feria

Internacional del Libro de Miami, certificaciones todas que le acreditan para

emprender este estudio.         

El volumen de José Raúl Vidal que queremos comentar es el ya

apuntado José Martí: a la lumbre del zarzal, denominación que se refiere a un

terreno poblado densamente por matas silvestres enredadas y muy

espinosas que uno encuentra en el camino, al igual que a una presencia

divina en todo su esplendor, como le sucedió a Moisés, de acuerdo a La

Santa Biblia (3). La obra se encuentra escindida en tres secciones

sobre poética, naturaleza y simbología, que resumen el conjunto de

creencias, conceptos y valores filosóficos de José Martí sobre el universo.

Entre sus quince capítulos se destacan la poética de la muerte, el sacrifico y

la cruz, la simbología arbórea en la poética martiana, los motivos de una

metáfora, el ser y el universo, la tradición, la naturaleza de la América

nuestra, Humanismo vs. Panteísmo, pensadores norteamericanos afines al

Apóstol, símbolos de virtud y vicio, naturaleza y geopolítica, y la hermosura

de ver vivir al mundo. Veámoslo.

Es en la sección “Poética al natural” donde Vidal y Franco especifica de

inmediato la necesidad de compartir con el lector su concepción del vocablo

“poética”, ya que este no solo se remite a la producción en verso de José

Martí; también contiene todo el quehacer literario de su obra, cuyo

planteamiento proviene de una cosmovisión en la que se integran el canto

lírico y la realidad como la forma doble e inseparable de enfrentar el mundo y

alabar la vida. Es de esta manera que establece un diálogo excepcional

con la naturaleza y nos confía que el simbolismo de sus ideas estéticas parte

de ella misma y expresa lo mejor del espíritu que en ella reside, o sea, que la

poesía equivale a la expresión de la belleza de la naturaleza, destacando, que

la concepción, tanto estética como ética de sus escritos, refleja esa fuerte

adhesión a los elementos de la naturaleza “como vía de crecimiento y hasta

de elevación espiritual… capaces de incidir tanto en la dignificación del ser

humano como en el desarrollo de la sociedad” (4). El poeta utiliza de seguido

los términos “ciudad” y “campo” para poner en evidencia el drástico

contraste que existe entre ambos. Para Martí, la “ciudad”, la urbe moderna

con su ingeniería social es siempre símbolo de la experiencia negativa del ser

humano en el mundo, ya que en ella se estudia al hombre mientras se

ignoran los procesos físicos que controlan el espacio de la naturaleza.  El

“campo”, por otra parte, es el lugar restaurativo necesario adonde el hombre

tiene que regresar para reajustar su condición humana y espiritual de vez en

cuando.                                                                                                                                                            

            Destaquemos por igual que el árbol es uno de los símbolos más

consistentes que Martí utiliza en su poesía como representación de la vida en

general, su evolución gradual y constante con sus componentes de semillas,

raíces, tronco, ramas, hojas y copa, y el anhelo entrañable de crecer en el

espíritu, ya que es también, como apunta el investigador, “una prefiguración

del alma humana que busca continuamente su mejoramiento y evolución

espiritual”. En su evolución ascendente, Vidal y Franco rememora que el

árbol es considerado el símbolo por excelencia de la correlación tierra y

cielo y especifica su importancia:

Atraído siempre por la luz del infinito, enlaza

los tres niveles del cosmos que sientan el sentido

tradicional  de su lectura antológica: el subterráneo,

por sus raíces curioseando en las entrañas del subsuelo;

el terrestre, por su tronco enhiesto en la superficie de la

tierra, y el encumbrado, por esas ramas que parecen

revolotear alegremente en la inmensidad del espacio.    

El árbol abre y cierra además el ciclo de la vida mediante

un proceso de regeneración perpetua que se articula en    

la complejidad de su simbología general (5). 

