Fragmento de “1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada”
MANUEL GAYOL MECÍAS
[…]. Quizás dando un salto en el tiempo histórico de nuestra identidad, esta intermitencia psicológica “(los genes españoles con los nativos siboneyes, con los africanos, con los chinos y otras muchas razas que se asentaron en Cuba) pueda explicar un tanto el hecho de cómo en nosotros se presentó —en los primeros años de la década del 60— el deslumbramiento del castrismo (que primero fue tomado muy en serio por toda la izquierda mundial, y después fue aceptado no ya como deslumbramiento, pero sí como “una trampa a la que tuvimos que someternos y que tuvimos que aceptar a causa del miedo y el horror impuesto por una dictadura cada vez más terrible y explícita”; una dictadura que aún a sus 66 años, aunque ya enormemente decreciente, se sigue presentando o manteniendo en algunos sin ningún tipo de explicación racional que no sea la del oportunismo o el miedo y que los ha llevado a vivir en una estupidez crasa. Por ejemplo, ¿cómo puede explicarse el caso de unos cuantos “intelectuales” cubanos, dentro de la Isla, que todavía se autocensuran, y llegan al colmo de querer hacer ver que en realidad son fieles al caudillo, al proceso vivido, a los “valores” de una “Revolución” que desde hace mucho tiempo se desintegró?; “intelectuales” que aún asisten a mítines de repudio y de algún ministro castrista —como fue el caso de Abel Prieto en Panamá— que se regodeaba viendo cómo sus adláteres y testaferros, fidelistas y raulistas, le daban golpes a grupos de disidentes, de mujeres incluso, y de personas que solo se manifestaban pacíficamente a través de la palabra (5).
Aun cuando todavía (en el año 2016, digamos) unos cuantos escritores, músicos, cineastas y pintores, entre otros, se empeñaban en mantenerse en la Isla, desafiando sus propias entrañas intelectuales, y planteaban su “arraigamiento del terruño”, o de unas supuestas raíces patrióticas, que los han hecho y hacen capaces de mentir, de autocensurarse o de convertirse en medio-críticos porque nada más señalan a la cadena y nunca apuntan hacia los monos, cuando solo son expertos en medias verdades.
Y se ve tan evidente que están haciendo el juego a los dictadores, que el fenómeno no se puede explicar con tan solo decir que son oportunistas (que sí lo son) o pendejos (que también lo son), pero que en realidad siempre hay algo más… En esencia hay algo más que se anida dentro de ellos y viene de tiempos ancestrales, desde ese origen todavía no analizado a fondo psicosociológicamente: esa frustración de ser isleños y creerse habitantes de un continente, sin contar que han existido un buen número de intelectuales que, en mayor o menor medida, han sugerido el deseo imaginado de que Cuba sea el mundo (6). Supuestamente por haber sido siempre una especie de joya de la Corona; un país deseado como si fuéramos un centro elegido. En los inconscientes de muchos cubanos laten las vibraciones de una isla enorme tan grande como los continentes conocidos, pero que al mismo tiempo saben que es una grandiosa falsedad que solo se explica, para ellos, en el gusto de ser portadores de una conciencia fantasiosa que se justifica no en cuanto a las disciplinas de la psicología o sociología, digamos, sino a sus funciones creativas de la ficción literaria. Quizás deba decir que “nos encanta hacer ficción o fantasía de la realidad”. Una característica que va del “intelectual” (intestinal, que se proyecta en una dimensión escatológica —dicho más simplemente— de criterios mierderos, por defender lo indefendible) y los escritores a los cubanos que caminamos por las aceras de la Isla y por las aceras del mundo.
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Estoy seguro de que la intuición puede hurgar satisfactoriamente en un sinnúmero de tópicos que tocan nervios sensibles del cubano, ya no solo de algo que quede de sus escritores y artistas, sino además de esa gente de a pie que a lo largo de todos estos años han sorprendido y sorprenden con sus reacciones de doble cara, con sus actitudes de supervivencia, a la espera de algo que ellos mismos no saben ni diseñar ni imaginar.
Se me ocurre que todo ello aflora en el cubano como un gran problema mental, una problemática egotista que tiene que ver, en buena medida, con la imaginación; pero que, al menos, se acerca en mucho a una distorsión imaginativa debido también a la insularidad que hemos padecido. Quizás aquí concuerde algo de lo planteado por Jorge Marturano acerca del aislamiento que sufre toda isla, esa manera de ver, o visión demasiado ampliada que tiene —en este caso— el cubano para incluso crear en su mente un mundo ficticio que a unos tipos de isleños les hace vivir de sueños sin ninguna clase de pragmatismo (un gran número de cubanos que han quedado en la Isla). A mi juicio, en este sentido, podrían aplicarse las siguientes ideas de Marturano:
Si un paisaje puede ser entendido como el lugar donde la naturaleza y la cultura se interceptan [sic], no es lo autóctono, folklórico, regional, “terrenal”, es decir, el lugar de intersección lo que resulta clave, sino más bien una predisposición del mirar, y a su vez una disposición a proyectar(se), es decir, proyectar y proyectarse (7).
