“Memoria”, de Lizette Espinosa

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

‍En su más reciente entrega poética, Memorias (Círculo de Poesía Ediciones, 2026), Lizette Espinosa destaca por un rigor formal impecable y una delicada red de imágenes recurrentes que configuran un universo íntimo. Sus versos esquivan la urgencia de las multitudes para concentrarse, en cambio, en dilemas existenciales de carácter universal.

Desde las páginas iniciales, el poemario declara su tesis, a través de la voz de su madre: “No recuerdo del ladrido de los perros, / Ni la luz que parpadeaba en la ventana, / Y aquel canto que oímos ¿de qué boca saldría?”. Con estas líneas, la autora expone la fragilidad del recuerdo y la erosión de la memoria como el preludio definitivo a la desintegración del hogar. Así, la voz lírica transita entre los destellos de una infancia humilde pero luminosa, y la angustia presente de habitar una historia imposible de reconstruir. El poema plasma con lucidez la tragedia de saberse viva, pero carente de un anclaje geográfico y temporal nítido.

En este poemario, Lizette dialoga de forma directa con las artes plásticas. Así como Salvador Dalí plasmó en La persistencia de la memoria la desintegración de la materia a través de relojes que se derriten ante el avance de las hormigas, la poesía de Espinosa aborda la paradoja del envejecimiento y el olvido. “Por la caligrafía conocerás mi edad / Soy la niña que ha enviudado dos veces”, nos dice, jugando de manera brillante con la atemporalidad del dolor al yuxtaponer la inocencia infantil con la madurez trágica de la pérdida repetida.

Fiel a la brevedad y a la síntesis poética, la autora evoca emociones complejas mediante imágenes y resonancias que habitan el espacio con la gracia de un eco musical. Su obra opera como un caleidoscopio que fragmenta y colorea los episodios de su vida, asociando ruidos sutiles con abstracciones emotivas. El crujido de las hojas del almendro se traduce en un “murmullo feliz”, blindando la atmósfera idílica del pasado frente al silencio sepulcral que domina el presente.

La poeta se obsesiona con el desentierro de la intimidad y el silencio. En palabras de Lizett, este proceso equivale a “abrir las gavetas con un abrecartas”; una necesidad violenta pero delicada de recuperar el pasado al enfrentarse a los fantasmas de las comunicaciones truncadas. La autora lo resume de forma lapidaria en un verso: “palabras que nunca envié”. Existe en su obra una obsesión por conectar mundos, o bien, por la dolorosa imposibilidad de lograrlo. Así, las llaves y las puertas son el acceso vetado a la memoria propia y al origen, mientras que los objetos cotidianos —gavetas, abrecartas, espejos— operan como portales arqueológicos para desenterrar secretos o limpiar los rostros que el tiempo desgasta.

Con disección de profunda observadora, Lizett describe la sensación de observar a un ser querido atrapado en un laberinto emocional («andar en círculos») e intenta descifrar sus sombras y su desesperación. Se describe entonces el deseo frustrado de ayudar («colocando asideros»), chocando con la dolorosa realidad de que no se puede evitar el colapso («la inminente rotura») ni cambiar el destino del otro.    Evoca así esa atmósfera de profunda melancolía, temor y desolación, marcada por la distancia infranqueable entre dos almas.

Siguiendo la constante evasión presente en la lírica cubana, sus poemas entablan un diálogo perenne con la fugacidad y la vejez, utilizando las transiciones temporales y climáticas como herramientas emocionales. En su poesía, el espacio doméstico no es un simple refugio; es el escenario principal de las pérdidas, el exilio y las identidades mutables. La casa funciona como una extensión del cuerpo donde las paredes custodian el silencio, la ausencia y los ecos del pasado familiar. Este hogar se habita a menudo desde la disociación, un lugar donde lo cotidiano se quiebra para dar paso a la angustia.

Dentro de esta geografía emocional, Espinosa alude a la sequía como una metáfora de la parálisis mental y afectiva: la esterilidad del presente frente a un pasado perdido. En contraposición, el agua surge como una fuerza viva y recurrente. El mar y la insularidad traen consigo los rumores de quienes partieron o desaparecieron. A veces, el líquido elemento actúa como una fuerza purificadora que «ordena las cosas» tras la tormenta; en otras, representa la distancia física, el aislamiento y el peso del desarraigo.

Asimismo, Lizette explora el desdoblamiento de la mujer contemporánea. El espacio de la cama se convierte en un escenario surrealista donde el cuerpo se fragmenta y se comparte («Lleva puestos mis pies / Yo mi pijama»), reflejando la pérdida de control sobre la propia individualidad. Para ello, la autora opta por la pulsión de imágenes que transitan de lo crudo a lo dulce. El “cuchillo de hojalata” deviene en una amenaza que, aunque en apariencia frágil o artificial, posee un "triste filo" capaz de tajar la historia personal de la autora. La violencia de ese corte significa la privación de los recuerdos felices, los cuales aparecen acompañados por evocaciones de “caballos alegres” y “un columpio”, huellas latentes de una infancia rota.

Por su parte, la luna emerge como una elegía de la infancia perdida y la decadencia. La nostalgia por los espacios gastados —laberintos y fuentes rotas— se combina con imágenes góticas y fúnebres («la luna bajo tierra», «como un muerto que brilla») para retratar el fin de la inocencia y el peso del pasado. Frente a esto, el insomnio se manifiesta como la enajenación y la fuga del yo; el poema capta con precisión el encierro doméstico y la posterior huida física hacia el exterior, donde el desvelo nocturno provoca un desdoblamiento violento de la mente consciente («su cabeza cortada»).

Con un tránsito estético, Lizette nos lleva por una marcada evolución espacial: el viaje parte de la dimensión metafísica del primer poema, hacia el espacio cerrado de la memoria (la ciudad amurallada) , y aterriza en el entorno físico e inmediato del suelo geométrico y la calle asfáltica. La inclusión de «las líneas de Mondrian» introduce un elemento de modernidad plástica que contrasta con el tono clásico y romántico de la luna y los jacintos, dotando al conjunto de una atractiva sensibilidad contemporánea.

La obra sobresale por su capacidad para amalgamar lo cotidiano con lo fantasmal, logrando que el lector experimente la vulnerabilidad humana frente al curso del tiempo, la infancia que muere y la mente que se resiste al descanso. Estamos ante una poesía profundamente visual que transita entre la luz azul de la verja vieja y la oscuridad del insomnio urbano, consolidando una voz lírica reflexiva, cruda y bellamente desolada.

En su más reciente poemario, Lizette Espinosa teje una dolorosa arqueología de la memoria. Con lucidez y tono íntimo, la voz lírica reconstruye el pasado desde los destellos de lo cotidiano —una casa, un almendro, un puente— mientras interroga con angustia el desvanecimiento inevitable del tiempo y los afectos.


Rodolfo Martínez Sotomayor (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (1996), Claustrofobia y otros encierros (2005), Tres dramaturgos, tres generaciones (2012) y la novela Retrato de Nubia (2017), las compilaciones Palabras por un joven suicida (2006) y Crear en femenino (2017). Cuentos y poemas suyos han sido incluidos en antologías de los EE.UU. y Europa. Traducido al inglés, francés, alemán, finés y húngaro. Ha publicado críticas de cine, literatura, teatro y artículos de opinión en revistas y periódicos como: Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; Director de la revista Conexos.

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