            Pasa Vidal y Franco a recordarnos la clásica comparación que siempre

ha existido entre el desarrollo del ser humano y del árbol mismo por medio de

los vocablos nacer y brotar, en una dualidad de espíritu y de materia, de

existencias que se preparan para continuar la evolución de su experiencia

vital con sus atributos de energía, fortaleza e inmortalidad, como Martí señala

sucedió con los mambises durante el periodo alrededor de la Guerra de los

Diez Años. De igual forma, nos presenta la renovación de ambos elementos-

siguiendo la simbología del Apóstol-, pues mientras por un lado los gusanos

se entretienen en remover las partes inútiles y desechadas de la planta para

continuar su existencia vigorosa, por un lado, los patriotas cubanos se

entrenan para comenzar el tercer conflicto, la Guerra de Independencia en

1895 con la subsiguiente liberación del colonialismo en tierra cubana y el

establecimiento de la república en 1902.  Es así - nos indica el escritor –

continuando con el símbolo de la planta, pero aplicándolo tanto a la

libertad de su patria como a la literatura de su época - que “han de podarse

de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños entecos, o

amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y robustos, con los

que, con menos hojas, se alza con más gallaría la rama, y pasea en ella con

más libertad la brisa y nace mejor el fruto (6).

            Otro de los distintivos frecuentes utilizados por José Martí es el símbolo

del sacrificio, con sus características de privación, esfuerzo, tributo,

padecimiento y dolor. El sacrificio implica abnegación y superación de

dificultades, a menudo asociado con actos de amor, devoción o metas a

largo plazo. Representa a la vez el bautismo de fuego que Martí padeció con

tan solo dieciséis años en la prisión en Cuba por sus ideas independentistas

ante la colonia española. En El presidio político en Cuba (1871), ensayo

donde describe y denuncia las experiencias sufridas en la cárcel, el joven

escritor expone el sufrimiento de todos los prisioneros sometidos

diariamente a trabajos forzados por la renuncia voluntaria, el esfuerzo

extremo y privación de algo valioso en favor de un bien mayor. De esta forma

vemos cómo Martí renuncia a todo para conseguir la independencia de su

patria del yugo opresor y establece de seguido una comparación entre la

presencia divina que se le presenta a Moisés en la forma de un zarzal que le

sirve de guía y el sufrimiento del prisionero que va a encontrar también en esa

imagen ardiente la completa dedicación de su existencia, como explica

nuestro investigador.  Para Martí, concluye Vidal y Franco, el zarzal simboliza

de este modo no solamente su obligación en la lucha por la redención de su

pueblo, sino por igual una invitación a participar en la reestructuración en la

unidad nacional del país. Es, diríamos entonces, “el símbolo de la evocación,

del testimonio social más acendrado del Apóstol que contiene la esencia y

fundamento de toda su obra patriótica, delineada -poéticamente-, a la

lumbre del zarzal” (7).         

               De la imagen del sacrificio pasamos a la imagen de la cruz, el símbolo

principal del cristianismo, que representa el esfuerzo, la renuncia, la muerte

y la resurrección de Jesucristo por la redención de los pecados de la

humanidad.  El indagador destaca el tema de la crucifixión como un invento

persa legado al mundo occidental por Alejandro el Magno y sus seguidores, y

nos recuerda que esa tortura no se implementaba a ciudadanos romanos por

considerársele un acto terrible y humillante, sino a insurrectos, prisioneros

de guerra y los siempre vituperados judíos de la civilización occidental. Vidal

y Franco cita apropiadamente estos versos del mártir cubano:

                                       Cuando al peso de la cruz

                                    el hombre morir resuelve,       

                                    sale a hacer el bien, lo hace, y vuelve,

                                    como de un baño de luz (8)

para resaltar que el valor simbólico de la cruz no se refiere

necesariamente solo al sacrificio individual, sino que también se convierte en

excelencia ética al ampliarse en sentido de obligación hacia la comunidad,

como indica de seguido en esta composición:

  “Y se verá en derredor

                                        de mi sepulcro un vapor

                                        como de mirra y de luz,

                                        ¡Y una flor

                                        nueva se abrirá en la Cruz! (9).

            Por último, el analista nos introduce al tema de la muerte, ese fin de la

existencia que siempre ha sido y continúa siendo no solo un gran enigma y

una gran preocupación para la humanidad, aunque para el poeta su

significado se limita a ser solamente una transformación en el desarrollo

evolutivo de la vida humana “que solo el espíritu preparado es capaz de no

temer”, como nos indica el artista. Esta actitud de refinamiento espiritual

lo va a acercar necesariamente a los conocidos místicos españoles del

Renacimiento, Fray Luis de Granada, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, etc.,

como alguien que pasa gradualmente por una primera etapa purgativa,

seguida de la sección iluminativa y concluyendo con la fase unitiva. Debe

también aclararse, como indica el estudioso que seguimos, que Martí

difiere de los místicos en otros aspectos y, en especial, en el hecho de

que siempre fue un hombre de acción con un fuerte sentido comunitario.

