La misión del poeta (un caso ejemplar)

JUANA ROSA PITA

El quehacer más callado es la poesía. Sin que la voz le tiemble, el poeta hace la cultura que, desde dentro de sí mismo, pide a gritos su época. No prostituye el canto con lo que mejor diría la prosa. El poeta siente, se sitúa y traduce una vivencia que anticipa un orden nuevo. Mientras más desgarrante la distancia, la injusticia, la espera, más hermosa la tela con que seduce al tiempo. La tela es el poema, que como ha dicho Octavio Paz “prepara un orden amoroso”. O como dice Ángel Cuadra: “La palabra de Amor que es anterior al hombre”. No se propone nada. Se limita a sintonizarse y a hacerse conductivo. La intención no hace al poeta, sino su disponibilidad hacia el misterio. Por eso, aunque el poema surge de una circunstancia vital, jamás rinde pleitesía a las categorías históricas, sino a las del misterio. Más allá de su círculo — obvio para todos — el poeta ve lo que se oculta tras las dualidades aparentes. Quiere revelar la forma que alienta en el vacío y para ello se vale de palabras (o las palabras se valen de él, no se sabe). El poema está hecho de palabras imantadas al deseo. La irreverencia histórica es el signo más inequívoco de seriedad poética.

Cantar no es contar dichas o penas. Tampoco es urdir consignas. Cantar es ejercer la libertad — aun desde una celda — elevándose a verso. No es quebrar voces contra la represión, sino burlarla, a golpes de ternura, desde el ámbito libérrimo del poema. No el compromiso sino la transparencia. Que acusen otros; dejen al poeta con su música en clave de amor. No el que grita y condena, sino el que canta y sueña potencia el porvenir. Que se sepa, eso sí, que se le castiga, se intenta silenciarlo y destruirlo por ese su oficio de hacer amor (amor por otros medios y hacia fines desconocidos): por atreverse a atentar contra los poderes de la historia.

Si una responsabilidad tiene el poeta es la de unir lo que ha sido separado. Y a pesar de su orfandad, a pesar de la opresión y el olvido, el poeta dispone del poema. Ponga las palabras dentro de sí en pie de vida, y lo que él une la historia no lo desatará. A su modo subterráneo estelar, la poesía preserva la unidad de este mundo nuestro que está partido en dos: los que ordenan el amor bajo pena de odio y los que aman. Siempre el hambre de comunión.

Más que nunca, la poesía de estos tiempos es poesía unitiva, en su estricto sentido humano. ¿No es la separación nuestra condición esencial? ¿No sobrevivimos divididos por muros prestigiosos e implacables? Pero sucede que un ser desgarrado por la discordia — ya sea humanidad, pueblo o pareja — es ese niño que se disputan la historia y la poesía: la argucia y la belleza. El tiempo se ha detenido en el momento en que Salomón ordena el tajo: la historia sonríe satisfecha, pero la poesía, transfigurada en canto, renuncia a su mitad.

      ¿La madre verdadera?

      La identidad dividida se revela por la poesía. Sin pareja no  hay vida. Y del mismo modo, desterrados y desarraigados, libres y prisioneros, si de un mismo tronco, son apenas matices de una misma verdad: las dos caras de la moneda. Un sol devaluado con potencial de semilla. ¿Pero dónde sembrar la semilla de dos caras distantes?  No podrá ser ni aquí, ni allá, sino en el mismo centro de la distancia  y la ausencia. Sembrar en el vacío sólo es casi imposible. Así surge  un poema como un árbol. Los poemas como árboles no se hacen: se siembran, aunque sea en el mar. En estos tiempos de comunicaciones rápidas e incomunicaciones trágicas, la belleza más nueva surge de un canje de miradas: entre dos poetas o entre el poeta y la rosa que lo hace florecer.

      Un poeta ejemplar es Ángel Cuadra: habiendo sido voz de la Revolución, pasó a ser amordazado por ella, pero supo convertir su celda en taller de trabajo durante 14 años, abrazando su obra poética como misión vital. Sus Poemas en correspondencia (desde prisión) son un verdadero árbol que ha crecido en el mar como testimonio del sueño de libertad y unión1. Las cárceles políticas son una constante de este siglo. Decía Miguel Hernández: “Buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen, lo absorben, se lo tragan”. Y ahora más que nunca: El Estado hipertrófico se alimenta de hombres y sueños. En su entraña Ángel Cuadra es Segismundo victimado por la historia. Por su voz nos cuestiona el hombre de carne y hueso: “Siempre alguien en la torre y las rejas/ con las mismas preguntas./ Las manos de  otros hombres lo han puesto siempre allí”. Trágica realidad de la que ha sabido librarse este poeta por vía de mirada, dejando fluir su verso por rumbos inusitados.

