La proximidad a una era mágica

RUBÉN A. DE LOS SANTOS

‍ ‍PROXIMIDAD A LOS ROSTROS DE LA ERA DEL SILENCIO: Resulta la búsqueda de una cercanía absoluta, de una imagen cada vez más nítida, ha sido una obsesión paciente, construida con el paso del tiempo. De esa necesidad nace esta edición de CINEMATOGRAFÍA SILENTE CUBANA, como antesala de un trabajo profundo y singular que ya asoma entre estas páginas: EL LIBRO DE ORO DEL CINE SILENTE CUBANO. Su título, tan ambicioso como prometedor, anuncia una entrega destinada a los amantes de la historia y a quienes saben escuchar el eco lejano del silencio.

Este libro es fruto de años de acumulación y resguardo: fotografías, documentos, anotaciones, rastros casi invisibles que han sobrevivido al olvido. En sus páginas emergen detalles que la historia dejó atrás, pero también se revela el largo camino metodológico y humano que ha sostenido más de dos décadas de investigación dedicadas a una etapa marginada, frágil y esencial de nuestra memoria cultural.

La intención es clara: invitar a futuros historiadores a mirar el presente, aun en su precariedad, como un terreno fértil para la arqueología del pasado. En cada comparación fotográfica, en cada manuscrito borroso, en cada señal apenas perceptible, surgen pistas inesperadas que transforman la investigación en un acto de descubrimiento constante. Las herramientas actuales no sustituyen la mirada, la amplifican.

El proceso de pérdidas patrimoniales y de ostracismo cultural asociado a la historia del cine y la arquitectura en Cuba responde a causas estructurales que, aunque estuvieron presentes desde etapas tempranas, solo fueron plenamente reconocidas tras el paso de varias décadas. La identificación de estos factores ha permitido comprender con mayor precisión los mecanismos de desarraigo y sustitución que afectaron a bienes culturales fundamentales, así como las dificultades para reconstruir una memoria histórica coherente.

-De mis libros anteriores, la fotografía original se mantiene intacta, dialogando con los retoques manuales y digitales que el tiempo exige. No se borran las huellas del proceso; se respetan. Cada capa, cada corrección, cada avance queda visible como testimonio del recorrido. Así, entre silencios, imágenes y paciencia, este libro no sólo rescata una historia: la acompaña, la cuida y la devuelve, con dignidad, al presente.

Miguel de los Santos, último galán del cine silente cubano.

Hay procesos que atraviesan el tiempo como una sombra persistente. Métodos que, bajo distintas formas, regresan una y otra vez, dejando a su paso pérdidas irreparables. No son hechos aislados, sino una función constante que parece no haber cesado nunca: la de ir borrando, poco a poco, la memoria de los hombres, esa que se sostiene entre el drama vivido y la necesidad de preservar la propia historia.

Hoy, en medio de días que a veces iluminan y otras veces oscurecen, esas pérdidas se revelan de maneras más sutiles. Ya no siempre se manifiestan de forma directa; muchas veces se ocultan entre el entretenimiento vacío, entre distracciones que levantan muros invisibles. Allí, en ese espacio aparentemente inofensivo, sigue trabajando el mismo desamor que, desde tiempos pasados, ha contribuido a la destrucción de parte de nuestra historia.

Nada de esto se ha detenido. Al contrario: los mecanismos se han perfeccionado. Lo que antes era evidente hoy actúa con mayor eficacia, casi como una “trituradora invisible” que deshace sin dejar rastro. Y de ello no hablo desde la distancia. He sido testigo de ese proceso, incluso en momentos en que cualquier intento de rescate parecía imposible.

No se trata únicamente de un problema del pasado. Esa misma fuerza continúa operando en el presente, envuelta en una especie de neblina que todo lo cubre y que, sin embargo, rara vez se nombra.