Pasa este entonces a hacer un recorrido del tema desde el romanticismo,

enfrentándolo a una naturaleza americana que causa un fuerte

estremecimiento emocional en el ser humano que a la vez le ayuda a

sobrellevar el sentimiento de soledad y desamparo que le acongoja.  

Queda bien comprendido en estas páginas que nuestro Apóstol ha sido

proveído como pocos para comprender los arcanos de la vida humana de

modo excepcional. Aun así, nuestro enjuiciador siente la necesidad de ir

todavía más allá para compartir con nosotros su entendimiento tanto de los

momentos indulgentes de su vida como asimismo el significado de los

sinsabores de la existencia. Cita luego unos apropiados “endecasílabos

hirsutos” de Martí que presentan y definen el mensaje positivo de esas

situaciones comprometidas y enredadas para muchos. Obsérvese su talante

de acción, su sentido ciudadano, su poder de transformación al enfrentarse

con el infortunio, la imagen de fuerza, generosidad y lealtad y el símil sobre la

llegada del nuevo amanecer:

                                    Lo que me duele no es vivir: Me duele

                                    vivir sin hacer el bien. Mis penas amo,

                                    mis penas, mis escudos de nobleza.

                                    No a la próvida vida haré culpable

                                    de mi propio infortunio, ni el ajeno

                                    goce envenenaré con mis dolores.

                                    Buena es la tierra, la existencia es santa.

                                    Y en el mismo dolor, razones nuevas

                                    se hallan para vivir, y goce sumo,

                                    claro como una aurora y penetrante (10).   

            En la sección “Humanismo vs. Panteísmo”, el decisivo que seguimos

en estas páginas nos introduce a la filosofía del Apóstol de la Independencia

de Cuba, especificando desde su misma introducción que, aunque al

pensamiento de Martí no se le puede encasillar dentro de ninguna filosofía

sistemática, sus diversas reflexiones lo colocan entre los grandes

pensadores que se centran en el ser y la existencia. En efecto, su obra se

destaca tanto por su interés en conseguir el balance y la armonía entre el ser

humano, la naturaleza y la sociedad como por igual se distingue por su

enfoque esencialmente americano. Basado en esa premisa, Vidal y Franco no

considera que a Martí pueda clasificársele de “panteísta” ya que esta

doctrina filosófica nos presenta a un dios “impersonal y enajenado” como

modelo del mundo material, mientras que en Martí la naturaleza incluye lo

material y lo espiritual a la vez. Lo que es importante, resalta el comentarista,

es la incorporación de tanto la naturaleza como del hombre en un universo

espiritual donde todo queda sujeto a la Creación universal. En conclusión, el

Humanismo de José Martí concibe al hombre, no como un ser individual, sino

“como género en medio del cual florece todo el quehacer humano que pauta

de manera prominente el decurso de la sociedad y la historia (11). Pasa

nuestro informador de inmediato a resaltar la igualdad que se encuentra

entre Martí y Ralph Waldo Emeron (1803-1882), ya que ambos descubren en

la naturaleza toda la energía y robustez de la inteligencia y la “virtud

ensanchadora del alma”. Asimismo, en ellos se enfocan los más altos

valores humanísticos, pero mientras que en Emerson prevalece la

contemplación pasiva de la naturaleza, en la obra de Martí sobresale su

concepción ética de la vida y su sacrificio final por la liberación de su patria.  

            Vidal y Franco estudia además la participación que tuvieron otros

pensadores norteamericanos contemporáneos de José Martí, interesados a

su vez en restaurar la integridad original del hombre y en conseguir una

definitiva liberación espiritual. Destaca como Martí observa la labor de Peter

Cooper (1791-1883) como la de un hombre que hace preguntas

constantemente y que regresa fuerte a su casa al caer el día debido a su

diálogo con la naturaleza.  De igual manera, detecta en Cooper el altruismo

de un ser que pretendía redimir a sus semejantes a través de la instrucción

técnica general con la introducción del estudio de carpintería en los cursos

elementales requeridos del estudiante, hecho que le hizo aplaudir la

ingeniosidad de aquel hombre. Y así comparte con nosotros por boca del

sorprendido y célebre anciano las virtudes de su experiencia y de su actitud

solidaria, su desinterés y amor por la humanidad que le impulsaba a realizar

obras de beneficio a la comunidad sin esperar nada en cambio, o sea, su

filantropismo. Fijémonos a la vez en los sabios consejos que comparte con el

lector y que nuestro enjuiciador resalta:  

