Un libro y una tesis por discutir

ARIEL PÉREZ LAZO

El libro Breve historia de Cuba (Catarata, 2025)es la nueva contribución de Rafael Rojas a los estudios cubanos. Ya anteriormente había incursionado en este tipo de obra monográfica divulgativa con su Historia mínima de la Revolución Cubana. Se trata de un trabajo que pretende, sin embargo, la demostración de una tesis que pudiera resultar novedosa en el abordaje de la evolución cubana: la persistencia del carácter colonial de su relación con poderes externos como España, Estados Unidos y la Union Soviética.

Sin pretender aquí un examen de todos los temas de los que esta obra se ocupa quiero detenerme en algunos juicios que se ofrecen a la hora de abordar los periodos de estas relaciones coloniales para de este modo ayudar a una mayor precisión científica de la tesis. Luego de una introducción a los primeros siglos coloniales bastante bien lograda el estudio del comienzo del siglo XIX en el cual Cuba entra de lleno en el sistema de plantación, Rojas presenta un reto a la historiografía tradicional. Si recordamos en este sentido el clásico de Ramiro Guerra Azúcar y población en las Antillas, la visión tradicional de los historiadores considera que en Cuba se produce una apropiación tardía y diferenciada de dicho sistema. Rojas, sin embargo, afirma en Cuba se da el mismo incremento de población negra que en las Antillas inglesas, como argumento para probar la similitud entre ambas Antillas y anular el dogma de la excepcionalidad cubana. Sin embargo, escapa a Rojas quien se ocupa aquí de una visión total histórica, que tiene lugar una actividad intelectual en la mayor de las Antillas hacia 1808 que no se ve en sus pares inglesas.

El autor menciona la existencia de un movimiento de independencia en este periodo; el levantamiento de Aponte de 1812-y señalarlo es una de las contribuciones del libro- no resulta victorioso lo que parece apoyar este paralelo antes hecho con las Antillas inglesas. Esta conexión queda implícita ya que la burguesía cubana no apoya la salida independentista por depender su riqueza de la esclavitud. A pesar de esta similitud, Rojas tendría que explicar por qué España fue reacia a darle a Cuba una autonomía como la que poseía la Jamaica inglesa; así como su conexión con los acontecimientos posteriores, como pudiera ser la continuación de los movimientos separatistas posteriores a 1840.

En el capítulo que aborda la guerra de independencia de 1868-1878 se menciona como causa el fracaso de la Junta de Información, donde parte de los delegados cubanos se oponen a abolir la esclavitud, esto pudiera explicar porque parte de la isla se ve ajena a la guerra, pero no se menciona en la obra. Menciona que la insurrección comienza en la zona oriental; la menos conectada al mercado mundial e integrada al capitalismo internacional, pero no se explora que esto obedecía al deseo de abolir la esclavitud que resultaba un freno para su desarrollo, a diferencia de lo que ocurría con Occidente.

La guerra del 95 se ve más bien como una prolongación de la contienda del 68 a tono con la historiografía cubana, sin tampoco explorar como la dependencia del mercado norteamericano influye decisivamente en su comienzo. Si Rojas decidió desmarcarse las interpretaciones económicas de estos eventos era necesario dar más peso al factor intelectual o de mentalidades en la obra. ¿Por qué el criollo de 1868 se concibió a sí mismo como diferente al español, comenzando a imaginar una nación? Se echa de menos el propio énfasis que el mismo en el pasado hiciera sobre la “invención de una tradición”. De ahí que no vea como otro critico ha señalado [1]que en la obra falte el aspecto material más bien que no logra constituirse como perspectiva del proceso histórico.

Si muy tardíamente hacia finales del siglo XVIII Cuba logra prescindir de los “situados” de Nueva España y crear una economía propia que llega a dominar el mercado mundial del azúcar, esto revela una llegada tardía a la evolución económica que pudiera explicar la reticencia de las elites económicas en buscar el camino independiente a diferencia de la propia Nueva España. Sin embargo, esto no se dice en el libro. Al lector se le dan pistas, útiles e informadas, pero se echa de menos la resolución del autor por exponer un punto de vista que desvele la trama del proceso histórico.