Porque realmente, más que sospechar, creo que en la antropología de nosotros los cubanos, existe toda una defenestración de la realidad corpórea, de su entorno material, digo, debido a un alto desajuste imaginativo que, en unos casos, es apabullantemente genial y, en otros, catastróficamente tonto si no quisiera decir que padecemos de una enorme idiotez por la obsesión de subsistir, lo que conlleva asimismo a una tétrica, teatral e histórica paradoja por su tendencia al suicidio.
El hecho de que la realidad corpórea del cubano ande por un lado y su realidad imaginaria por otro habla de la imbecilidad de una gran parte de la mayoría que siempre le ha servido de base a los dictadores para, desde un principio, crear un mundo nada creíble, que habla de la misma “Revolución”, repetidamente, desde hace ya 66 años y no ha resuelto nada real para su pueblo, absolutamente nada material provechoso (lo de la salud y el deporte hace rato que se desvaneció porque ha respondido a fines políticos, que nunca han tenido un verdadero asentamiento de realidad económica ni de realidad social). Por ejemplo, ¿qué ha hecho la “Revolución” en la arquitectura y el urbanismo durante estos 66 años en Cuba? Lo que sí se puede decir es que lo ha destruido todo.
El desgobierno de los Castro lo que realizó en los primeros tiempos fue para soñadores, y después para tarados. Siempre ha sido una buena parte de la mayoría, la que se lo ha tragado todo, o lo ha dejado pasar al igual que si fuera un hecho natural al que teníamos que resignarnos, y que la gente ha seguido y ha ejecutado con la mayor ridiculez de los zombis, cuando se contorsionan y aplauden aún en cualquiera de las concentraciones en la plaza o en los mítines de repudio, en los que terminan dando golpes a los disidentes, sean mujeres, viejos o niños.
Pienso que, de alguna manera, las constantes etapas violentas de la “Revolución” dice mucho del ego irracional que ha caracterizado siempre los discursos y acciones de un régimen que se ha especializado en montar escenarios culposos contra una oposición que siempre ha estado realmente en la más crasa indefensión.
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Y saber que aún el origen de este desastre mental en el cubano no se ha descubierto, o quizás sí, pero no se ha aclarado; a mi juicio, lo que ha sucedido en Cuba ha puesto de manifiesto un desastre mental más que cualquier otra cosa; o al menos, no se ha llegado a reconocer la causa o las causas si es que esto fuese posible, desde una perspectiva psicosociológica, como cuando existe una enfermedad endémica en determinadas sociedades, poblaciones o tribus.
Y es que en realidad me estoy refiriendo a los problemas mentales del complejo de inferioridad y a la posible bipolaridad, y no a los aspectos económicos, políticos y sociales de los cubanos. Estos últimos aspectos, en cuanto a la psicología del cubano y a su falta de realidad individual y colectiva, no son las causas, sino más bien los efectos o las reacciones, afectadas por las combinaciones entre la inferioridad, la bipolaridad y, por lo general, la falta de una imaginación que haya estado ligada a un entorno físico. Estas causas sí se han conjugado con otros aspectos antropológicos factibles de ser causas psíquicas; o sea, que al psiquismo de los isleños habría que verlo como una interrelación de aspectos negativos que han tenido su incidencia en ámbitos psicoeconómicos, psicopolíticos y psicosociales, que han contribuido a la desestabilización de la vida, en la que la imaginación ha quedado muy distanciada de la realidad corpórea de los cubanos.
Sea lo que haya sido, esta desestabilización mental en el cubano se refleja en un manto de distintas categorías, además de la economía, la política y la sociedad, también en el militarismo, la religión, el sincretismo, el ateísmo y tantas otras. Por lo que para crear todo un enfoque; es decir, un estudio desde una perspectiva científica conllevaría años de investigaciones y de interrelaciones entre varias de estas disciplinas, y sería más bien un trabajo de equipo, o para un sabio cubano como lo fue don Fernando Ortiz. De aquí que, al no emplear requerimientos epistemológicos, me haya dado por ver este fenómeno desde una proyección intuitiva, contemplarlo entonces con buena dosis de perspectiva literaria, de visión imaginativa, y con buena suerte, mis intuiciones así ayuden —como he deseado— a despertar inquietudes.