“¿Por qué me dais este título de Doctor en Leyes?” dijo una vez al canciller que traía las letras latinas en el hermoso pergamino con que la universidad premiaba a aquel que tan alto grado tuvo en la Universidad de la Naturaleza. Si me lo dais porque he predicado el modo de ser venturoso, que es ser bueno; porque pruebo con mi larga vida que dar fuerzas a los demás robustece las propias; porque voy enseñando con mis canas limpias y mis mejillas aún rosadas, que quien se alimenta de ideas jóvenes, vive siempre joven; porque propago que la ciencia no es caperuza de dómine, ni misterio de iniciados, ni privilegio de los aristócratas de la mente, sino el único medio que tiene el hombre de explicarse las leyes de la vida; --dadme acá vuestro generosos pergamino, por más que no sea yo caballero de escuela, y todo ese latín esté para mí en griego (12).   

            Asimismo, Martí exalta la figura del pastor protestante Henry Ward

Beecher (1813-1887), uno de los predicadores más populares de su tiempo

desde su púlpito en Brooklyn, New York, conocido por su prédica del amor a

Dios y al prójimo y por su énfasis en la democracia y la igualdad del derecho

social. Ward Beecher era además amigo del President Lincoln y un acérrimo

defensor de sus esfuerzos para concluir con la ignominiosa trata de la

esclavitud en los Estados Unidos. 

En resumen, los últimos 5 capítulos de esta aclaratoria y fascinante

aportación hacen un recuento de los elementos más significativos del

pensamiento y obra de José Martí, que se concentran en su filosofía, sus

ideas estéticas, la naturaleza americana y los símbolos que utiliza para su

expresión.  Sus ideas complejas y concretas a la vez sobre un posible futuro

de la isla en “Naturaleza y geopolítica” como su exuberante lirismo en “La

hermosura de ver vivir al mundo” nos revelan el universo interior de este

excepcional ser humano de una manera novedosa.

            No cabe duda alguna que José Martí: A la lumbre del zarzal de

José Raúl Vidal y Franco es otro texto Importante suyo que contribuye a

clarificar ciertos enredos y omisiones de la crítica tradicional a la vez que

enriquece la cosmología y el corpus lyricum del rico legado de José Martí.

¡Enhorabuena! 

N O T A S

(1). Eliot, Thomas Stearns. Criticar al crítico y otros ensayos. Madrid: Alianza Editorial, 1967, páginas 21 y 30.

(2). Suarée, Octavio de la. Los Versos Libres de José Martí: Notas de imágenes, por José Raúl Vidal y Franco. Miami, Florida: Colección Hojarasca, Editorial Dos Patrias, 2015, 282 páginas, en Palabra Abierta, revista digital de cultura hispanoamericana…, 7 de enero de 2025.

(3). La Santa Biblia, s/e. Éxodo 3. Sociedades Bíblicas Unidas, 1960, páginas 58 -59.

(4). Vidal y Franco, José Raúl. José Martí: A la lumbre del zarzal. Miami, FL: Editorial Homagno. Colección Estudios, 2014, páginas 108-109.

(5). Ibid. página 66.

(6). Ibid.  página 71.

(7). Ibid. páginas 42-43.

(8). Ibid. páginas 48-49.

(9). Ídem.

(10). Vidal y Franco, José Raúl. José Martí: A la lumbre del zarzal…, páginas 15-16.

(11). Ibid. Página 117.

(12). Ibid. páginas 123-24.

Adquiera el libro: https://a.co/d/0hJw1QRD


Octavio de la Suarée. Profesor de Literatura Hispánica y Humanidades en William Paterson University, donde dirige el Departamento de Lenguas y Cultura. Se doctoró del programa de Hispanic and Luso-Brazilian de City University of New York. Es autor de media docena de libros y más de setenta y cinco artículos de investigación literaria. Sus ensayos se han publicado en volúmenes y revistas especializadas en Latinoamérica, España y los Estados Unidos. De la Suarée investiga y publica sobre poesía cubana y cubanoamericana, y sobre la literatura latinoamericana del siglo XX y XXI.

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