En el paso a la República estas insuficiencias continúan. Se habla del Tratado de Reciprocidad Comercial y la implementación del monocultivo y como aparece un poderoso movimiento obrero en los años 20 que se conecta con la influencia del comunismo internacional, así como de la crisis posterior a la Danza de los Millones pero no se toma un punto de vista que concatene estos tres fenómenos. Que Cuba hubiera aumentado su población obrera o que no existiera una alternativa socialdemócrata pudiera explicar ese aumento de la influencia comunista sobre la clase obrera pero no tiene mucho espacio aquí.

La pregunta de por qué Machado se ve obligado a establecer una reforma arancelaria que vino a ser el primer intento republicano de diversificación tendría sentido en esta sección. ¿Por qué con este gobierno fracasa el sistema político anterior, uniéndose los dos grandes partidos en torno al dictador? ¿Por qué la clase política comete este suicidio, abriendo espacio al naufragio de la Primera República? Es algo que Rojas no contesta. Es consciente de que aparece una nueva generación, pero los ideales de esta no quedan muy claros, así como su conexión con la vanguardia estética. El fenómeno “supraestructural” queda así suelto e inconexo quizás porque el autor lo vea simplemente como reacción a un estímulo externo. Una posible solución hubiese sido para explicar la pregunta propia de aquel tiempo de por qué Cuba evitar caer en el destino del resto de las Antillas mostrando el contraste entre el monocultivo y una pujante cultura intelectual dispuesta a impedirlo, pero no sucede así. Como he afirmado arriba el historiador no se decanta por un punto de vista de tipo economicista o cultural a pesar de haber dado importantes trabajos en el área de la historia intelectual.

Sin embargo, Rojas recapitula los hechos más importantes de este periodo como el ascenso del movimiento feminista y el de lideres políticos como Batista, así como la firma de la constitución del 40. La dictadura de Batista no recibe tampoco un análisis de sus causas y la pregunta de qué importancia tuvo en ello las transformaciones del ejercito cubano durante los años 30 queda ignorada. Más bien parece explicado a partir de un ciclo de larga duración respecto a la revolución del 30 donde batistianos y auténticos (y otras fuerzas derrocadas del gobierno de Grau como los guiteristas) estuvieron en pugna durante más de una década. Si esta era la perspectiva el autor debió, nuevamente reflejarla como un punto de vista a fin de evitar la merca concatenación temporal de sucesos.

En el caso del periodo de la revolución cubana llama la atención que Rojas establece una continuidad, un nuevo ciclo que arranca con el mismo año del golpe de estado y no hace la típica distinción entre la lucha insurreccional y la revolución en el poder. Esto parece responder al criterio de que la revolución termina con la “sovietización”, es decir la inserción de Cuba en el CAME posterior al distanciamiento de Castro con las tesis guevaristas.

Sin embargo, dicha periodización que no tiene por qué ser objetada, no se expone claramente lo cual resulta necesario por la existencia de otros puntos de vista que tradicionalmente han visto a esta como traicionada cuando fue evidente que Castro en vez del sistema democrático de la constitución de 1940 se inclinaría por un régimen político estalinista. La idea que se presupone y no se menciona su aspecto polémico es que la Revolución es un movimiento de masas espontaneo que cuaja en determinadas instituciones. Lo discutible con el modelo interpretativo que sigue Rojas es la importancia dada a la Asamblea Nacional y no a la creación del Partido Comunista teniendo en cuenta que ha sido este quien ha tenido más peso institucional que la Asamblea Nacional en la historia revolucionaria cubana.