Si miramos hacia atrás, hacia las décadas que siguieron a la llamada era sonora, encontramos otro punto de quiebre. Aquella nueva etapa, en su avance, terminó arrasando con gran parte de su propio origen: el cine silente. Sin embargo, no todo se perdió en silencio. A lo largo del tiempo, historiadores y cronistas, entre aciertos y errores, entre luces y sombras, fueron dejando fragmentos de rescate. Piezas sueltas que hoy, reunidas, permiten reconstruir, aunque sea de forma incompleta, una parte de aquel período desaparecido.

Aun así, lo que ha sobrevivido es apenas una sombra de lo que fue. Entre cambios, intereses y múltiples factores adversos, casi todo el cine mudo nacional desapareció de la gran pantalla. Solo quedan pequeños vestigios, suficientes para intuir la calidad, la visión y la sensibilidad de un momento que también nos pertenece, aunque haya quedado sumido en el silencio.

En medio de esa escasez, cada libro, cada revista, cada panfleto o columna periodística —aunque imperfectos, aunque dispersos— se convierte en una pieza valiosa. Son rastros que, reunidos, permiten organizar el caos, entender los procesos y enfrentar la desinformación que tantas veces ha cubierto esta historia.

Y aunque resulte inevitable volver una y otra vez sobre la catástrofe de lo perdido —no solo en el cine, sino en el deterioro más amplio de la nación—, también es necesario continuar. Cada investigación, cada aporte, debe convertirse en una antorcha para quienes vendrán después: aquellos que, entre tantas distracciones del presente, aún sientan la necesidad de mirar hacia los orígenes.

Porque si algo queda claro al revisar estos inicios es que nunca existió un verdadero impulso colectivo hacia la cinematografía nacional. Incluso los recursos de los propios cubanos fueron dirigidos, en muchos casos, hacia lo extranjero. Esa es una verdad incómoda. Y sin embargo, frente a esa realidad, los creadores y actores de la época lograron algo extraordinario: reinventar, desde la precariedad, una existencia artística llena de fuerza y de magia.

Bastaba, quizás, un pequeño gesto distinto. Un paso sencillo hacia la afirmación de la identidad. Pero ese respaldo no llegó. En su lugar, predominó el menosprecio, muchas veces sin siquiera conocer lo que se rechazaba. “Y, aun así, ellos persistieron”.

Fueron esos creadores, enfrentados a la incomprensión y al abandono, quienes sostuvieron con su trabajo aquello que hoy intentamos reconstruir. A ellos, precisamente, dedicamos estas palabras: como un gesto mínimo de agradecimiento por lo que ofrecieron y que hoy, en gran medida, ha desaparecido bajo el peso de fuerzas que destruyen y permanecen.

En este contexto, las imágenes adquieren un valor especial. Las fotografías de actores y directores que hoy logramos reunir no son solo retratos: son presencias. Son fragmentos vivos de un tiempo que, aunque distante, aún puede sentirse cercano cuando se mira de frente.

A través de esos rostros, de esas miradas capturadas en otro tiempo, se abre una puerta. Una conexión directa con aquella etapa silenciosa, con las emociones que llenaban las salas de cine y que aún parecen latir, escondidas, en algún rincón de la memoria; y es allí donde todo cobra sentido, en esos rostros que, juntos, vuelven a existir.

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Rubén A. de los Santos nació en 1978 en Calabazar de La Habana, Cuba. Pintor, Poeta y Escritor. Actualmente reside en La Florida, USA. Ha participado en numerosas exposiciones como artista plástico. Inaugura en el año 2015 su editorial literaria “Hora Alpha” (nombre de su primer libro publicado en EE. UU). Ha publicado entre otros libros: “Estas no son palabras de Amor” (2015) ; “Miguel de los Santos” y el Cine Silente Cubano” (2016); “Diez Adversidades Escarlatas” (poesía); “Klorain Kalapas” (poesía); “Art, Esencia y Brahama” (catálogo pictórico armonizado con poemas); “De Adoquines y Mamparas” (antología poética 2015-2016); “La Chivichana sin Carrete” (segunda edición) (2017); “Márgenes del Almendares” (poemario mixto), en pro de promover a sus colegas en la Isla, con mención de bardos, datos y momentos históricos de su pueblo natal.

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