Revisitando la epopeya
JOSÉ HUGO FERNÁNDEZ
Al igual que Homero, su inspirador más lejano en el tiempo, la poeta y narradora Lídice Megla sustrae esencias del antiguo término griego epos (palabra, narración, historia) para configurar el tono y la tónica de este libro. “Las pagodas de sal” es un conjunto de relatos con el que a todas luces se empeñó en hacer tabla rasa de la rigidez supeditada por los cánones de la poesía épica, para flexibilizar sus arcas. Así como el mayor de los poetas de la Antigua Grecia y padre de la literatura occidental, entreveró palabra, narración oral e historia para crear la epopeya en versos de estructura uniforme, Lídice emprende una suerte de retorno, desde el verso a la prosa. Y lo consigue sin que sus relatos pierdan el sumun de poesía que debe acompañar y definir todo arte auténtico.
Tal y como Homero mezcló en sus poemas la presencia y el accionar de héroes, dioses, semidioses o criaturas fantásticas, Lídice se explaya en este libro con un rejuego de mixtura parecido, enfatizando en la recreación de seres que son fruto total o parcialmente de su imaginería, pero que se presentan como personas históricas. Igualmente lo hace con personajes de ficción literaria que ella recrea hasta un punto en que parecen figuras de existencia real. Otra diferencia-semejanza con que este libro conecta con su gran inspirador, está dada en el hecho de que mientras en La Ilíada o La Odisea son versificadas las ocurrencias de una geografía y de un tiempo históricos determinados, “Las pagodas de sal” extiende sus escenarios narrativos hacia regiones más vastas y acontecimientos que tienen lugar en muy diversas épocas. Sin duda, una oportuna respuesta al ensanchamiento que ha experimentado nuestra percepción del mundo con el transcurrir de los siglos.
Desde Leucotoé, hacedora de inciensos que levantan el alma y el tiempo. O Marta la Roja, con fuerzas sobrenaturales y apariencia de ídolo. O El cuidador de cocodrilos de la ciudad de Ayn Asil, mítica mujer disfrazada de hombre con asenso del dios del Nilo. O Isandra la Afortunada, capaz de convertir el tormento en sortilegio. Hasta las pagodas de sal, monumentos o reliquias del gesto. Desde un griot africano, maestro en el arte de hablar. O Farsang, curandero, sabio y esclavo, que impartió entre los vikingos el éxtasis de la guerra. Hasta Aldonza Lorenzo, que nació fea en El Toboso español, y nunca quiso ser bella ni inspirar amores, pero fue clavada en el cielo abstracto de un hombre, Don Quijote de la Mancha, quien la hizo vibrar en las pulsaciones y en la luz de un libro inmortal.
En general, suman algo más de cuarenta relatos con temas y enfoques que oscilan entre lo heteróclito y lo experimental, elaborados con un lenguaje espléndido, y a partir de una arquitectura narrativa que genera en quienes leen un especial regusto, a la vez que cierto extrañamiento capaz de extraernos de los asuntos cotidianos para elevarnos a otros ámbitos menos aburridos y más serenos.
José Hugo Fernández, Miami, abril de 2026.
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El escritor habanero José Hugo Fernández ha publicado más de cuarenta libros, entre ellos, las novelas “Los jinetes fantasmas”, “Parábola de Belén con los Pastores”, “Mujer con rosa en el pubis”, “Florángel”, “El sapo que se tragó la luna”, “La tarántula roja”, “Cacería”, “Agnes La Giganta” o “El hombre con la sombra de humo”; los libros de relatos “La isla de los mirlos negros”, “Yo que fui tranvía del deseo”, “Hombre recostado a una victrola”, “Muerto vivo en Silkeborg”, “Villa Encantada”, “El frágil esqueleto de la noche” o “La novia del monstruo”. Los libros de ensayos y de crónicas “Las formas del olvido”, “El huevo de Hitchcock”, “Siluetas contra el muro”, “Los timbales de Dios”, “La explosión del cometa”, “Habana Cool”, “Rizos de miedo en La Habana”, “Una brizna de polen sobre el abismo”, “Nitzsche en el cachumbambé”, “La que destapa los truenos”, “La literatura no es un cohete nuclear”, o “Entre Cantinflas y Buster Keaton”. Fue periodista independiente en La Habana durante un cuarto de siglo. Reside actualmente en Miami.