Esta separación entre Revolución y estado institucionalizado explica los siguientes capítulos donde destacan el dedicado al periodo soviético entre 1990 y el 2000 en los intentos-fracasados-de reforma. Se echa de menos explicar por qué Castro decide quedarse a medio camino entre el modelo chino y el socialista. ¿Falta de tiempo? ¿Fue la circunstancia del chavismo el que explica esta paralización de las reformas? Si bien Rojas muestra la contrarreforma de 1996 en adelante no es muy explícito sobre este punto y que Cuba retome la senda de una economía subsidiada no tiene el peso que debería esperarse del estudio de este periodo.

Repito, es insoslayable la pregunta: ¿era un resultado inevitable volver a este tipo de sistema clientelista? Según la tesis de Rojas esbozada en el comienzo y final del libro, aunque con escasa aparición en el resto como se le ha señalado pareciera que sí. ¿Es esto resultado de la insuficiencia de las reformas? ¿Por qué Castro en vez de aceptar el plan de Putin de recibir diez millones de toneladas de petróleo por cinco de azúcar optó por desmontar la industria azucarera en 2002? Estas preguntas que darían claridad sobre el sentido de la historia reciente quedan sin siquiera ser esbozadas.

El historiador cubano, sin embargo, expone con profusión el entramado político e institucional creado con la Batalla de Ideas. El siguiente capítulo sobre el llamado raulismo termino en desuso entre los cubanologos, expone la segunda ola de reformas que combinada con el subsidio venezolano hace crecer la economía modestamente hasta tener un verdadero impulso con el ablandamiento del embargo durante la normalización de relaciones con los Estados Unidos. Se menciona como se anuncia una contrarreforma con las declaraciones de Castro contra Obama que después representa Diaz Canel al introducir los decretos 349 y 370. Esta es una parte mucho mejor lograda del libro donde pudiera verse como la apertura iniciada con los Estados Unidos produce un aumento de las potencialidades de la sociedad civil que el régimen se ve precisado a frenar provocando a su vez una reacción. Se echa de menos que Rojas no hiciera un énfasis en esta correlación que adquiere gran utilidad en el debate sobre qué política desde Estados Unidos es mejor para la promoción democrática.

El autor finalmente expone con rigor los episodios de resistencia de la sociedad civil sobre todo los ocurridos durante 2020 y 2021. Aquí solo sería dable señalar que si bien se menciona como catalizadores de esa resistencia y el paso a protestas masivas contra el régimen el descenso de la inversión pública en sectores sociales como la salud y la educación; no se entra en la discusión traída por sociólogos como Juan Antonio Blanco de que a partir de 2018 se da una transformación en el sistema cubano pasando del socialismo a una cleptocracia donde un monopolio como GAESA llega a controlar el 70 % de la economía sin fiscalización alguna por los poderes del Estado.

A pesar de estos señalamientos arriba mencionados que de ser enmendados que situarían al libro en medio de los debates historiográficos actuales, posibles o reales, esta obra es una oportunidad para adentrarse en una visión panorámica de Cuba tan necesaria en nuestros tiempos cuando muchos abrigan dudas sobre la viabilidad de la nación aun después del castrismo.

[1] Díaz Infante, Duanel. "Breve historia, grande fiasco. Crítica de la ‘síntesis histórica’ de Rafael Rojas." Academia.edu, www.academia.edu.

Adquiera el libro: https://a.co/d/09L5LJdp


Ariel Pérez Lazo (La Habana, 1977). Máster en Historia Contemporánea por la Universidad de La Habana, es profesor en el Management Resources Institute de Miami. Fue premio de ensayo Casa Cuba de la revista Espacio Laical en 2009. Ha publicado artículos para Convivencia, Diario de Cuba y Cubaencuentro, entre otros sitios digitales e impresos. Sus ensayos “La filosofía cubana”, “Martí: crítico de Darwin” y “Aproximaciones a un pensamiento filosófico cubano” han sido recientemente publicados en Amazon.

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