Mucho se ha hablado de las virtudes de los cubanos (y de que en realidad las tienen como cualquier pueblo del mundo). Pero no se trata ahora de hacer un escrito repetitivo de los grandes logros de los cubanos, puesto que entonces caería en desmentir el análisis de los defectos que intento señalar en este libro. Se trata de hurgar en nuestras deficiencias y carencias, en nuestras lacras y las sombras de nuestra realidad humana, y lograr, eso sí, que el lector se percate de ello con espíritu autocrítico. Es entonces que empezaremos a conocernos a nosotros mismos, como lo quiso José Martí y posteriormente Fernando Ortiz. Pienso que ese autoconocimiento haya empezado con la gestación misma del cubano y se ha interrumpido y desviado en un sinnúmero de circunstancias históricas, como me señaló alguna vez, mi amiga, la ensayista y profesora de filosofía Gladys Portuondo. Muy bien este fue uno de los objetivos de Ortiz —me decía ella—, precisamente, la búsqueda de la reflexión sobre nosotros, como lo fue la del padre Félix Varela, la de Enrique José Varona y la de otros. Y ello, sin dudas, será un paso de avance, porque nos permitiría poder ir preparando un presente que con el tiempo daría lugar a un futuro de mayor calidad de vida y de pensamiento; que nos capacitaría para crear un sistema de educación verdaderamente inteligente que nos haga más universales sin dejar de vivir en una isla; un sistema de educación que nos haga saber lo que leemos y que nos haga saber de qué realmente sabemos; cómo leer y qué leer; una educación que nos deje —en la democracia del futuro— saber por quién votamos y por qué lo hacemos; que nos permita ser lo que debemos ser, y que ya en nuestras mentes no haya espacio ni para los fanatismos ni para las estupideces; crear, con los años, grandes espacios de cultura que, con sus pesos e influencias, garanticen un legado valioso a las nuevas generaciones.
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No estoy ajeno, así, al riesgo que corro de que unos me interpreten como si yo fuera un extraño, a quien se le ocurrió escribir barrabasadas acerca de lo que han significado estos 66 años para el cubano y, principalmente, para aquel que reside en la isla. En este caso, por favor, cierre el libro y olvídese de lo que leyó.
¿Y si me disparan con un dedo, y a todos nos continúa la incertidumbre? Pues nada, no pasará nada, aun cuando corra el riesgo de ser señalado por un dedo índice ideológico, extremadamente politizado; un dedo inflamado de sectarismo, de obstrucción, obcecación, de idolatría, ceguera y partidismo, un dedo engatillado de “tontería útil” para los dictadores, digamos, el dedo de aquellos que rasgarán sus vestiduras de marxistas, vestiduras de intelectuales de izquierda, funcionarios castristas investidos de cultura en un sentido de siniestra inclinación (supongo, de los que todavía siguen fiel al socialismo de pasadas décadas); o por el contrario, de esos ultraconservadores de derecha y hasta de cualquier índole y tendencia, que no aceptan conocer las complejidades y matices de los defectos con vistas a entender y recibir los cambios.
Aunque también reconozco que puedo ser señalado por el dedo pulgar de los que se creen con coherencia, de los que se dedican al análisis de las ideas, académicamente descritas; y que de repente ponen el pulgar hacia abajo, de cabeza, mirando al suelo donde se cosechan y crecen los despojos; y en este caso podría darse la burla, o el hecho de intentar ser ninguneado, ignorado o destripado por un crítico de supuesta inspiración castrista, que siempre dijo estar claro ideológicamente (no sé ahora), sin darse cuenta o sin querer darse cuenta de que su claridad ideológica y mental destilaba penumbras de oportunismo y de maldad, y que, en realidad, alguna vez, llegó a escribir que yo no sabía aplicar las categorías marxistas en mis criterios literarios e históricos de un prólogo. Pero aquel sietemesino mental, aun cuando escribió aquello a mis espaldas, sin ningún tipo de recato, en una carta a un consejo de dirección institucional que ya la estaba esperando, tenía razón. Por supuesto que tenía razón, porque en verdad me costaba mucho trabajo aplicar unas categorías económicas, políticas y sociológicas a un cuentista y su contexto en el que lo fantástico de su intención narrativa no tenía nada que ver con Carlos Marx. Y ante esto solo me quedó el recuerdo de haber sufrido aquello como una encerrona que llegó a crear en mí la experiencia necesaria para lograr la voluntad férrea de seguir escribiendo y salirme de todo el contexto de podredumbre que me rodeaba.
En definitiva, asimismo podría tropezarme con el dedo intermedio de algún lector; dedo que significaría en este caso incredulidad o maldición, a la par de querer decir muchas cosas, principalmente obscenas.
