Elegía penúltima

UVA DE ARAGÓN

Era pequeño de estatura y grande de alma. Viejo siempre desde niño.

Niño siempre hasta la muerte. Hombre solo, se tenía la paz bien

sabida. Pero era una paz inquieta. Y una soledad poblada de afectos.

Era sabio e ingenuo. Sus temas: lo trascendente, la muerte, el tiempo, la

soledad, la poesía, Dios, los sueños, lo pequeño, lo cotidiano, una paloma,

una vicaria que le salta entre las piedras, la gente de prisa bajo paraguas, un

balcón abierto. Su tono: siempre menor. Su signo: la ternura. Su acento: el

de España. Y de España, el recuerdo de un niño que dejó atrás un pueblo,

la bicicleta, el maestro y la noviecita primera. Su corazón: dulce como las

guayabas de la Cuba que lleva dentro. Su escenario: la academia norteamericana.

Su mundo: el de su alcoba poblada de libros y recuerdos. Su mundo:

el mundo. Tanto viaje prendido a la retina. Tanto polvo sobre sus pies de

caminante. Su patria: la poesía. Su horizonte: el mar, siempre el mar, y más

allá, la eternidad.

Todo lo gozaba: la majestuosidad de una catedral, una buena sopa,

un rato entre amigos, la armonía de una vieja canción. Llevaba la música

en la sangre y los silencios podían escucharse en sus versos. Amaba la vida y

lo tentaba la muerte. Un sentimiento elegiaco le temblaba en el fondo de

cada estrofa. Escribió décimas, sonetos, haikús, versos libres. Por sus páginas

deambulaban olas, sombras, lunas, flores, campanas, y sus muertos.

También: Juan Ramón, Virgilio, Langston Hughes, Garcilaso, Brull, Martí,

Shelley, Palés Matos, Becquer, Lorca, Shakespeare, Fray Luis. Sus poetas

amigos de todos los tiempos, y un mismo universo: la palabra.

Las palabras las ponía una atrás de otra, como hileras de chopos en su

España natal. A veces las páginas se le mojaban de azul mar, y se le llenaban

de brisa de trópico y de la gracia leve de una palmera. Otras veces el ruido de

los trenes subterráneos y de sirenas de ambulancia hería sus versos. Pero

su castillo interior estaba hecho de estrellas, de noches claras, de sed de

eternidad.

Vivió sus últimos años rodeado de afectos de familia, del hermano entrañable

que llegó a convertirse en padre, memoria y oídos; de la hermana

tierna, más pequeña, a quien había llevado en sus brazos de niño grande

a la pila bautismal. Los poetas jóvenes buscaban sus consejos. Fue mentor

y guía de varias generaciones. Su antología de literatura hispanoamericana

–firmada junto a Anderson Imbert– ha sido fuente inagotable para catedráticos

y estudiantes. Tuvo alumnos y discípulos. Fue profesor y Maestro, así,

con mayúscula. Recibió honores en Nueva York, Salamanca, Miami. Los

poetas de Holguín le escribían. En Cuba se pasan de mano en mano sus

libros los escritores. El Internet recoge más de un ensayo crítico sobre la

obra de este poeta que no tuvo que morir para convertirse en un clásico.

Nunca fue un olvidado. Pero necesitaba su soledad tanto como necesitaba

compañía. Fue hombre solo, de muchos amores y un solo amor: la poesía,

y a través de ella, Dios.

Se nos ha muerto Eugenio Florit. “Antes de conocerte ya te amaba”,

reza un verso del romanticismo. Sobre mi mesa, su generoso prólogo a mis

primeras prosas adolescentes, su caligrafía inconfundible, de picos alegres,

su “eugenio” siempre con minúscula, como para pasar inadvertido, en carticas,

en dedicatorias de libros. La más antigua data de 1937 –mucho antes

de yo nacer– y es para mi abuelo, que era su amigo. Florit es parte de mi

propia historia de familia; con él se van recuerdos que ya nadie recuerda

más. Antes de conocerte ya te amaba, poeta.

Te lloro hacia adentro, Eugenio amigo. Esta es mi elegía penúltima.

Está muy cerca la pena. No puedo aún decirte adiós. Hay un gris asombrado

en la ciudad. Hay un tono ámbar de crepúsculo en mi corazón entristecido.

Te sé mejor. Tu sed ya apagada. Tu caligrafía sobre el firmamento. Tu

búsqueda convertida en encuentro.

Pero, ¿y nosotros, Eugenio? Nos dejas tantas preguntas, nos abres caminos

hacia tanta paz inquieta, hacia tanta armonía contradictoria, hacia tanto gozoso llanto, hacia tanto dolor acompañado por tu ausencia.

* Publicado en Diario Las Américas, 8 de julio de 1999. En la foto Uva de Aragón y

Eugenio Florit, en la Universidad Internacional de la Florida (FIU), Miami, circa 1991.

Florit murió en Miami el 22 de junio de 1999.

Adquiera el libro: https://a.co/d/0dh3NeSZ


Uva de Aragón (La Habana, 1944), periodista, narradora, ensayista, profesora universitaria, promotora de la cultura, reside en Estados Unidos desde 1959. Ha cultivado todos los géneros literarios y publicado más de una docena de libros, algunos traducidos al inglés. Su obra incluye El reino de la infancia. Memoria de mi vida en Cuba (2021), Memoria del Silencio (2002, 2010, 2014), El caimán ante el espejo (1994); las colecciones de artículos Morir de exilio (2006) y Crónicas de la República (2009) así como los poemarios Los nombres del amor (1996) y Entresemáforos (Poemas escritos en ruta) (1980). Algunos de sus cuentos, poemas, ensayos y artículos aparecen en diversas antologías. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua (ANLE).  Obtuvo un Ph.D. en Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Miami. En 2010 inauguró su blog Habanera soy https://uvadearagon.wordpress.com/

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