1        Ángel Cuadra escribió este extraordinario libro en prisión; cada poema responde a una carta-poema que su amiga Juana Rosa le enviaba periódicamente, burlando las restricciones de los carceleros. Los epígrafes de los textos de este libro son fragmentos de esas misivas destinadas a paliar la soledad del amigo encarcelado y darle alas para liberarse en la escritura. Ángel Cuadra logró pasar el manuscrito, que publicó Solar en edición bilingüe: Poemas en correspondencia (desde prisión) / A Correspondence of Poems (from Jail) (1979). Días después, fue trasladado a Boniato, la peor y más miserable de las cárceles del régimen, donde permaneció en las condiciones más inhumanas hasta 1982. 

      Siempre dispuesto hacia el misterio y con la única arma del poema, logró burlar el círculo de su prisión.

      En su desgarrado mundo poético había irrumpido el “mágico subsidio” de una poesía lejana y solidaria. Y él aceptó el reto: perfecto acuerdo entre la necesidad interior y la exterior que es fuente de   toda gran poesía, entre el ethos personal y el colectivo. La poética unitiva que subyace en Poemas en correspondencia imparte una audaz universalidad a los versos de Ángel Cuadra. Burlar los muros por virtud de un canje poético, por impregnación del lenguaje, ha sido    el modo particular de este poeta de descubrirse la frente impersonal, como quería Vallejo, y atentar contra los poderes de la historia. Porque todos sabemos que el muro ha sido el dios de nuestro tiempo (muros de ideología más que muros de piedra). Y esta poesía no cree en ídolos:

      “Has traído el poema como espada de arcángel que libera. Para cumplir oráculos he acudido a tu voz que llama al otro lado    del sueño”. Acudir por vía de mirada ... ¿Se concibe que la escritura de estos versos le haya costado al poeta la revocación del indulto y, seguidamente el maltrato e incomunicación en una cárcel remota?

      Dice Cesare Pavese que el fin de la poesía es descubrir al hombre más allá de su soledad. Ante esta correspondencia lírica se hace evidente que su fin recóndito acaso sea el de relevar los ocultos trabajos de la solidaridad humana a pesar del diabolismo de la historia (diabolismo en el sentido griego de diabolos, el que separa). Solamente un milagro de atención creadora hace capaz de acoger y recrear una imagen de unión en medio de la orfandad más sobrecogedora. Esta es la virtud que permite al poeta ver lo invisible, dar forma a lo posible. Sólo que en este caso el poeta es también invisible. Para los que monopolizan el poder en Cuba, el poeta no existe, no existe el hombre: no existe Ángel Cuadra. En palabras de Simone Weil, otra olvidada: “Un hombre que está enteramente en manos de otros no existe”.

Ser libre a toda costa, no prostituir su palabra: fuera de eso, el poeta no tiene hoy en día responsabilidad más pertinente que la de solidarizarse con su semejante. Y si le impiden la escritura, que en su fuero interno continúe urdiendo el tejido solidario de los sueños y burlando a la historia con la mirada inquebrantable de la eternidad. Bajo el fuego de los pretendientes, alguien, con mágica tristeza, orquesta, propicia y enmisteria. Paciencia, señores, dejad tejer a Penélope

                                                                              La Prensa Literaria, Managua, Nicaragua, domingo 20 de                                                            diciembre de 1981. Ponencia leída en el II Congreso de Escritores en                                                         Lengua Española. (Caracas: octubre 17 al 24 de 1981), el 19 de octubre.


Adquiera el libro: https://a.co/d/01CHeC0V


Juana Rosa Pita nació en La Habana el 8 de diciembre de 1939. En 1961 salió de Cuba y desde entonces ha vivido en Washington donde, tras obtener el Primer Premio de Poesía para Hispanoamérica del Instituto de Cultura Hispánica de Málaga (1975), cofundó Ediciones Solar –“editorial itinerante”, en palabras de Octavio Paz–, publicó Pan de sol (1976) y se doctoró en Literaturas Hispánicas; luego en Miami, Madrid, New Orleans (profesora invitada en la Universidad de Tulane) y Boston, donde reside desde 2005.
Ampliamente estudiada, antologada y traducida a seis lenguas, ha publicado treinta y tres títulos, entre ellos: Viajes de Penélope (1980), traducido y presentado en Italia, I viaggi di Penélope  (Campanotto, 2007); Plaza sitiada (Libro Libre, 1987), Una estación en tren (Iberian Studies Institute, Coral Gables,1994), Premio Letras de Oro de Poesía – 1992-93; Infancia del Pan nuestro (1995); Tela de concierto (1999); Pensamiento del tiempo (2005); Se desata el milagro / Si scatena il miracolo (2016); e Imaginando la verdad (2019), que inauguró en Madrid las Ediciones Deslinde, seguido por La gracia en el tiempo / La grazia nel tempo (2021).
Por el conjunto de su obra poética ha recibido en Italia dos premios internacionales: el «VIII Ultimo Novecento de Pisa» (1985) por la sección “Poetas en el mundo”, y el Alghero - «La cultura por la paz» (1987). Su Antología poética (1975-2018), con selección y prólogo de Alexander Pérez-Heredia, aparece en la Serie Biblioteca Cubana de la Editorial Verbum (Madrid, 2019).

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