En mi propósito está hacer saber que nosotros, los cubanos, necesitamos acabar de darnos cuenta de nuestros problemas de identidad y civilidad, repito, y que ahora de lo que se trata es de acercarnos un tanto a varios de nuestros defectos, insisto, aun cuando intentemos y podamos descubrir alguna nueva virtud, además de las pocas conocidas y repetidas (como las de: imaginativo, servicial, familiar, avivado, presto para el deporte, la música, la literatura, el arte y los negocios, etc.), para así poder ganar una vida más sana en este presente y en el futuro incierto que aún tenemos y, que por ser la incertidumbre ya una de nuestras características políticas y sociales, reconocer que a la vuelta de la esquina no nos espera otra cosa que eso: la incertidumbre, y que para ello debemos prepararnos, aunque sea, psicológicamente; o como se dice en estos tiempos: “mentalizarnos”.
Uno de los ejemplos más gráficos e históricos que tenemos, y que dice bien a las claras el sentimiento de incertidumbre que padecemos los cubanos, aparte de la paranoia de la persecución y muchos otros miedos, es el hecho increíble de que en el mes de diciembre del año 2014, Estados Unidos haya reanudado las relaciones con la dictadura, izado su bandera en La Habana, permitido un embajador en Washington y le haya otorgado un buen paquete de concesiones a la dictadura sin recibir nada a cambio, y aquí no ha pasado nada después de más de 55 años de ruptura de relaciones.
Esto nunca se pudo predecir por ningún analista político, ni historiador especializado en temas de la Isla, incluso ni por ningún experto en las relaciones Estados Unidos-Cuba. Casi más de 55 años y de pronto, un día de San Lázaro, 17 de diciembre de 2014, el presidente estadounidense Barack Obama se para frente a un micrófono y dice con la mayor naturalidad del mundo que EE.UU. y Cuba llevaban 18 meses reuniéndose en secreto, en el más estricto secreto, hasta lograr entrar en el acuerdo de volver a las relaciones oficiales, y aquí, señores, no ha pasado nada.
¿Y los muertos, y los torturados, y los presos políticos de 5, 10, 20, 30 años encarcelados, los dos millones y medio casi de cubanos en el exilio, los comercios, industrias y propiedades confiscadas por el Gobierno de la dictadura; la masacre del barco 13 de Marzo; los cuatro pilotos cubanoamericanos asesinados en sus avionetas sobre aguas internacionales; los años y años de apartheid que sufrió el cubano, de no poder ir a “sus” playas, ni a “sus” hoteles ni viajar a ningún país, tantas y tantas cosas que acabaron —se puede decir así— con la civilidad de ese país, en qué quedaron? Lo primero que tiene que hacer una nación —si quiere encontrar de nuevo su estatus de nación— es hacer una verdadera justicia de todos los oprobios recibidos; y es así como después del proyecto de justicia es que se encontrará la paz (para que sea real y duradera) y entonces, y solo entonces, es que vendrá el amor y la tranquilidad a ese pueblo. Mientras no haya justicia y reconocimiento de todo el mal que se ha hecho, no habrá verdadera paz y mucho menos amor (8).
(5) Ver en YouTube cómo Abel Prieto, en 2015, en Panamá, presenciaba el hostigamiento de una turba castrista a unos cubanos exiliados que rendían tributo a José Martí y protestaban pacíficamente ante la Embajada de Cuba en ese país [https://www.youtube.com/watch?v=Hb2XxafO118]. Este mismo ataque a los exiliados cubanos en Panamá puede verse asimismo en https://www.youtube.com/watch?v=Zbl3oi0EGTE.
(6) Consultar el trabajo de Ángel Velázquez Callejas: “Cuba o la geografía de Dios”, que se encuentra en los archivos de Neo Club Press.
(7) Jorge Marturano: “El insularismo de cara al mar”, en José Lezama Lima: Orígenes, revolución y después…, compilación, edición e introducción de Teresa Basile y Nancy Calomarde, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2013, p. 217.
(8) Consúltese el trabajo (digital) de Manuel Gayol Mecías: “Obama y su día de san Lázaro”, en Neo Club Press, 21 de diciembre de 2014. [http://neoclubpress.com/obama-y-su-dia-de-san-lazaro-1235098.html].
Adquiera el libro: https://a.co/d/0bptM1AI
Manuel Gayol Mecías. Poeta, narrador, ensayista, crítico literario y periodista cubano. Fue investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Ha obtenido varios premios literarios en Cuba y en EE.UU. Ha publicado numerosos libros, entre ellos: Retablo de la fábula (poesía), Retorno de la duda (poesía) La penumbra de Dios (ensayos), 1959. Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada (ensayos), La noche del Gran Godo (cuentos, Premio UNEAC 1992, censurado después que en 1994 el autor viajó y se quedó en España), Ojos de Godo rojo (novela) y Marja y el ojo del Hacedor (novela). Miembro del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, presidente de su filial de California. Asimismo, fue vicepresidente de Vista Larga Foundation y dirige la revista Palabra Abierta y su editorial homónima para ediciones de libros.

